
La cripta...

Camila
Se esforzaba en su trabajo con gran esmero. Sabía que no había estudiado una carrera pero veía como llegaban nuevas contrataciones a la empresa y se preocupaba por que ella, por falta de estudios, no podría pasar de la recepción de la empresa. Sin embargo, había pedido una oportunidad. Ésta llegó al mes de que yo llegué a la compañía y tuvo el mismo puesto que yo. Me alegré.
Siempre he pensado que todos merecemos una oportunidad, ella había luchado por conseguirla, y lo había logrado. Yo, como recién egresado, entraba con todos mis sueños y mis expectativas de hacer valer mi título profesional, ella, dispuesta a aprender y capitalizar la oportunidad que había recibido.
Nos hicimos muy buenos amigos. Acabé siendo su confidente. Era una mujer extraña, con historias difusas. Ambos padres pintores, divorciados por diferencias de caracteres o de estilos. Ella vivía con su padre, aunque visitaba muy frecuentemente a su madre.
Un buen día no pudo más y me confesó que estaba saliendo con un exvendedor de la empresa. -¿cómo?- le pregunté. -Si no es una persona muy confiable- le dije. Yo sabía que él era una persona que había sido despedida de la empresa por cuestiones de malos manejos, sabía que estaba casado y que tenía una hija, ¿por qué ella había decidido enredarse en una relación tan complicada?
Cuando le pregunté me respondió: -Se que es una persona conflictiva, se está divorciando, así que solamente me estoy divirtiendo con él-
Para mi, que cada día se enredaba más en esa situación, cada día se involucraba más y parecía que caía en un gran agujero que nada la sacaría de ahí. Yo, como su amigo quería hacer algo pero por más que con todo el tacto del mundo, le planteaba la situación, sin ser intrusivo, ella parecía no escuchar.
Un día me pidió un favor, me sobresalté. Me dijo que su exnovio quería verla y que se había citado con él en un restaurant del Centro Comercial Santa Fe. -¿y yo que tengo que ver?- le interrogué.
-Necesito que me acompañes para decir que "accidentalmente" me lo encontré por que tu te habías quedado de ver con él ahí por que es tu amigo, así que si Rafael pregunta tu dices que es tu amigo y que por casualidad nos encontramos, ¿vale?- No supe que decir, era mi amiga pero ahora me pedía ser cómplice. Finalmente acepté sin mucho ánimo, yo no conocía a su ex y el mentir no ha sido mi fuerte.
A la una treinta de la tarde llegó Armando, yo no lo conocía, rápidamente me lo presentó, me pidió que me subiera al auto y que nos adelantáramos a la plaza comercial. Ella pasaría en su auto un poco más tarde y nos haría una seña para "seguirla" , de esta manera los autos quedaran cerca en el estacionamiento. todo fríamente calculado.
En el auto, entre Armando y yo, había un silencio incómodo, no sabía que decir, no sabía que sabía elde toda la situación y quiería a toda costa evitar una indiscreción. De pronto él habló. -¿tu lo conoces?-.
-¿a quién?- pregunté casi automáticamente.
-Con el que anda-.
No supe que decir, quise evitar la pregunta, pero no se me ocurría nada, por un instante mi mente calculó friamente las posibles respuestas y sus consecuencias. Pero al final, el subconsciente ganó y solo pude decir: -Si-.
Pensé que me bombardearía con más preguntas, pero no fué asi. Retornó el silencio. Luego le pregunté yo: -¿tu sabes que anda con él?-. Y el asintió sin decir palabra.
Luego, desde el fondo de mi ser, desde lo más profundo y aludiendo a mi sentido moral y a mi estupidez no pude más que decirle: -Tu la amas, ¿verdad?, vi como la miras. ¿por que no le dices lo que sientes?-
-Ya lo sabe, ya se lo he dicho- respondió.
- Pero aún así, anda con otro, ¿te das cuenta de eso?, ¿no te molesta o te enoja?-
El tras un corto instante, como midiendo su respuesta me dijo: -No importa, ella quiere conocer otras cosas, está bien, pero al final, ella se casará conmigo.-
Me quedé estupefacto, asombrado y anonadado, los adjetivos se quedan cortos ante la impresión que me causó su respuesta, -Serás idiota- pensé para mis adentros.
Razonablemente y con todo el tacto del mundo, aludiendo a mi amistad y cercanía con Camila no pude más que contraargumentar: -¿Como puedes decir eso si se está acostando con otro?, ¿no es que no quieres ver lo evidente?, ¿la verdad?, ¿la realidad?-. Quise jugarle al psicólogo que confronta al paciente a la verdad cruda y directa y esperaba hacerlo titubear, dudar, o enojarlo... Pero no fue así. Pacientemente y con una seguridad escalofriante me repitió: -Ella se va a casar conmigo-.
En mis adentros me estremecí y sentí una gran lástima por ese desconocido que soñaba y pensaba que ella sería suya cuando ella estaba enredada con el otro. No supe que decir, me quedé sin palabras. Y durante la comida pude ver como él la miraba de una forma muy especial, y sentí una gran pena por que pensé que la realidad lo golpearía muy fuerte.
Dos años después acudí a su boda. Una boda hermosa, sin sacerdote, jerarca eclesiástico ni espiritual, ellos frente a todos dijeron sus votos uno al otro, las miradas desbordaban esa miel y los sueños de un futuro que se abre.
La realidad fue la que me golpeó a mi, me di cuenta que él tenía una fe y una convicción inquebrantable, y sabía lo que quería y lo que el mundo les tenía deparado. ¿destino?, ¿sueño?,¿voluntad? no lo se, pero él desafió todos mis pronósticos y mis convicciones al demostrarme que estaba equivocado y sobre todo, falto de fe.
La pichulosis...
Ese letargo que da la siesta por la tarde cuando aún los rayos del sol entran tenuamente por las ventanas y se descuelgan por las paredes lentamente.
Abrió los ojos pesadamente, la mirada comenzaba a ajustarse después de ese sueño reparador. Lentamente comenzó a estirarse, a sentir como el cuerpo despertaba junto con su conciencia. -Se incorporó-
Al dirigirse pesadamente hacia la cocina pasó frente al espejo de la recámara y accidentalmente se vió.
Pensó que seguía dormido, o como si estuviera aún en un sueño. Se talló los ojos sin creer lo que estos veían. Tenía el rostro lleno un extraño salpullido azuloso. Extraño de por si. No entendía lo que le había pasado cuando estaba dormido.
Quiso acercarse a su hermano mayor para que éste le explicara, pero al verlo, huyó... Solamente alcanzó a decir: "es la pichulosis, es la pichulosis".
Varios familiares estaban en su hogar, primas primordialmente. Quiso acercarse a ellas, encontrar respuestas, encontrar explicaciones, pero ellas al principio desconcertadas solamente alcanzaban a verlo de forma extraña, distante, mezclando el mito con la realidad. Solo alcanzaban a decir "tienes la pichulosis, tienes la pichulosis".
Se sentía como Gregorio Samsa de Metamorfosis, se había despertado de ese sueño pero en vez de ser ese escarabajo tenía una rara enfermedad al que todos le huían, todos corrían tratando de alejarse de su condición.
Él trataba de encontrar consuelo, una persona que lo tranquilizara, que lo calmara, pero nada, todos huían, corrían ante su presencia y solo repetían "es la pichulosis". Una de sus primas quiso acercarse a él, decirle que no temiera, pero su hermana la jaló, le dijo: -no te acerques que te puede contagiar la pichulosis, te pueden salir los puntos azules", -dudó- y luego emprendió la huida.
Comenzó a llorar desconsolado, desamparado, nadie quería acercarse a él, nadie quería estar cerca de él, todos corrían y se alejaban como si fuera un leproso.
De pronto llegó su mamá meneando la cabeza, lo tomó de la mano y lo llevó al baño, tomó un algodón y le limpió el rostro con alcohol para retirar las manchas de plumón azul que le habían pintado mientras dormía...
Lloraba desconsoladamente diciendo: "mamá, te voy a contagiar la pichulosis, no te acerques", al fin y al cabo, a mis 4 años quería proteger a mi mamá de mi virulenta condición de la pichulosis...
Ella disimuladamente rió, y luego me explicó que mi hermano y mis primas me habían jugado una mala broma que aún recuerdo cuando nos reunimos en familia y sale a colación la historia de la Pichulosis...
Dedicado a mi prima Claudia Lara la autora material e intelectual de La pichulosis
Verano del 93

La revista...

Ese día desperté como cualquier otro, bajé a preparar el café para poder comenzar a leer la revista que había llegado el día anterior. El agua hirviendo, el molino de café, el azúcar y la "french press" hicieron el café perfecto para iniciar el día. Me encanta ese sabor dulzón-amargo del café, las notas terrosas del grano arábigo, un café "Aged Sumatra", -costoso-, pero su sabor al despertar bien vale la pena lo pagado por él.
Abrí la revista y comencé a ojearla de atrás para adelante, una extraña costumbre para los demás, algo natural en mi por ser zurdo pues de forma natural comienzo a hojear esa revista que me llega mes a mes.
Revisaba los titulares lentamente para determinar el orden que quería seguir para leer los diversos artículos de la revista. Otra manía más. establecer orden y prioridad de lectura. Un pequeño secreto, como si evaluara el peso y la importancia de cada artículo y su relevancia para ser leído, degustado y saboreado como ese café que había preparado.
De pronto un titular llamó mi atención: "Jonathan, el zombi de los sueños".
¿zombi de los sueños? pregunté en voz alta, aunque nadie estaba presente para escuchar mi inquisidora pregunta llena de sorna. Pero, ¿que es esto?. Decidí entonces darle otro prolongado sorbo a mi taza de café y me dispuse a leer dicho artículo que no tiene caso resumir aquí pero incluyo el párrafo que se me antoja más interesante.
"...Si bien es cierto que Jonathan es un individuo aislado y aparentemente padece de sus facultades mentales, al profundizar en su diagnóstico es factible detectar una lucidez extraordinaria en su proceder. No es una persona disminuida en su capacidad intelectual, por el contrario, es un individuo que rebasa el promedio de inteligencia en México. ¿por qué es entonces un desadaptado?. La respuesta se presenta fácil: es un individuo que su ego se ve guiado por lo que su voluntad establece sin importarle lo que el inconsciente colectivo le dicte. Esto quiere decir que es autónomo en su proceder sin influencia de su entorno, y esta autonomía está regida por su voluntad. Así, aparentemente es un zombi, deambula por la sociedad sin un propósito aparente pues la sociedad descubre -sin conceder- que no puede influir en él ni su proceder. Esto molesta a los demás, los irrita por la libertad de la que goza, por la distancia que sabe establecer, por su independencia. sus sueños son su voluntad, esa voluntad creadora que rige su proceder. Así, aunque para la sociedad sea un zombi, para su individualidad es un soñador que busca concretizar los sueños. Se presentan pues las siguientes preguntas: ¿podrá entonces Jonathan empatar sus sueños con las expectativas y paradigmas establecidos por la sociedad?, ¿que tan dispuesto estaría a sacrificar sus sueños para insertarse en la sociedad y sentir la aceptación de los demás?. ¿es necesario aceptar lo que la sociedad establece para pertenecer a ella?.
De pronto me detuve. No sabía que pensar. esto me comenzaba a confrontar seriamente. Las preguntas no eran sencillas de responder. A veces la sociedad se encarga de determinar un camino, el camino esperado, "una familia, una casa, un buen trabajo, una posición reconocida", tantas y tantas cosas, pero ¿y la libertad de elegir?, ¿eso lo decidí yo o fue algo que desde pequeño me inculcaron y ahora pienso que así debe ser?... seguí leyendo.
"...Jonathan parece desafiar todo este paradigma social, él es independiente, no forma parte de nada, ni pertenece a nada, parece ser que su identidad es indefinida, su importancia personal es mínima y su ego disminuido hasta aparentar que es cualquier persona, puede ser cualquiera en cualquier momento. La sensación de estar frente a él es inquietante. No se sabe quién es, no se puede saber ni adivinar que piensa, o a donde pertenece, parece ser que posee una mirada perdida que en cuanto se encuentra con los ojos de uno taladran y desnudan, es como saber que está frente a alguien pero no saber quién es, y la otra persona nos conoce perfectamente.
Existe y se conduce dentro de la sociedad como un individuo más, pero sin pertenecer a ella, se rige por sus propias decisiones y determinaciones, escapa de las críticas y los convencionalismos, de los juicios y las culpas. Jonathan pues, parece ser un ser mucho más libres que muchos aunque parezca que no es nadie..."
De pronto quise conocer a Jonathan, hablar con él, preguntarle como había logrado esa libertad, cómo había llegado a destruir el ego y ser libre en su proceder, y sobre todo como había evitado el juicio y el rechazo de los demás. Terminé de leer el artículo para poder saciar mi curiosidad. Quería saber más de él y de su vida, de cuales habían sido las circunstancias en las que había vivido, las razones de su proceder, las motivaciones detrás de su consciencia para llegar a ese punto y sobre todo saber si la vida que uno construye es real o solo la ilusión de una sociedad que nos enseña lo que cree que es la libertad.
Viaje a Huimilpan...
Cuando viajábamos en auto de San Cristóbal de las Casas a Tuxtla Gutiérrez no pasaba de 60 kms por hora. Era exasperante ver a los demás autos viajar a velocidades más altas. Algunos autos hasta nos tocaban el claxon para que nos moviéramos a un lado y cediéramos el paso. A veces me escondía detrás de la puerta cuando observaba que se aproximaba un auto conocido. En esa época en San Cristóbal no habían muchos autos y menos que viajaran a la ciudad de Tuxtla Gutiérrez.
Le preguntaba a mi padre por que no iba más rápido, él contestaba que para qué, que era más seguro viajar a esa velocidad. A veces creía que no era verdad pues más de una ocasión me tocó que tuviéramos un trailer atrás del auto y éste se empecinara en rebasarnos ante nuestra lentitud.
Quizás en la zona de curvas llegara a disculparlo, -Es que no ve bien- decía cuando mis amigos me decían que nos habían visto en nuestro auto. Era un Caribe azul eléctrico "tunneado" de acuerdo a la moda de esa época, ni como decir que no eramos nosotros.
Era irónico ver a aquel auto "tuneado": spoiler delantero, spoiler trasero, espejos deportivos, faros de niebla, bazooka, todo lo hacía parecer un auto veloz para la época... salvo el piloto que conducía a no más de 60 kms cuando iba rápido.
En las rectas no aceleraba. La carretera libre, vacía, que invitaba a correr y desbocarse aunque solo fuera en un pequeño tramo o un instante. Pero nada... Seguía a 60 kms. Ya mayor, mi hermano y yo nos burlábamos de él y le decíamos que íbamos en carroza fúnebre, que más bien si llegaba a pasar una seguramente nos rebasaría... y él no decía nada, solo seguía mirando el camino. Quizás en ese auto jamás llegó a ser usada la 4a velocidad.
Ahora me gustan los autos potentes, sentir la potencia y la aceleración, el bramido del motor, la estabilidad, me gusta acelerar y sentir el vértigo de la velocidad. Esa sensación de poder en el pedal, el deseo de sentir la velocidad, la furia e ímpetu de un auto me emociona. Disfruto cuando puedo rebasar haciendo alarde de la potencia y estabilidad del auto que tengo. Sobre todo en carreteras de dos vías... hasta hoy que decidimos ir a Huimilpan.
Una pequeña población a media hora de Querétaro. Sencilla y pintoresca. Con ese silencio y vacío de las ciudades olvidadas. Quizás su único orgullo sea la habilidad y destreza de los talladores de cantera que son unos verdaderos escultores, pero la población muestra los indicios de la aculturación producto de la migración al norte. La música norteña se entremezcla con los sonidos de los autos que gritan su origen rapero y country.
Regresando de Huimilpan algo sucedió. No quise acelerar, no quise ir a una velocidad "aceptable" por el contrario, decidí poner el "speed cruiser" en 60 kms y disfrutar del camino como lo hubiera hecho mi padre...
De pronto un nuevo mundo se me abrió a los ojos: descubrí La lentitud.
Esa lentitud de las cosas, de la vida y del fluir de las sensaciones. El dejar de correr, el dejar de tener esa necesidad de llegar, de ser más rápido, más potente y más fuerte. Y por primera vez disfruté el camino, el fluir de los ritmos de las cercas que se repetían incansablemente, las vacas a la distancia, los tractores, esos rostros de las personas que transitan lentamente al lado de la carretera. Las formaciones de los árboles, el tiempo detenido y sin tener que ser acelerado por el auto en el que viajaba. Esa lentitud que hacía ya mil años que no veía.
Y ahora entiendo lo que mi padre buscaba: esa lentitud, esa paz, ese momento de poder controlar la velocidad de lo que sucedía, de poder rebelarse ante la presión externa, luchaba para no dejarse consumir por el exterior (aunque finalmente sucumbió), buscaba apreciar cada cosa que pasaba frente a sus ojos, frente a su vida. Quizás nunca lo supo conscientemente, quizás si, nunca lo sabré, lo único de lo que me doy cuenta ahora es que esa era una forma de poder conectarse con la lentitud y dejar de correr en un mundo que cada día se hace más veloz.
Esa extraña lentitud, palabra que ahora se nos hace aborrecible por se sinónimo de deficiente, aburrido, incapaz. La lentitud. Ese tiempo que se toman los árboles en crecer, la paz de la lluvia y su lentitud para levantarse evaporándose poco a poco, esa lentitud de las nubes, de la tierra que se toma medio día en disfrutar el sol y medio día para abrigarse con la luna. Esa lentitud de poder ver la vida pasar, las piedras rodar, el pasto crecer. Esa lentitud que nos abandona, que nos olvida y nos traiciona. Esa lentitud que me extraña y me hace falta.
La lentitud...
La liberación
Aparecieron de la nada dos hombres con uniforme, caminando sobre la arena como si toda su vida se hubieran desplazado en esa superficie. llevaban en la mano una cubeta vieja, rayada y desgastada por el uso. Su indiferencia demostraba el peso de la rutina y el tedio de un día más haciendo lo mismo.
Los presentes se arremolinaron a su alrededor cuando llegaron, una excitación latente se percibía en el ambiente, la inquietud, la expectativa, la curiosidad. Los uniformados pusieron las cubetas sobre la arena. Todo mundo se acercó a ver lo que había adentro entre empujones y jalones tratando de vislumbrar su contenido.
Adentro de las cubetas se alcanzaba a ver una masa negruzca e informe que se movía aleatoriamente. Por la obscuridad no se alcanzaba a ver claramente hasta que los ojos se acostumbraban a la obscuridad. Era una cantidad significativa de pequeñas tortugas listas para ser liberadas.
Todos suavemente comenzaron a introducir las manos para tomar a una de las tortugas que se aferraban gentilmente. Las pequeñas tortugas aún con los ojos cerrados, apenas y se movían ante la extrañeza de la sensación de los dedos y palmas que les sostenían.
Algunos se tomaban fotos sosteniendo las tortugas, otros las ponían a contraluz para poder verlas mejor, otros más corrían con el vaivén de las olas para comenzar a colocarlas cuando las olas se retiraban para que las tortugas comenzaran su viaje hacia las profundidades.
Uno de los liberadores de tortugas tomó la suya y suavemente la acercó hacia su boca, la besó, la acarició y susurró algunas palabras a la tortuga, la saludó y la animó a su gran viaje, le puso un nombe por el cual le llamó y luego le pidió algo extraño: "por favor, resiste y cuando puedas regresa a este lugar, recuerda que la vida se da solamente una vez, esta es tu oportunidad, el mar es inmenso, no tengas miedo, déjate llevar con el vaivén de las olas, en algún momento estarás en donde debes estar".
Luego la tomó suavemente en su palma y se acercó hacia la playa, se introdujo entre las olas que se movían mansamente entre sus pies, esperó el momento adecuado cuando la ola se retiraba y la colocó en el mar. La tortuga que parecía adormecida y entumida, al sentirse en su medio ambiente, despertó de inmediato y se dejó llevar por la corriente. Él apenas y pudo ver como ésta se introducía entre las olas y desapareció de su vista.
Se quedó cerca de la orilla buscando entre la arena, esperando que la ola no hubiera regresado a la tortuga a la playa. Todos los demás corrían con las tortugas entre las manos y simple y sencillamente las depositaban en el mar con una gran algarabía.
Alcancé a ver en la penumbra su mirada, la pupila dilatada, tratando de adivinar a que distancia estaría ya la tortuga dentro del mar. parecía abstraido, conectado aún con esa tortuga con la que había establecido el vínculo afectivo. Indiferente de lo que sucedía a su alrededor con la gente en su dinámica de colocar tortugas en el mar.
Después, saludó con la mano hacia el mar despidiéndose de la tortuga, dio la vuelta y desapareció del lugar lentamente. Quizás pudo haber tomado más tortugas pero no lo hizo por que solamente podía liberar a una esa noche, su tortuga.
Las piedras...
Aprendí entonces a escuchar a las piedras respirar, algunas suspiran de vez en cuando, quizás porque extrañan algo, otras por el contrario, ronronean como si estuvieran comodas en donde están. Algunas susurran pequeños versos ininteligibles pues son muy lentos para entenderlos, otras gritan con sus formas y sus colores lo que quieren decir. Aun estoy en búsqueda de aquella que cante...
5:23 A.M.
Son las 5:23 AM. Nuevamente como todos los días me vuelvo a despertar a esa hora. No se por qué. Quizás es algo que recurrentemente sueño, que me despierta pero que se me borra de la mente en cuanto abro los ojos. No se que es.Doña Margarita...
Esa mañana me sorprendió parado viendo por la ventana, quizás reparó en mi mirada distante, aún conectado a la máquina del suero, vestido con esa batita que cubre solamente el pudor y una que otra gasa. Me observó detenidamente y me preguntó:
- ¿Qué le preocupa joven?
No supe que decir, mi mente estaba divagando por diferentes estados, sumergiéndome en reflexiones y cuestionamientos, tratando de asimilar la operación y sobre todo la palabra “cáncer”…
- De seguro piensas en tu vida y en tu futuro… es normal…
Desprendí la mirada distante del horizonte y me volví para encontrarme con ella.
- Es que todo esto es tan confuso, tan extraño que no me lo esperaba…
- Eso pasa muy seguido, -agregó – eso lo he visto muchas veces, la gente cuando siente que la muerte se les puede trepar ven las cosas con mayor seriedad, si no sigues como si tu vida no importara… La muerte te enseña muchas cosas, sobre todo a apreciar tu vida…
Se quedó en silencio como midiendo el efecto de sus palabras, como si quisiera saber si yo no me molestaría con su comentario, y con un gesto de sentir que una vez más se había entrometido en la vida de otro… Me quedé pensando en sus palabras, luego, agregué:
- ¿Por qué tiene que ser así doña Margarita?, digo, ver la muerte de cerca para apreciar la vida de cerca.
- Así somos –dijo casi como un susurro- no nos gusta que la muerte nos recuerde que está ahí, que nos persigue a cada vuelta de la esquina, nos gusta ser inmortales, negar que existe, olvidarla para poder dedicarnos a otra cosa…
- ¿y que es esa otra cosa Doña Margarita?
Tomó el trapo para limpiar la mesa de comida y comenzó con movimientos circulares a limpiar la superficie. Había un silencio en el cuarto, como si todo se hubiera callado en ese momento para esperar la respuesta.
- La gente se la pasa pensando en como ser para los otros, pierde mucho tiempo pensando en ser importante para los otros, dejar huella, que los demás los recuerden o los quieran, pierden el tiempo en buscarse sin querer encontrarse… Pero no se tienen. Quizás si se preocuparan más por dejar huella en si mismos, recordarse a si mismos, que su vida deje huella en si mismos y no en los demás estarían más conscientes de la vida o lo que se puede llamar vida…
- ¡Uchales!- Pensé para mis adentros– ¡Doña Margarita filósofa!, escuchar para creer.
Pero sus palabras encontraron un pequeño hueco para colarse por mi conciencia y empezar a hacer mella en mi forma de pensar. ¿dejar huella en mi mismo? Si siempre se habla de trascender en los demás, dejar huella en el mundo, trascender, ser “alguien en la vida”, esta idea chocaba con lo que yo había escuchado permanentemente toda mi vida. Y ahora se me antojaba como esa forma de reforzar la importancia personal frente al mundo.
Todos queremos dejar huella en el otro, en nuestra familia, hijos, amigos, el país, etc, bueno, queremos aunque normalmente no lo procuramos pero esperamos que así sea. Y luego, cuando alguien cercano fallece, nos damos cuenta que la vida sigue, y que su huella que al principio parece indeleble, poco a poco con el tiempo se desvanece… ¿de qué sirvió entonces el afanarse en dejar huella en el otro?... Doña Margarita me dio la respuesta… Dejar huella en mi mismo, ¿raro no?
- Se quedó callado joven, ¿lo estoy importunando?
- No doña Margarita, más bien me dejó pensando en lo que dijo, ¿cómo puedo dejar huella en mi mismo?, ¿no es contradictorio?
- Mire, se lo explico de esta manera, ¿Qué es dejar huella?, pues el dejar marca, el hacer camino, que algunas cosas sean importantes y significativas para uno para que el día que llegue la muerte uno esté contento de todo ese camino que anduvo y no se ande aferrando como desesperado. La gente se preocupa y actúa más para los demás que para uno mismo, le obedece más a lo que los demás esperan de uno para quedar bien, que lo quieran y dejar huella. Pero eso está mal, uno debe obedecerse y quedar bien con uno mismo satisfecho con su vida y su camino… Esto de ninguna manera quiere decir que usted sea egoísta y no le importe el mundo ni nada, quiere decir que usted debe buscar su propia felicidad, su propio camino y enseñarle a sus hijos a que sigan el suyo de una manera honrada.
- Si Doña Margarita, pero… ¿eso dejaría huella?
- En uno si, la vida es individual, es una experiencia personal y única, y solo ocurre una vez, ¿por qué desperdiciarla queriendo quedar bien con los demás y no con uno mismo?, esto quiere decir que uno se vuelve responsable de su vida y de ser persona de bien y no le anda echando la culpa de sus cosas, de su vida y de sus desgracias a otros. Esa huella es la importante, la que deja uno como ejemplo de persona individual y responsable de su lugar en el mundo, consciente de lo que es y de lo que hace, y no uno que anda por ahí de visita por el mundo esperando volver a venir otra vez pero ahora si a vivirla…
Me quedé pensativo, absorto en lo que doña Margarita me había dicho, quizás sus palabras hacían más sentido en mi situación, en ese momento reflexivo apenas saliendo del quirófano, aún adolorido y sin poder mover bien el cuello por los puntos y las gasas. Empezó a trapear, y volví a observarla.
Era una mujer grande sino mayor, de unos 54 años, robusta y algo pasada en carnes, morena y con ese cabello negro que dejaba entrever algunas canas producto de sus años. Sintió mi mirada escrutadora y sin volverse me dijo:
- Yo también tengo mi historia, también estoy marcada por la muerte igual que usted, ¿o acaso creía que pensaba así nomás por que un día me desperté y se me ocurrió? No joven, eso no llega de pronto, llega acompañado del miedo, de la idea de ya no estar, de faltar, de dejar de vivir. Llega de la mano del deseo por vivir más, por chuparse todo lo que ven sus ojos, de comerse el mundo esta vez, de saber que está uno amenazado de muerte, herido de por vida. El que no ha sentido a la huesuda hablarle de cerca, no podrá entender esto pues sigue con su idea de dejar huella en los demás más que en si mismo. Eso no importa, ya llegará el momento en que lo descubran…
- Pero, ¿siendo así no estaría siendo egoísta sobre todo con mis hijos?, ¿no un padre debería dejar huella en sus hijos al menos?
- ¿pues que le quiere enseñar a sus hijos? Eso depende de usted, usted es el ejemplo que ellos seguirán en sus primeros pasos hasta que comiencen a andar solos por la vida, esa es la ley de la vida, usted solamente será un ejemplo, para bien o para mal, así que depende de usted como será ese ejemplo, y como lo verán, pero como le dije, la vida es individual y cada quien la vive como quiera, así que usted decidirá si se convierte en un ejemplo con una vida significativa para usted o significativa para los demás aunque sea desleal para con usted mismo… eso es lo bello de la vida…uno puede elegir.
En ese momento entró el oncólogo a revisarme… se sentó al lado de mi cama y me preguntó como me sentía en lo que me descubría el cuello y me quitaba la gasa para que la cicatriz comenzara a secar más rápido… revisó el catéter que drenaba la sangre del pecho y como por arte de magia Doña Margarita desapareció…
Esa noche no pude dormir bien, el suero en la mano, mis pensamientos en la otra. Esperé hasta que amaneció para volver a ver a doña Margarita, platicar con ella y despedirme pues ese día abandonaba el hospital, quería agradecerle sus palabras. De pronto llegó otra señora, el sábado era el día de descanso de Doña Margarita…
Terror nocturno...
Su pequeño cuerpo temblaba. Se acurrucó junto a mi para sentir seguridad y protección. Yo lo recibí, lo acogí, lo besé en la frente y lo tranquilicé, suspiró al sentirse seguro y protegido. No podía regresarlo a su cama pues me hizo regresar en el tiempo, a esa época en la que yo tenía su misma edad.
Con su carrera desenfrenada para llegar a lugar seguro, me sentí ahí, corriendo desesperado para llegar al cuarto de mis padres, las distancias que se me hacían eternas, infranqueables, esas distancias que se elongaban a mi carera y que se hacían mayores entre más miedo tenía.
Y cuando llegaba por fin al lugar que me parecía seguro, éste dejaba de serlo. Mi papá me regresaba a la cama. Yo trataba de explicar que había algo que me asechaba, no sabía que era pero ahí estaba, ese algo se escondía en el closet, podía estar abajo de la cama, saltar de entre las cortinas que se movían sutilmente con su paso, o algunas veces lo podía escuchar en el silencio de la noche, pero había algo que siempre me asechaba, que me perseguía.
Mi papá pacientemente se levantaba, abría el closet, me enseñaba abajo de la cama y me demostraba que no había nada, yo argumentaba que era por que eso le tenía miedo a él, pero que esperaba a que se fuera para volver, pero mi papá no me creía. Me acostaba y se iba. Y yo me quedaba ahí todavía con mi miedo, con mi angustia.
Otras veces me dejaban la luz del pasillo encendida, eso me tranquilizaba hasta que una hora después mi papá se levantaba y la apagaba, y volvía a tener ese terror nocturno de ser asechado. Mis padres creyeron que la solución era una lamparita para la noche. Un foco color azul que ponían en la lámpara, mi hermano mayor, protestó que no lo dejaría dormir, pero con tal de que yo no molestara accedió a que permaneciera encendida.
Esa lámpara de luz mortecina no me ayudó, solamente hacía que tuviera más miedo por que ahora si podría ver mejor cuando eso se aproximara a mi. Creía que me atacaría y me llevaría lejos de mi familia y de mi casa.
Cierto día, tenía tanto miedo que se me ocurrió meter la lamparita abajo de mis cobijas, para tener un lugar seguro, al menos abajo de las cobijas la luz era más brillante y me sentía seguro en la casa de campaña que se formó. Me quedé dormido... Después un fuerte olor a quemado me despertó... la cobija se estaba quemando... Afortunadamente no se incendió, pero en la mañana tuve que dar serias explicaciones de cómo se había quemado la cobija...
Y seguí con el terror nocturno, mis papás se esforzaron, usaron todas las técnicas disponibles a su alcance, el decirme que no había nada, el regresarme a la cama, las lamparitas, el irse a dormir un rato conmigo, pero nada funcionó.
Mi papá se desesperaba, se enojaba, regañaba, toleraba. hizo todo lo que pudo, quizás tratando de evitar usar las técnicas que mi abuelo había usado cuando era niño, a el lo regresaban a la cama después de que mi abuelo le había propinado varios cinturonazos para quitarle el miedo, para hacerlo hombre, para que no perdiera el tiempo en tarugadas y se durmiera.
Yo con el tiempo me resigné, acepté que eso existía y que me llevaría sin que yo pudiera hacer algo, me abandoné a mi suerte, dejé pues que me llevara, pero eso nunca sucedió, hasta que con el tiempo y la edad, me di cuenta que ya no tenía miedo, que ya podía dormir tranquilo...
Patricio aún seguía inquieto, no podía dormir a pesar de que estuviera ahí conmigo. Le pregunté que qué pasaba, me dijo que seguía soñando feo, soñaba con calaveras que le daban miedo, le dije que entonces pensara que él era un Transformer, su juguete favorito en este momento, que se "transformara" en un Transformer y que venciera a todas esas calaveras que lo molestaban, le dije que era fuerte y valiente y que ninguna calavera podría con él. Le dije que yo estaba a su lado para ayudarlo, pero que venciera y destruyera a todas las calaveras que lo angustiaban... a los 5 minutos dormía plácidamente... y yo tranquilo y satisfecho, me dormí a su lado...
El niño de probeta...
Quizás para un adolescente el despertar y descubrir la sexualidad es toda una revelación. La mezcla de ardores, deseos, intrigas y curiosidades engloba todo su pensamiento de tal manera que puede disparar toda clase de fantasías que estimulen su deseo por conocer más.
Nunca falta el amiguito precoz que ha sido un poco más curioso que los demás, que ha espiado a sus padres o le han platicado niños mayores sobre lo que podría ser el sexo…
El circo de Capulina...

Viaje a San Cristóbal de las Casas...
La insoportable tripolaridad de mi ser...

El renacer...

Martha conoció a Lucio en un café, le atrajo su seguridad y aplomo, la mirada firme y penetrante que la hacía estremecerse. Él se acercó, platicaron un rato y luego le pidió su teléfono, ella, accedió a pesar de percatarse de que tenía un anillo de casado.
Pasó poco tiempo para que Lucio y Raquel comenzaran una relación intensa, Lucio se aplicaba cada día por mantener el interés de Raquel y ella se dejaba seducir y convencer. Poco a poco Raquel comenzó a mostrar la verdadera intensidad de su esencia, dejó que Lucio se acercara, y pasaron noches muy apasionadas. Con el tiempo formalizaron la relación y al poco tiempo se casaron deseando vivir ese sueño de pareja, ese sueño en donde todo es perfecto y existe el amor por siempre...
Sin embargo las cosas fueron cambiando con el tiempo, Raquel se dedicó a la casa y el cuidado de los niños, y Lucio a trabajar para mantener a su familia. Raquel y Lucio con el tiempo iban perdiendo esa proximidad de pareja. Los 12 años que llevaban de casados habían sido matizados por la rutina y el desencanto. Raquel sentía que su deber era su hogar, su trabajo de medio tiempo para ayudar en la economía familiar y el cuidado de sus dos hijos.
Lucio se había resignado pues a una vida familiar... hasta que apareció Martha esa tarde en el café...
Se quedó pensativo ante la pregunta de Martha, dudó unos instantes en contestar, era la primera vez en 14 años que estaba con alguien que no fuera su esposa, por un lado se sentía alagado, pero por el otro dudaba en entrar en contacto con su realidad, platicarle a la mujer con la que había tenido sexo su verdadera identidad. Sin embargo, ante la mirada insistente y confiada de Martha además de su silencio, se dejó llevar y comenzó a hablar...
-Mira, la verdad es que no se por donde empezar... me preguntaste que me falta. en realidad no me falta nada, pero extraño la pasión, el ardor del cuerpo, la furia por amar, ese día único en el que como amante amas sin importarte el mañana, me falta el deseo, el ansia, la necesidad de estar. El suspiro por el otro, los "buenos días amor" al despertar al otro día. Extraño el sudor frío que recorre la espalda, el escalofrío en la nuca, el grito ansioso y entrecortado, el cuerpo tembloroso que se aferraba al mio para sentir más de cerca mi sexo.-
-vaya que eres apasionado, dijo Martha-
Lucio guardó silencio, le dió miedo el darse cuenta que estaba pisando terreno resbaloso, estaba a punto de levantarse cuando Martha lo tranquilizó diciendo:
- A veces se nos olvida quienes somos, la rutina nos aleja de nuestra verdadera esencia. "Ser responsable" nos dicen por ahí, pero eso hace que nos olvidemos de nosotros, hace que nos desconectemos de nuestra esencia y de nuestra realidad. de hecho este eres tú, libre, apasionado, entregado, ¿por que te has olvidado de lo que eres?-
Lucio quedó pensativo... escuchó cada una de las palabras de Martha como una voz interna que le hablara desde adentro, como si fuera su conciencia y luego respondió:
- No lo se, tal vez me he dedicado a cuidar a mi familia aún a pesar de mi mismo...-
Martha respondió:
- Debes cuidar a tu familia pero sin dejar de ser tu mismo, debes ser fiel a tu esencia, a tu naturaleza y no tratar de ser algo que no eres. Tu pasión estaba muerta, habías muerto por dentro, y ahora vuelves a estar en contacto con tu ser, con tu cuerpo, te das cuenta que puedes volver a sentir, que puedes despertar para volver a ser...-
-¿Y tú?- respondió Lucio, -¿y tu por que me hablas así? te estas acostando con un hombre casado, ¿no te sientes mal?-
-No- Respondió Martha, -En realidad no, tenías tanta pasión guardada que disfruté sentir tu renacer, fue como si perdieras nuevamente la virginidad ¡jajajaja!-
Lucio se molestó y se levantó de la cama, se dirigió al baño con el ánimo de vestirse e irse de ahí... sin embargo, su furia poco a poco se fue trastocando en una inmensa tristeza que le oprimió el pecho, y que casi hizo que perdiera el control. Sabía que Martha tenía razón, se había perdido tanto que ahora tenía un renacer físico, espiritual y sexual...
Regresó a la cama sin decir nada, y luego amó a Martha como si fuera la primera y última vez que haría el amor con ella, era una mezcla de descubrimiento y entrega, un instante, un chispazo fugaz que iluminó el universo...
Después de esto, Lucio jamás la volvió a buscar... Había descubierto una ventana en los recuerdos por la que podía escapar y acudir cada vez que se sentía acosado por la rutina a ese recuerdo de Martha y su bello discurrir por la existencia.
Martha por su parte, sabía que había abierto una llaga en Lucio que tardaría en sanar, sabía que no la volvería a buscar, pero ella guardaba el deseo y la furiosa pasión de Lucio y su renacer en lo más profundo de su memoria... Había pues disfrutado de un hombre y de sus pasiones escondidas...