
Yo mexicano.

Una quimera...
Se dirigió aún molesto hacia el refrigerador, lo abrió bruscamente. La luz interior iluminó tenuemente la cocina que se encontraba en penumbra. Dio un rápido vistazo, nada lo convenció. No tenía mucha hambre, así que decidió irse a dormir. Pronto cambió de opinión, necesitaba tiempo para pensar, asimilar lo que había pasado. Quería descubrir por qué ella se comportaba así. ¿Acaso no le quería?. Por qué o de qué tenía que platicar con otro hombre que no fuera él. ¿Por qué le decía que no tenía nada de malo?.
Le dolió mucho que le llamara machista, que le gritara que estaba harta de sus celos de niño y luego ver su llanto. Pedirle libertad aunque lo amara, quería ser ella misma, tener amigos como todos. Que si iba a seguir con sus absurdos celos era mejor terminar aunque le quisiera mucho.
Quiso pedirle perdón, decirle que no se pusiera así, que no era para tanto, quería cambiar, pero su orgullo era mas fuerte y no podía entender por que ella le llamaba posesivo.
Comenzó a darse cuenta de que ella tenía razón, que se comportaba como un niño celoso, un macho posesivo. Así que decidió ir al otro día a pedirle perdón por todo lo inmaduro que se había comportado con ella. Se comprometió a dominar sus impulsos, ver las cosas con criterio, aceptar sus errores. Se percató de que no había querido aceptar que estaba enamorado y que no podía vivir sin ella, y que ella no hacía mas que quererlo también.
El cansancio comenzó a hacer estragos, el sueño comenzó a vencerle, así que decidió irse a dormir. Levantose del sillón en donde estaba pensando y se dirigió al cuarto con paso pesado y bostezando en el camino. Pero antes de llegar a su cuarto, tocaron a la puerta.
Se detuvo por un momento extrañado, ¿quién pudiera ser en ese momento?, por un momento pensó en no abrir, pero creyó que podría ser algo importante, así que se aproximó a la puerta sigilosamente y observó a través de la mirilla...
Era ella la que tocaba, por un instante no supo que hacer, pero abrió la puerta lentamente. Ahí estaba, con los ojos hinchados de tanto llorar, se quedaron viendo por un largo rato, luego le dijo que pasara. Ella entró y enseguida cerró la puerta.
Se quedaron viendo profundamente, ninguno de los dos parpadeaba. Él quería expresarle con la mirada todo lo que sentía por ella, todo lo que no podía decir con palabras. Una mirada ardiente cargada de amor y pasión mezclada con arrepentimiento. Contrastando con la mirada de ella que expresaba tristeza y amor, dulce, ansiosa de comprensión, cariño y protección.
Poco a poco la distancia entre los cuerpos fue acortándose, atrayéndose mutuamente con un movimiento casi imperceptible, las miradas continuaban fijas e inmutables.
Por primera vez él se estaba dejando llevar, mostrando la necesidad que tenía de ella, atraído por ella, algo que su orgullo no le había permitido aceptar ni mostrar. Hacía a un lado su orgullo, se mostraba tal y como era. Ella se dejaba llevar por el amor que sentía, dejaba que su corazón la guiara.
Ahora se encontraban a unos cuantos centímetros uno del otro, la boca de él temblaba de pasión y la de ella ardía de deseo. Algo que nunca había sentido ante los besos fríos y rápidos que antes se habían dado. Poco a poco los labios se aproximaron milímetro a milímetro, la pasión y el amor flotaban en el ambiente, emanaban de ambos.
Lentamente los labios llegaron a unirse en un beso tierno y dulce. Ambos cerraron los ojos. Él lentamente subió los brazos hasta abrazarla y ella subió los suyos hasta posarlos en el cuello de él.
El beso se prolongó un poco, al separarse lentamente, siguieron abrazados. Ella se retiró, lo vio fijamente, la mirada se transformó y casi inconscientemente movió el brazo para atrás y que luego movió hacia adelante tomando a cada instante más velocidad, hasta que la palma abierta de la mano se estrelló fuerte y estrepitosamente en el rostro de él, volteándole la cara.
Por un momento no comprendió lo que sucedió. Lentamente volteó la cara para verla de frente. Se percató que aquella cara dulce y tierna estaba transfigurada en un gesto de disgusto y decepción. La miró fijamente, por un instante no supo que pensar, muchos sentimientos se entrecruzaron en su mente, por un lado su orgullo pero por el otro su amor por ella.
Su gesto de desconcierto dio paso a un gesto de furia, se vieron retadoramente y él quiso levantar la mano para regresarle el golpe, pero esta vez no estaba dispuesto a perderla así que bajó la mirada, evadiendo así la mirada de reproche de ella, lo único que pudo articular fue - lo siento-, después de unos instantes, ella se arrojó a sus brazos llorando de alegría, se dio cuenta de que estaba arrepentido, que quería cambiar. Le dio un beso, luego sonrió de alegría y una lagrima de emoción recorrió su mejilla.
Los besos continuaron, en el ambiente se percibía la pasión. Las caricias poco a poco se tornaron más atrevidas. Así que él la cargó y la llevó hasta la recamara dejándola sobre la cama. Los besos continuaron.
De pronto ella se levantó lentamente, se aproximó a la ventana, la abrió y lentamente se volteó, la veía desde la cama extrañado, la luz de la luna iluminaba la silueta de ella.
Lentamente, ella, comenzó a desabrocharse la blusa, primero, el botón de arriba y luego fue desabrochando los demás lenta y sensualmente. Se la quitó. Pasó a desabrocharse el pantalón que tímidamente se quitó. Él no dejaba de verla, su cuerpo vibraba. La luz que la iluminaba dejó entrever una ropa interior sencilla y sensual, el encaje era la muestra de su feminidad.
Él se levantó y se acercó lentamente a donde estaba ella, se quedaron viendo fijamente, la distancia que los separaba era mínima, después de unos instantes, él levantó lentamente la mano para tocarla, sin perder de vista sus ojos y cuando quiso tocarla, la mirada se tornó de desesperación. Poco a poco ella comenzó a esfumarse, desesperadamente luchaba por retenerla, en la mirada de ella se reflejaba la tristeza, una lagrima corría por su mejilla y antes de desaparecer le dijo que lo amaba.
Él cayó de rodillas llorando amargamente y desconsolado, no entendía por qué se había esfumado.
Súbitamente despertó, se dio cuenta que había sido un sueño y respiró aliviado, pero poco a poco comenzó a percatarse de donde estaba y su tranquilidad dejó paso a la angustia que le oprimió el pecho.
Después de haber pasado la noche en vela, el sueño le había vencido, su traje negro estaba todo arrugado, observó una vez más el ataúd lleno de flores, volteó a ver a todas las personas reunidas ahí, y vino a su memoria que esa noche ella había perdido la vida en un accidente. Nunca había llegado a su departamento.
No pudo decirle todo lo que sentía, ahora nunca lo podría hacer. Y siempre perduraría en su mente la pregunta: ¿ y si se lo hubiera dicho?...
Mi sexo y yo, crónica de una muerte prematura...(4a parte).

Lo más difícil de la adolescencia es confrontarte con aquella primer mujer. Aquella que marca por siempre tu inicio al sexo, la entrada a ese mundo mágico de sensaciones y de placer. Lleno de inseguridades, miedos y ardores, por fin llegar a la culminación de tal acto.
Las mujeres son educadas con respecto a que la primera vez debe ser maravillosa, con un hombre que amen, llenas de fantasías y de príncipes azules, esperando ver el arcoiris y escuchar la música de las musas... Para nosotros los hombres no es así, es necesario demostrar poder, experiencia y sobre todo, dominio... algo que por supuesto no posees a esa edad.
La idea que tenía de esa experiencia estaba centrada en ella, en que gozara como Brittany Spears y pidiera más, en que fuera para ella una experiencia inolvidable, que la máquina que debería ser, de acuerdo al estereotipo forjado gracias a las películas porno, lo más eficiente posible. Esa era la idea, una máquina eficiente. Sin sueños, ni fanfarrias, ni siquiera pensar en que era un acto de amor, era un acto mecanicista y racional...
Ella no era Brittany Spears, no recuerdo su nombre, algo así como Rubí o Zulema o quizás "Cómo quieres que me llame". Lástima, hubiera querido al menos recordar su nombre, el nombre de esa protomujer conformadora de una actitud sexual.
Recuerdo algo irónico, una imagen de la Virgen de Guadalupe en un nicho de la pared... Ahí, con las manos juntas, su rostro inclinado hacia un lado, viendo hacia abajo con mirada misericordiosa y esa entresonrisa que no sabía si denotaba risa, envidia o se burlaba de mi. Tenía la sensación de que esa imagen estaba disculpándome, sintiendo una pena infinita por ese comienzo muerto, por esa mutilación del sueño y del origen, de un principio abortado, sin gloria, sin recuerdo, y sobre todo, sin sentido.
Aún recuerdo las preguntas de mis amigos, querían saber cuanto había durado, que si ella había gozado, que si había logrado que ella tuviera un orgasmo... Pero nadie preguntó cómo me sentía, nadie preguntó si por lo menos había escuchado el susurro de las musas, o al menos si ya me sentía hombre. Solo importó, a final de cuentas, la eficiencia y mi desempeño.
El vacío no tardó en llegar, como un golpe seco en el rostro, con su manto obscuro me llenó de una infinita tristeza, pero no pudo arrancarme una lágrima, esa lágrima negra, espesa que se escurría lentamente por mi piel. El cuerpo ensuciado, lacerado, como mutilado. Lleno de complejos y de culpas, con memorias sensoriales que se arrastraban a cada paso. Como si mi sombra de pronto se hubiera hecho espesa y pesara más.
Ya era hombre, ya había estado con una mujer. Pero en el fondo sabía que eso no me había hecho hombre, no me sentía hombre, al contrario, me había denigrado, había idealizado todo en pos de ser eficiente pero nunca me había imaginado que sufriría de ese vacío humano.
FIN
Ya no queda nadie en altamar...
Mi sexo y yo, crónica de una muerte prematura...(3a parte).
Así, entre el deseo y la culpa provocado por las tribulaciones de la fe, comencé viendo películas hasta que los ojos empañados de tanto ver actos sexuales me ardieron y aparecieron los créditos con nombres como Holly Brittaney , Adonnis y Samantha Fire. (Ahora Brittany Spears, Dammy More y otros).
Con esta representación de la sexualidad en mi mente, sonriente por la nueva madurez adquirida y mi conocimiento del tema sexual, me entregué de lleno a mi pubertad.
Los ojos se llenaban de lujuria, y de deseo ante mis compañeras y amigas de la escuela, Pero ellas aparecían inmutables, firmes, asexuadas, sin muestras del más mínimo interés en nada relacionado al sexo. Parecían alejadas, abstraídas, indolentes a los males de la pubertad que yo al igual que mis compañeros, adolecíamos.
Como esto no pasaba, comencé a ser presa de la inseguridad masculina. ¿podré aguantar la media hora que vi en la película?, ¿seré el macho incesante y resistente que se espera que sea? ¿podré cargar a la mujer como vi en la película y hacerlo en esa posición?, y así tantas y tantas preguntas comenzaron a invadir mi mente.
Así, uno de mis compañeros, un buen día, se armó de valor y se dirigió a ese tugurio dispuesto a perder su virginidad. Poco después, se convirtió en el centro de atención de todos y las mujeres por fin demostraron interés en el tema, pero dejaban entrever su repudio y rechazo, querían saber detalles, pero referentes a como era la prostituta, nada referente al acto.
Querían emular a esa mujer que expresaba abiertamente y sin tapujos su sexualidad, sin culpa, sin complejos y disfrutar su sexo. Pero no era así, su represión era mas fuerte, tal que buscaban ocultar sus senos a través de fajas, y ropa grande, para no mostrar su figura, sus curvas y despertar deseos que de por si, existían por la represión y asexualidad del ambiente.
Con estas historias, ambiente asexuado, represivo, con tribulaciones de fe y misteriosas sensaciones, mi cuerpo me pedía, no, me exigía conocer y experimentar, pero mi mente, me hablaba de otras cosas tejiéndose cada vez más telarañas en esta red de idealismos, esperanzas, sensaciones y misterios...
Pueblo pinche...
La iglesia, como una triste manifestación del catolicismo bizarro contrasta con la tienda de libros y cánticos cristianos, como si ni uno ni el otro pudieran salvar las almas del pueblo de esa maldición del que fueron víctimas, la maldición del olvido...
La espera...
Se sentaba frente al espejo peinándose meticulosamente cada cabello, cada mechón debía estar en su lugar para cuando el llegara. Se había maquillado y revisaba continuamente que el maquillaje no se le hubiera corrido ni los labios hubieran perdido su brillo.
Tenía su mejor vestido; negro, de seda, con un hermoso pero discreto escote, la espalda descubierta, pero con un remate suave en la cintura. Sus zapatos negros también, que combinaban perfectamente con la caída del vestido.
Turismo Interior...
Mi sexo y yo, crónica de una muerte prematura...(2a parte).
Después de nervios, angustias, misterios y silencios, mi amigo quitó una tabla suelta de su closet, y como tesoro preciado, sustrajo el ejemplar de una revista de Play boy. Entregándomela como quién entrega la ostia y el cáliz de sangre. Y yo, nervioso recibí pues, la comunión.
Una tarde lluviosa, en la casa de un nuevo "amigo" versado en los temas sexuales, presencié como parte de un público azorado, la película pornográfica que sirvió como iniciación a la sexualidad. Ya no eran las imágenes fijas ni tampoco las historias, ¡esto era realidad pura!.
"La mujer, sugerente, dominante, completamente cargada de erotismo y disposición sexual, se acerca a su pareja, lo seduce, lo desviste a la vez que ella se va quitando la ropa al compás de música de jazz. Y después, de ciertas manipulaciones, jaloneos, pujidos, empujones y diálogos extraños, llegó por fin, el acto sexual a todo color"...