
Por que recuerdo los 80´s...

¡¡¡Ayer sufrí un colapso por archivitis!!!

El caballero de la noche...
Despuntando al alba, después de pasar la noche en vela, ha llegado el momento de partir, despierto con voz firme a mi escudero, responde con un gruñido y luego de un rápido despertar soñoliento se levanta para calentar agua y poderme asear antes de vestirme, el sol comienza a acariciar las montañas con sus rayos, la brisa despeina y juguetea con mis cabellos, el rocío humedece mis barbas y hace que reluzcan con un brillo especial y casi mágico.
Las flores despiden su aroma, la niebla que cubría el campo ahora poco a poco desaparece con los primeros rayos del amanecer. Antes no me percataba de estos detalles, odiaba las flores y los amaneceres. Estaba tan ensimismado con los placeres mundanos que no me percataba de los detalles, pero ahora, puede ser que por mi inexorable destino me dé cuenta de este amanecer tan extraño, misterioso y cotidiano. No sé a que se deba, será algún presagio, alguna despedida.
El escudero me interrumpe en mis cavilaciones, el agua está lista, debo asearme, el hambre me recuerda el ayuno, pero no debo ingerir nada hasta después de la lucha, es el ofrecimiento hacia los dioses para pedir misericordia y fuerza durante la lucha.
Poco a poco voy cubriendo mi cuerpo con la armadura, primero las piernas, en que cada parte se adhiere y se fija a mi cuerpo ensamblada de forma perfecta, protegiendo mi cuerpo pero a la vez permitiendo la movilidad. Después, el pectoral y la espalda, que se fijan fuertemente para evitar el movimiento o el desprendimiento ante una embestida, o algún hueco que me convierta en vulnerable ante mi oponente.
Veo los ojos de mi escudero, se muestra perturbado, con una mirada distante, pero sus movimientos firmes y precisos como autómata me dicen que su psique bloquea el instante en el que está viviendo, solo hace lo que tiene que hacer, nada más. Me doy cuenta de lo solo que estoy en el mundo. Solo con mi destino, el inmutable destino que no está escrito o que quiero creer que yo lo escribo. No lo sé, y mi escudero que no me ayuda con el misterio del destino, está muy ocupado con el suyo...
Al fin termina la ceremonia de la investidura de caballero, la espada afilada está en su funda a mi costado, toda la noche le he sacado brillo para esta lucha. Me hinco y rezo hacia los cuatro vientos, y el cenit, queriendo creer que dios existe y me escucha, sé que he sido un gran blasfemo y que siempre he negado su existencia, pero hoy, precisamente hoy, quiero creer en él, quiero creer que existe un mundo mejor, mas allá de las estrellas, en donde me puedo refugiar.
No quiero partir a la batalla pensando en que mi vida es muy absurda y que a mi muerte mi existencia se desvanezca como el polvo sin dejar huella, solo estelas de partículas que ocupan el todo y no son nada. Quiero creer en ese dios para que en este momento mi vida tenga un sentido ante la horrorosa y fatídica realidad.
Paso veloz por entre el bosque y los arboles. Solo retumban los cascos de mi corcel al golpear las piedras. El agua del arroyo que acabo de pasar refrescó un poco mi piel y me recordó que sigo vivo unos instantes más. El movimiento de mi corcel hacia adelante y hacia atrás me impulsa ante mi destino.
Siento el poder del corcel mezclado con el mío, los puños apretados, aferrados a la brida, el viento golpeando mi rostro, recordándome el sabor de la libertad, sintiendo que las patas de mi corcel no tocan el piso. La velocidad me recuerda lo efímero de la vida y lo absurdo de las normas que me impone el destino y que he creído que deben regir mi existencia, el absurdo significado de la vida y cómo la sociedad se encargó de decidir por mí sin darme cuenta de lo que yo quería. Pero ahora es tarde, mi compromiso es más fuerte y cumpliré con mi destino aunque mi vida esté de por medio...
El café...

La escritura o, ¿como escribir?...

¡¡¡Ayer se rifó el Ipod!!!

El renglón torcido de Dios, o por que soy ateo...

Los diferentes tipos de amantes...

Bugs neuronales...

Durmiendo el sueño...

El retorno a la inocencia...

Hoy volví a encontrarme con la muerte, la hallé tendida en el pavimento, sonriente ante un cuerpo inerte, vacío, apenas sangrante y desnudo. Ella se regocijaba ante todos los espectadores que azorados observaban el espectáculo. Se divertía arrancando la inocencia o el olvido de su existencia latente en cada uno de nosotros.
Ahí estaba sentada en el borde del camino. Lamiéndose los labios, saboreando el alma que acababa de consumir. Ahí estaba junto a ese anciano que mostraba su impotente desnudez provocada por el impacto del auto, segundos atrás. Por allá un zapato tirado como muestra del incontenible tumulto de azar en el que vivimos esperando, aguardando nuestro destino.
Ese cuerpo inerte del anciano que caminaba hacia no sé dónde pero que nunca llegó, no sé si alguien lo esperaba o simplemente saltó para olvidarse de lo poco que tenía o de lo mucho que había vivido. Eso no importa, la muerte ahí estaba plácidamente observando al anciano que acababa de morir.
Solo puedo decir que ahí estaba tumbado en el pavimento, desnudo, con la mirada perdida y vidriosa dirigida al cielo como pensando que ahí se dirigiría. Como señalando que nada importaba mas que ver el cielo y tocar las nubes, como aferrándose al sueño eterno en el que lo terrenal no importa mas que el viaje al infinito. Sus manos tocaban el pavimento como si quisiera aferrarse a la tierra, sentir su textura, y guardar su recuerdo antes de partir.
Sus genitales al aire, señalando su retorno a la inocencia, la liberación de su pudor y sus complejos, como siendo el último acto de rebeldía ante unos enmudecidos espectadores que pasaban por ahí accidentalmente. El aire acariciaba su cuerpo, delineaba los contornos de su piel blanca y arrugada, delgada hasta los huesos como un preludio de que pronto esa carne desaparecería y quedarían sus huesos. Como si el esqueleto quisiera ser liberado después de soportar tantos y tantos días de maltrato. Ahora esos huesos querían salir y liberarse de la prisión de la piel para limpiarse y quedarse inmóviles, blancos y putrefactos. Sentir el aíre que nunca sintieron, sentir por si mismos sin intervención de la piel, los nervios, ni los sentidos. Ahí estaban felices sabiendo que pronto saldrían al mundo exterior.
Ahí estaba ese anciano, tirado como un preludio de nuestro fatal destino, desnudo y vacío, sin recuerdos ni memoria, sin alma y sin espíritu, solo un saco de huesos, piel y vello. Sin movimiento, sin esperanza ni futuro. Solo esperando una pudorosa sabana blanca que apartara su desnudez de la mirada de los curiosos y los morbosos, solo esperaba ser llevado a su nueva y última morada lejos de la vida, allá donde todos vamos a descansar tarde o temprano, a la tierra de las cruces, las flores y los epitafios.