Ese día había ido a que le leyeran el Tarot. No es que creyera en eso pero estaba tan desesperado que decidió que cualquier alternativa o respuesta podría servirle. Sin embargo, al llegar a ese lugar extraño y un poco fantasmagórico comenzó a dudar de su decisión. Las cortinas rojas, el lugar lúgubre y el olor a incienso hizo que tuviera náuseas. Estaba a punto de salir de ahí cuando apareció la adivina que le ordenó que pasara y se sentara. Casi como un autómata retornó y tomó asiento enfrente de una mesa cubierta con un mantel viejo, raído y sin brillo. Se veía que el uso que se le había dado era por demás intensivo. -Quizás ya es tiempo de que lo cambien para dar un toque de novedad.- Sonrió para sus adentros.
La adivina pareció leerle los pensamientos. -El mantel no debe ser cambiado por que en él han convergido los destinos de miles de almas que han venido para que se les lean las cartas y las manos. Aquí está plasmado, en ese uso, el destino de todos los que han acudido a mí.-
Se estremeció. Instantes después regresó a él ese sentimiento irónico. -Seguro que hice alguna mueca y ella la detectó- Sin embargo ya estaba ahí, decidió entonces continuar. Al fin y al cabo ya no tenía nada que perder. La adivina le pidió que extendiera la mano izquierda. La extendió con cierto recelo.
La adivina recorrió los surcos de su mano con los dedos artríticos. Sentía como las yemas se enterraban en su palma, un extraño hormigueo acompañaba ese recorrido de los dedos de la adivina por toda la superficie.
Acto seguido, sin pronunciar palabra, la adivina lo soltó y sacó un atado de Tarot. Lo vió fijamente a los ojos sin parpadear. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Por un instante dejó de respirar. La mirada de la adivina iba más allá de la simple observación, era un escrutinio profundo que le tocó el alma. Parecía que la adivina veía más allá de lo que él quería que viera. Se sentía desnudo.
La adivina colocó varias cartas sobre la mesa sin emitir ningún comentario. Acto seguido las quedó viendo fijamente como si abriera un portal hacia el más allá. Él dudó por un momento. Su mente seguía burlándose de lo que estaba sucediendo diciéndole que la mujer que tenía enfrente no era más que una anciana decrépita tratando de sobrevivir a causa de los incautos que acudían a ella para saber algo de su pasado o su futuro. Sin embargo, estaba pegado a esa silla. La adivina ejercía un especie de hechizo hipnotizante sobre su cuerpo que se negaba a responder.
La adivina entonces habló: - tus cartas son extrañas, jamás había visto una combinación así. Pero depende de ti que quieras saber lo que te depara-
Sonrió para sus adentros. -seguramente esto es para poder facilitar el cobro posterior de la sesión. Es para impresionarme.- Su razón presurosa salió en su auxilio para que pudiera retomar el control. Con voz firme y envalentonado le respondió: - Quiero saber, a eso vine. No tengo miedo.-
Con mirada dubitativa y esquiva, tratando de escoger sus palabras, la adivina suavemente le habló: -Tú no veniste aquí para saber tu futuro, viniste aquí para encontrar respuestas. Crees que todo puede resolverse con palabras o con la razón, pero te diré algo muy sencillo, tu enojo y tu frustración no se curará con palabras, aunque creas que un psicólogo te lo resolverá. Tus cartas son muy claras, tu destino está marcado. La respuesta que buscas no será simple, ni siquiera se si podrás enfrentarlo. La única manera en que podrás encontrar lo que quieres saber es que te enfrentes a algo escalofriante y quizás no resistas. Tienes que enfrentarte al diablo. Verlo de frente, preguntarle que quiere. Solamente si logras verlo de frente, sin morirte de miedo, y preguntarle claramente, Él, te responderá. Esto dicen tus cartas, tienes una cita con el diablo. Nada podrá evitar que te lo encuentres. Más te vale que estés preparado, por que nada te librará de su poder y su furia. Solo tu podrás. ¿podrás?...- hizo una larga pausa esperando alguna reacción de él pero al darse cuenta que no había causado tanto impacto decidió continuar: -El diablo puede tomar cualquier forma, cualquier figura, puede ser cualquiera. Solo, ten cuidado.-
Por un instante se sintió aliviado, Pensó que le diría que habían 2 mujeres en su vida, una rubia y otra morena, o que tenía problemas de dinero, amor o mal de ojo. El diablo... bueno, siendo ateo eso no sería posible. Una leve sonrisa logró escaparse de su labio. La adivina pareció no detectarlo.
-Tu encuentro será terrible, una vez más te lo digo. Nada de lo que te imaginas te habrá preparado para lo que estás a punto de experimentar. Te deseo lo mejor, y ojalá que sobrevivas. Si es así, te pido que regreses. No conozco a nadie que haya sobrevivido. y... no me pagues. No quiero tu dinero. Mis cartas no valen nada frente a un condenado. -
Se levantó de su sitio. La mirada de la anciana era de una profunda lástima, esa mirada de las personas que saben que vestán viendo a alguien que pronto va a morir, esa que tienen los que acompañan a los condenados y los sentenciados. No se despidió y se dirigió a la puerta. Quería salir lo más rápido de ahí. Tenía un gran sentido de urgencia por escapar, su cuerpo se movía más rápido que su razón con esa intención de poder sobrevivir. Su angustia se había incrementado significativamente. Quizás creyó erróneamente que la adivina aliviaría su angustia pero no fué así, solo la acentuó. Ese sentimiento de tristeza y abatimiento lo había acompañado ya desde hacía varios meses y no encontraba la manera de liberarse de él. No sabía que era lo que lo producía pero seguía ahí latente.
Llegó a su casa, se cambió. cenó algo ligero y luego se dirigió al cuarto de baño. Recordó que el foco se había fundido dos días atrás y había olvidado comprar un repuesto esa mañana cuando pasó por la tienda de la esquina. Se reprochó su olvido, -es la depresión- se justificó.
Frente al espejo, en penumbras comenzó a lavarse los dientes. Al escupir el agua para enjuagarse la boca sintió de pronto que la temperatura descendió drásticamente. Al levantarse para secarse la boca observó aterrorizado frente al espejo una figura deforme y retorcida. Los ojos vacíos y fríos. Una sonrisa despectiva y agresiva. El aire lo abandonó. Quiso gritar pero no articuló palabra alguna. Lo que veía en el espejo era horripilante. La adivina se lo había advertido pero nada lo había preparado para un encuentro así. Era la figura de un hombre, los ojos eran dos órbitas negras y profundas, los labios estaban descarnados e intentaban sostener esa sonrisa de desprecio. Su cuerpo se negaba a moverse, quería correr despavorido, huir de ese lugar, pero estaba petrificado, firmemente sujetado en ese lugar. Nada podía permitir que escapara de ese encuentro. Sintió de pronto la muerte. Era como una energía que se había sujetado a sus pies. Trepaba por sus piernas absorbiendo su halo vital. Sentía como se le iba la vida a cada instante y nada podía evitar que la muerte se lo llevara lentamente.
Tenía los ojos fijos en esa imagen proyectada en el espejo, parecía hablarle, retarlo, provocarlo mientras la muerte reptaba por su piel y avanzaba rápidamente por su cuerpo. Sabía que su objetivo era llegar al corazón. Cuando la muerte llegara ahí todo estaba perdido, nada podría hacer para evitar tener ese deceso doloroso y horripilante.
Recordó a la adivina, sus últimas palabras... -Solamente si logras verlo de frente, no morirte de miedo, y preguntarle claramente, Él, te responderá...-
Sabía que tenía solamente una oportunidad. Si lograba articular la pregunta podría alejar al diablo y a la muerte al mismo tiempo. Su boca seca no podía articular palabra, parecía atorada en ese grito no dado. La muerte ya estaba en su estómago, sentía los tirones y el estómago revuelto, los pulmones absorbían aire de manera alarmante, era un estertor de muerte. Su mecanismo de supervivencia logró sobreponerse y permitió que hablara en el último momento.
-¿Qué quieres de mi?-
El diablo soltó una estruendosa carcajada. La muerte se detuvo de súbito sin retroceder. La risa era espantosa, delirante en cierta manera. Apenas y podía respirar del terror que sentía. Escuchó una voz ronca, rasposa como una lengua que se arrastraba sobre su cuello y le taladraba los oídos. Era la voz del diablo que le hablaba.
-¿Qué quiero de ti?. Quiero todo de ti. Tus sueños y tus deseos, tus aspiraciones y alegrías, tu futuro. Quiero controlarte y hacerte creer que eres libre, que piensas por ti mismo y decides, susurrarte que Dios existe, decirte que creces y avanzas, que eres exitoso y conocido, casi famoso, atractivo, intenso, divertido, quiero hacerte sentir que eres especial y único, Que nadie es como tú, quiero que creas que encuentras la felicidad. Eso quiero de ti.
-¿Por tí no soy feliz?- preguntò nuevamente.
- Si. Por mi no eres feliz. Por que eres mío. Lo que te falta yo lo tengo. te he hecho creer que nada es suficiente, que estás incompleto, que algo te falta siempre para alcanzar esa felicidad infinita. ¿no me ves en los comerciales?, ¿en esa fàbrica de sueños que se llama publicidad?. Así me valgo de todo eso para fabricar mundos ilusorios, te muestro lo que te hace falta, lo que no tienes, asi te vuelves consciente de que necesitas más para ser feliz, acumular todas esas cosas que son inservibles. Y para cuando te das cuenta que todo eso no era la felicidad, es demasiado tarde, la muerte ya está sobre ti y apenas y tienes tiempo para arrepentirte de lo que no hiciste. Así es. todo es una ilusión. ¿decepcionado?. Esta es la realidad. Agradece que tuviste el valor para preguntarme, por eso te respondo. Nada de lo que tienes vale, nada de lo que tienes importa. pero seguramente tu mentecita retorcida volverá a insistir en que te falta algo, estás vacío y nada puede llenarte. Y ahí, cuando tu vocecita te diga que no es suficiente y quieras más, ahí es donde volveré a colarme y jugar con tus deseos y tus sueños. No eres nada si nada tienes. -
Una enorme tristeza comenzó a inundarlo. El diablo ya no parecía tan amenazante después de esas palabras. La muerte se escurrió lentamente por sus piernas simulando un líquido caliente y agrio. Quiso ver más de cerca al diablo, saber que habìa sobrevivido a su presencia, observar los detalles de su rostro. Sobrevino un estremecimiento mayor. El horror fué indescriptible. El rostro del diablo poco a poco comenzó a reconstruirse hasta verse a sí mismo.
El diablo estaba ahí, detrás de su rostro, oculto en su reflejo, el diablo era el mismo y nadie más.
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Narcisa y Goldmundo...
Lejos del bullicio citadino observaba las luces a la distancia. Esos destellos de lontananza se acentuaban a cada aspiración del humo que se desprendía de ese cigarro lentamente consumido entre sus dedos. Sus pensamientos deambulaban discurriendo suavemente para poder asimilar lo que acababa de suceder. En su mirada se veía esa melancolía disrruptiva y provocativa que a Goldmundo tanto le provocaba.
Sentada y con las piernas recogidas, Narcisa se acariciaba suavemente las piernas. Su piel aún estaba húmeda. Sus piernas temblaban suavemente. Sentía que goteaba por todo el cuerpo mojando las sábanas que apenas la acogían y disimulaban su desnudez.
Goldmundo seguía acostado y con los ojos cerrados parecía dormitar, o quizás era una forma de procesar lo que acababa de suceder. Solo se escuchaba el murmullo de un grillo solitario en algún lugar del exterior.
Narcisa cerró los ojos lentamente. Suspiró hondo, profundo y apesadumbrado. Sentía los labios resecos. La garganta le quemaba, el cuerpo le dolía, pero misteriosamente también tenía una sensación de extrema paz, estaba llena de una melancólica languidez. Su mente seguía divagando entre flashazos del pasado y el presente.
Sus párpados se abrieron lentamente para ver a un Goldmundo despreocupado y con una minúscula y cínica sonrisa con tintes de satisfacción. La culpa la asaltó de pronto. Se llenó de dudas, miedos, culpas históricas y culturales. Una oleada de desesperanza la invadió. Se sintió ultrajada, usada. Se había dejado llevar por aquél hombre que había logrado vencer todas sus resistencias para no caer... y sin embargo, por primera vez en su vida, había caído. su deseo había sido exacerbado de tal manera que su razón la había abandonado y su cuerpo, lleno de lujuria y de deseo, se había entregado sin condición.
-¿Cómo había pasado?- Se enojó consigo misma. -Soy una gran estúpida- se reprendió. - ¿Cómo pudo pasar?... me siento como...una gran puta... si, eso soy. Una gran puta- Una lágrima pugnó por salir y recorrer su mejilla. La penumbra le arrancó un destello a esa solitaria gota de agua al emerger de ese remolino de sentimientos.
Suspiró nuevamente. Goldmundo parecía confiado y seguro, sin preocupación alguna. Se rascó la entrepierna descaradamente. -Es tan... primitivo... tan... corriente... tan imbécil... un neanderthal ¿Cómo?, ¿Cómo pudo ser?-
La melancolía la invadió. Su cuerpo parecía no responderle. Su mente quería seguir en ese estado de trance brutal pero su cuerpo reaccionaba de otra manera, se estremecía, renacía, pedía más. Quería volver a entregarse. Quería volver a desgarrarse y arder una vez más. Su mente se confundía ante ese sensual lardor que sentía nuevamente.
Las sensaciones la invadieron nuevamente con el solo recuerdo de lo que había ocurrido hacía unos cuantos minutos. Su cuerpo quería más, exigía y parecía estar dispuesto a traicionar su razón y sus prejuicios. Su cuerpo rogaba por volverse a entregar, ella se resistía lo más que podía.
Empezó a respirar más agitadamente, una embriaguez extraña se posesionó de ella, ansiosa por ese vaivén que la volvió loca, que le despertó los sentidos y agudizó las sensaciones incendiando su piel. Un hormigueo le recorrió las piernas hasta depositarse en ese vórtice que parecía querer absorber todo. Llenarse completamente de Goldmundo. Deliberaba entre lo que debía hacer y lo que quería hacer.
Sus manos se aferraban fuertemente a las sábanas en un intento inútil por defenderse y crear un escudo que la separara del deseo por Goldmundo que se mostraba displicente e indiferente.
Le había conocido semanas antes y le había llamado la atención su imagen seria y experimentada. Poco tiempo después se dio cuenta que era irresistible para ella. Su seguridad, ese erotismo que desprendía su voz y la calidez de sus manos poco a poco fueron mermando sus defensas. Días antes le había susurrado al oído que la deseaba. Jamás un hombre había sido tan atrevido y le había dicho algo así mezclado con un aliento afrodisiaco que se escurrió desde su oído hasta sus labios haciéndolos henchirse en un instante.
Su instinto le decía que estaba frente a un hombre experimentado. Conocedor de los secretos y de los deseos, de los misterios de la lujuria y el placer. Su razón le decía que se alejara, que no sucumbiera ante ese canto sensual y erótico. Pero parecía que siempre quería un poquito más, solo un poquito más. Al principio pensaba que podría controlarlo, que podría resistir. Pero poco a poco, lentamente, sin darse cuenta, comenzó a enredarse y dejarse seducir por esos tentáculos del deseo que ahora ya la habían hecho perderse en sus brazos. Ahora Goldmundo era una adicción sin control.
Narcisa se había logrado mantener inmaculada gracias a una férrea educación religiosa y familiar. Sus padres, orgullosos de su virtud y su elegancia hacían gala de su seriedad y ecuanimidad. Ahora sentía que los había defraudado. Su pecado original, ese vórtice como origen de su perdición, como símbolo de su razón, se había rebelado contra ella y sus principios para hacerla sentir mujer de verdad.
Narcisa ahora era otra, ahora había fluido sobre sus sentidos y había cruzado esa línea que separa a la niña de la mujer. Se sentía perdida por ese deseo que la incendiaba otra vez. Quería que Goldmundo la poseyera, la tomara y venciera todas sus resistencias, que la forzara para que así tuviera el pretexto de que se había resistido pero que Goldmundo con su fuerza, la había vencido y la había poseído. Quería que la tomara, que le hiciera el amor sin que ella pudiera defenderse, sin que ella pudiera ofrecer suficiente resistencia. Quería entregarse sin entregarse, dejarse llevar nadando contra corriente, ser deseada para poder desear.
Sus labios temblaban, el oído se le agudizaba, sus sensaciones entraban en estados de múltiples dimensiones. No quería moverse para que el monstruo de mujer que llevaba adentro, ese monstruo animálico no tomara control de su cuerpo y la arrojara sobre el cuerpo de Goldmundo para hacer el amor una vez más.
Sus dientes mordieron el labio inferior. Dudaba. Se estremecía. su cuerpo se tensó decidido a actuar, su razón era ese delgado hilo que la mantenía en vilo en ese precipicio al cual cada vez estaba más cerca de arrojarse sin condición.
A lo lejos, las luces destellaban y la luna, como un gran disco, estaba dispuesta a menguar una vez más.
Sentada y con las piernas recogidas, Narcisa se acariciaba suavemente las piernas. Su piel aún estaba húmeda. Sus piernas temblaban suavemente. Sentía que goteaba por todo el cuerpo mojando las sábanas que apenas la acogían y disimulaban su desnudez.
Goldmundo seguía acostado y con los ojos cerrados parecía dormitar, o quizás era una forma de procesar lo que acababa de suceder. Solo se escuchaba el murmullo de un grillo solitario en algún lugar del exterior.Narcisa cerró los ojos lentamente. Suspiró hondo, profundo y apesadumbrado. Sentía los labios resecos. La garganta le quemaba, el cuerpo le dolía, pero misteriosamente también tenía una sensación de extrema paz, estaba llena de una melancólica languidez. Su mente seguía divagando entre flashazos del pasado y el presente.
Sus párpados se abrieron lentamente para ver a un Goldmundo despreocupado y con una minúscula y cínica sonrisa con tintes de satisfacción. La culpa la asaltó de pronto. Se llenó de dudas, miedos, culpas históricas y culturales. Una oleada de desesperanza la invadió. Se sintió ultrajada, usada. Se había dejado llevar por aquél hombre que había logrado vencer todas sus resistencias para no caer... y sin embargo, por primera vez en su vida, había caído. su deseo había sido exacerbado de tal manera que su razón la había abandonado y su cuerpo, lleno de lujuria y de deseo, se había entregado sin condición.
-¿Cómo había pasado?- Se enojó consigo misma. -Soy una gran estúpida- se reprendió. - ¿Cómo pudo pasar?... me siento como...una gran puta... si, eso soy. Una gran puta- Una lágrima pugnó por salir y recorrer su mejilla. La penumbra le arrancó un destello a esa solitaria gota de agua al emerger de ese remolino de sentimientos.
Suspiró nuevamente. Goldmundo parecía confiado y seguro, sin preocupación alguna. Se rascó la entrepierna descaradamente. -Es tan... primitivo... tan... corriente... tan imbécil... un neanderthal ¿Cómo?, ¿Cómo pudo ser?-
La melancolía la invadió. Su cuerpo parecía no responderle. Su mente quería seguir en ese estado de trance brutal pero su cuerpo reaccionaba de otra manera, se estremecía, renacía, pedía más. Quería volver a entregarse. Quería volver a desgarrarse y arder una vez más. Su mente se confundía ante ese sensual lardor que sentía nuevamente.
Las sensaciones la invadieron nuevamente con el solo recuerdo de lo que había ocurrido hacía unos cuantos minutos. Su cuerpo quería más, exigía y parecía estar dispuesto a traicionar su razón y sus prejuicios. Su cuerpo rogaba por volverse a entregar, ella se resistía lo más que podía.
Empezó a respirar más agitadamente, una embriaguez extraña se posesionó de ella, ansiosa por ese vaivén que la volvió loca, que le despertó los sentidos y agudizó las sensaciones incendiando su piel. Un hormigueo le recorrió las piernas hasta depositarse en ese vórtice que parecía querer absorber todo. Llenarse completamente de Goldmundo. Deliberaba entre lo que debía hacer y lo que quería hacer.
Sus manos se aferraban fuertemente a las sábanas en un intento inútil por defenderse y crear un escudo que la separara del deseo por Goldmundo que se mostraba displicente e indiferente.
Le había conocido semanas antes y le había llamado la atención su imagen seria y experimentada. Poco tiempo después se dio cuenta que era irresistible para ella. Su seguridad, ese erotismo que desprendía su voz y la calidez de sus manos poco a poco fueron mermando sus defensas. Días antes le había susurrado al oído que la deseaba. Jamás un hombre había sido tan atrevido y le había dicho algo así mezclado con un aliento afrodisiaco que se escurrió desde su oído hasta sus labios haciéndolos henchirse en un instante.
Su instinto le decía que estaba frente a un hombre experimentado. Conocedor de los secretos y de los deseos, de los misterios de la lujuria y el placer. Su razón le decía que se alejara, que no sucumbiera ante ese canto sensual y erótico. Pero parecía que siempre quería un poquito más, solo un poquito más. Al principio pensaba que podría controlarlo, que podría resistir. Pero poco a poco, lentamente, sin darse cuenta, comenzó a enredarse y dejarse seducir por esos tentáculos del deseo que ahora ya la habían hecho perderse en sus brazos. Ahora Goldmundo era una adicción sin control.
Narcisa se había logrado mantener inmaculada gracias a una férrea educación religiosa y familiar. Sus padres, orgullosos de su virtud y su elegancia hacían gala de su seriedad y ecuanimidad. Ahora sentía que los había defraudado. Su pecado original, ese vórtice como origen de su perdición, como símbolo de su razón, se había rebelado contra ella y sus principios para hacerla sentir mujer de verdad.
Narcisa ahora era otra, ahora había fluido sobre sus sentidos y había cruzado esa línea que separa a la niña de la mujer. Se sentía perdida por ese deseo que la incendiaba otra vez. Quería que Goldmundo la poseyera, la tomara y venciera todas sus resistencias, que la forzara para que así tuviera el pretexto de que se había resistido pero que Goldmundo con su fuerza, la había vencido y la había poseído. Quería que la tomara, que le hiciera el amor sin que ella pudiera defenderse, sin que ella pudiera ofrecer suficiente resistencia. Quería entregarse sin entregarse, dejarse llevar nadando contra corriente, ser deseada para poder desear.
Sus labios temblaban, el oído se le agudizaba, sus sensaciones entraban en estados de múltiples dimensiones. No quería moverse para que el monstruo de mujer que llevaba adentro, ese monstruo animálico no tomara control de su cuerpo y la arrojara sobre el cuerpo de Goldmundo para hacer el amor una vez más.
Sus dientes mordieron el labio inferior. Dudaba. Se estremecía. su cuerpo se tensó decidido a actuar, su razón era ese delgado hilo que la mantenía en vilo en ese precipicio al cual cada vez estaba más cerca de arrojarse sin condición.
A lo lejos, las luces destellaban y la luna, como un gran disco, estaba dispuesta a menguar una vez más.
Un día cualquiera...
Piensas y te debates. Te inquietas. Parece que el sol que te pega en el rostro te invita a seguir. Estás ahí sin hacer nada, sin cambiar. No es que estés cómodo, es que te has acostumbrado a estar ahí doliente, rumiante, ausente.
La mirada perdida, la sonrisa estudiada. ¿Qué puede pasar en el mundo en donde nada pasa y todo pasa?, ¿es así?. ¿sin nada que mueva o altere, cambie o se transforme?.
Estás perdido. Te buscas sin el ánimo real de encontrarte. Es tan difícil encontrarse cuando toda tu vida y tu mundo se han encargado de conformarte. ¿esencia? ¿esa es la palabra? Si. esa es. Tu esencia parece recargada sobre el espacio olvidado de tu alma. El mundo ha sido construido a través de necesidades. Esas palancas de deseos y satisfactores que hacen que el mundo se mueva, se transforme y avance. No quise usar la palabra evoluciona por que creo que es demasiado grande para explicar el pírrico desarrollo del ser humano. Y ahí estás. Tan indiferente. Como un espectador que apenas y se percata de lo que sucede frente a sus ojos. Esa alegría y explosión de vida y de cambio perpetuo. No. Prefieres encerrarte en esa concha protectora. En esa aparente estabilidad con un equilibrio raquítico.
Cierras los ojos por un momento. No quieres ver el sol que de manera intermitente te ilumina el rostro y luego se oculta tras las sombras. A veces sientes que el tiempo pasa impelido por una prisa mayor a la que tu tienes por existir. Parece que te empuja, te obliga a cambiar de sitio.
Los colores brillantes que se mueven frente a tí de manera errática e impredecible te sacan de tus cabilaciones. Te gusta ahondar en tus profundidades, perderte en desvaríos multitudinarios, ver sin ver, estar sin estar. Proceder a la desconexión de la realidad para no sentir aunque fuera un poquito. Tienes el corazón tan comprimido que apenas y sientes una punzada cuando ves tu reflejo en ese vidrio que tienes frente a ti como ese escaparate de la vida. Los movimientos intermitentes que se mezclan con ese vaivén en el que estás metido. una circularidad agobiante, apabullante, reiterativa.
Escuchas voces, gente que entra y sale, te empuja, te obliga a cambiar de sitio, pero tu permaneces incólumne, estoico, procuras moverte con esa masa informe que se mueve y se desplaza bajo ciertos principios incomprensibles para las leyes del caos y la probabilidad.
Los olores se entremezclan, perfuman los espacios, los apestan y enmancipan, los develan. Tu. Sigues ahí. Absorto y perdido en el tiempo y el espacio. ¿hasta cuando pararás?, ¿hasta cuando dirás basta? ¿habrá algùn momento en el que tomarás valor para hacerlo?
Dentro de todo ese barullo y ese ruido que se escucha diáfano y borroso, la voz clara y sonora que te llega de golpe y te saca de tu trance:
"Próxima estación: Cuicuilco"... luego tres tonos intermitentes... la puerta se abre... y tu bajas para continuar tu camino en la realidad...
Luces de Bohemia para Elisa...
La tarde lluviosa y melancólica es apenas iluminada por esa repetición de faroles que de forma diáfana ahuyentan los espacios de los que buscan, adueñarse a cualquier precio, las sombras que vienen acompañadas por la noche.
Mi cuerpo entumecido y temblante del viento que recorre sin piedad los contornos y los resquicios poco cubiertos. Cobijado con esa gabardina que aparenta ser más una capa que un cobertor, camino apresuradamente por la banqueta tratando de resguardarme de la lluvia que se precipita indolente hacia la tierra con más prisa que ansia.
Las luces tenues y los movimientos de los autos apenas y dan puntos de referencia para guiarse entre las banquetas y los transeúntes que se aprestan para llegar a algún lugar de resguardo.Levanto la vista y de pronto me estremezco. Ahí estás saliendo de la academia, cargando en una mochila tus cuadernos y libros. Brincas de un lado a otro esquivando los charcos del agua. Llega a mi mente esa canción de antaño que habla de patosos caminares. Durante años jamás había entendido esa frase hasta que te ví saltar de un lado al otro con los talones para evitar que el agua entre por la punta de tus zapatos. Una descarga recorre mi cuerpo al ver tu silueta tambaleante y tu cabello humedecido que pregona entre esa lluvia diluvial el refugio del deseo contenido.
Escucho detrás de mi a alguien que me llama por mi nombre: ¡Julian!... ¡Julián!... hago caso omiso como si no escuchara esas palabras. Puedo perder la concentración de este momento mágico de verte saltar entre los charcos como un ángel que toca apenas el suelo para caminar.
Tu piel blanca contrasta con las sombras que al verte quieren recorrer tu silueta para jugar con los contrastes y las luces para hacerte más reluciente y relumbrante. Volteas a ver fugazmente hacia atrás. Apenas y me ves. Veo tu sonrisa juvenil, esos dientes que rememoran luces de bohemia destellan con su aparición y distraen a las sombras que se quedan sorprendidas ante tus labios fulgurantes.
Apresuro el paso, quiero darte alcance. Esta vez doña Inés se volverá nuevamente don Juan. Ahora, con el tiempo, a sabiendas del final, aún nervioso, me pregunto: ¿Dónde?, ¿cómo? Y ¿cuándo? Se ataca a una puberta en flor. Vaya. Otra vez esa sensación de un dejavú. Algo ya vivido. ¿O es otra vez esa canción que regresa a mi nuevamente?. Me muevo apresuradamente tratando de adivinar tu próximo movimiento. Vas tan rápido que apenas y puedo mantener el paso, la ligereza se pierde con la edad, es esa pesadez propia de los años que buscan siempre mantenernos con los pies en la tierra olvidando así como es el volar por los sueños.
El corazón se me desborda, palpita desenfrenado. No se si es la juventud que regresa a mi o ese preámbulo de un infarto por la agitación de tratar de alcanzarte. Mi cuerpo ya húmedo se rebela, se estremece, más por el temor a tener un resfriado que por el deseo genuino de claudicar.
Vuelves a voltear hacia atrás, ahora te percatas de que estoy ahí. Tus ojos destellan misteriosamente. Pierdo por un momento el piso, resbalo. No esperaba algo así. Trato de recuperar la compostura dignamente, volteo a verte nuevamente pero has continuado tu paso apresurado. Aún resplandece en mi mente ese destello de tus ojos. Parece que te diriges a un café.
Nuestra loca carrera parece más una danza acompasada que una persecución, esa interminable cacería del coyote para atrapar al correcaminos que nunca puede alcanzar pero que perpetuamente, impelido por el instinto, busca atraparlo con el simple fin de poseerlo.
Veo que entras al Starbucks. Te sacudes la ropa. Llego yo minutos atrás de ti, sonríes, me abres la puerta y me dices: -¿Porqué no me invitas un café?-
Llegamos a la barra. Mi cabeza aún destila agua. Me miras fijamente con esa mirada misteriosa de las mujeres que dicen todo y no dicen nada, ansiando escudriñar mis pensamientos y mis motivaciones, aunque claro está, eso ya lo sabes o al menos lo intuyes. Pides un capuchino, yo, un chocolate caliente. Mi cuerpo me lo pide, es más, me lo exige. Pago sin chistar. Tú desinhibida caminas hasta un sillón desocupado y te sientas esperando que yo haga lo mismo.
Me siento. Sonríes misteriosamente. Yo, lastimosamente trato de esbozar también una sonrisa que siento falsa pues durante años he fingido la frívola sonrisa de negocios y amabilidades propias de los empresarios y las oficinas. Sorbes un trago de café sin quitarme los ojos de encima. Quisiera encender un cigarro para sentirme más seguro. Recuerdo que ya años atrás dejé de fumar por lo que me siento atrapado frente a ti. Por fin rompes el silencio y decides hablar.
Hablas fluidamente sobre tu día y tus exámenes, me platicas de Jessica, tu mejor amiga y su propensión por los hombres tatuados. Me preguntas si tengo algún tatuaje, antes de que te responda me pides que te lo enseñe. Me disculpo, no tengo ninguno. Luego me pides que te platique algo. Me quedo mudo. Nada puedo platicarte más que las tribulaciones aburridas del trabajo. Prefiero hablar de la lluvia y del café. Trato como un loco en la cornisa, algo de equilibrio para mi y dignidad ante mi sorpresa de sentirme fuera de lugar. Creí que con el tiempo y la sabiduría que dan los años, podría manejar una situación así. Me doy cuenta que no, me intimidas, me sorprende tu seguridad y desenvolvimiento. Tu sonrisa y afabilidad. Frente a ti parezco un ser huraño y anacoreta.
Terminas tu café. Sonríes maliciosamente. Muerdes el borde del vaso de café de manera coqueta y divertida. No dejas de verme. Me estremece esa fijeza de mirada y esa seguridad. Se desbordan los minutos de ese escote que deja entrever tus pechos diminutos. Pienso, siento, reacciono.
-Son las siete y en mi casa cenan a las diez, ¿quieres quedarte aquí o salir a nadar como un pez?-
Estupefacto. Paralizado. No supe que decir. Me quedé absorto en esos ojos, perdido en mis tribulaciones. En las cosas de la oficina, en el día a día, en los pagos y las deudas, en mi jefe y la renta, la letra del auto, el resfriado que podría darme, en los $750 que traía en la cartera y si me alcanzarían para ir a un motel o tendría que pasar al cajero por más dinero, ¿una farmacia?, ¿qué se hace en estos casos?...¿Me estará diciendo algo o simple y sencillamente quiere que me vaya?, ¿no estaré demasiado viejo para ella?, ¿no se sentirá mal al ver un cuerpo ya curtido y pasado de tiempo, con las carnes flácidas y resecas? ¿Tendrá más de 18 años? ¿no podría tener un problema legal?, ¿y si quiere un riñón? ¿no me irá a asaltar?... ¿tendrá un cómplice?... ¿será así de fácil que se acueste con cualquiera?...
Así en vez de ser Luces de Bohemia para Elisa, se tornó todo en Luces de Nostalgia mi… Nada. Nada me había preparado para eso ni para la ola de sentimientos que vendrían después…
Hércules...
Siempre creí que era hijo de dioses. Me decían que mi padre era Zeus y mi madre, una reina llamada Alcmenea. Crecí en un mundo seguro y predestinado. Lleno de comodidades. Estudié en las mejores universidades y siempre, a mi alrededor, era loable mi gran fuerza y mi energía en todas las cosas que emprendía.Llegué a esta tierra para triunfar, para ser ese héroe de todos los sueños de los padres y de los padres de los padres. La imagen perfecta de los logros y de una vida ideal, propia de un integrante del Olimpo. Lleno de reconocimientos, logros y destacando en todas las empresas que emprendía.
Al terminar la universidad, con las expectativas puestas en mi y en mi futuro, decidí entonces luchar contra centauros e hidras. Necesitaba practicar, ser el mejor, luchar hasta vencer. Poco a poco fui avanzando en el camino de los logros, cada vez mayores los desafíos, los retos, las metas alcanzadas.
Conocí a Mégara. Esa princesa que logró conquistarme, mostrarme que no todo es fuerza y bestialidad. Inició pues comenzar una vida estable. Propia de los sueños construidos por generaciones y sociedades vigentes y posmodernas.
La vida comenzó discurriendo pues, con esa algarabía propia de los sueños y las realidades... Hasta que Hades desató a los titanes...
Día a día comenzó la lucha interminable. Los desafíos, las victorias y los fracasos. Por la noche, al volver a casa, cansado, abatido, pensando que una vez más los titanes habían sido vencidos, llegaban a mi las pesadillas, los quebrantos, los deseos poco a poco mancillados de que fuera ese día la última lucha final para poder al fin descansar. Pero los titanes por la noche volvían a recuperarse, fortalecerse, incólumes y listos para la siguiente batalla.
Al principio la costumbre y la rutina aletargaron el desafío, la lucha interminable. Pero el tiempo pasa y es inexorable. El cansancio es latente, el desgaste presente, la rutina agobiante. Las manos cansinas, los ojos llorosos, las piernas temblantes.
Lo que me consuela por las noches es pensar en Prometeo. Ese pobre iluso que lucha todos los días por tratar de llevar el fuego a los suyos aún a costa suya. A pesar de ese esfuerzo, él está encadenado sin poderse mover. Una gran águila se alimenta de sus entrañas siempre y sin piedad. Prometeo entrega su vida y su cuerpo para poderle dejar algo a su descendencia... Aunque sea solamente el fuego y algo de saber...
Yo no puedo tanto. Prometeo piensa que es un titán, yo creo ser un semidiós. Aún así, trato de vivir mi vida lo mejor que puedo, luchar contra los titanes todos los días, regresar a casa abatido y cansado.
La vida pasa, se va. Se escurre por entre los calendarios intermitentes que marcan los días y me recuerdan que los días pasan y se quedan. Cronos, es inexorable y pronto, el señor Hades lanzará su último desafío. El Tártaro pues, comenzará a recibir todas esas almas de Prometeos y Hércules que han sido seducidos por las promesas y los sueños inalcanzables de una posición en el Olimpo. Caronte sonreirá complaciente cuando nos vea llegar sin nada más que una moneda para poder cruzar el río de las almas, sin nada más que unos cuantos centavos logrados con una vida de sacrificios y luchas interminables. Creíamos ser titanes y semidioses... Sonreirá pues sabrá que no éramos más que simples mortales soñando en alcanzar el Olimpo.
¿En realidad podremos alcanzar el Olimpo? ¿Pertenecer a esa raza de dioses inalcanzables, acomodados, con sus realidades y futuros solucionados? ¿Ser de esos elegidos que solo poseen lo mejor y lo más deseado? ¿O seguiremos luchando hasta el cansancio sin lograr avanzar más que unos cuantos metros en la montaña para alcanzar el Olimpo?
¿Hasta cuando nos daremos cuenta que la vida mortal tiene sus encantos, sus ninfas y nereidas, sus sirenas y sus sueños? ¿hasta cuando seguiremos con ese sueño falso y siempre perseguido de los dioses del Olimpo?
Los titanes no tienen fin, los cíclopes siempre regresan, se restituyen, las hidras se refuerzan, son esquivas y dañinas. Y el tiempo pasa, la lucha sigue, y seguimos perdidos en ese deseo por llegar a ese lugar que jamás alcanzaremos. Y ya viejos y abatidos, aburridos de tantos titanes y luchas perdidas, nos daremos cuenta que ese Olimpo era solamente una ilusión social, un paradigma cultural. Esa imagen ya borrosa por nuestros ojos llenos de miopía se difuminará junto con nuestros sueños e ímpetus por querer ser alguien en un mundo sin sentido.
Algunos se conformarán con un Pegaso volador, criado y cuidado con esmero, como ese símbolo de haber alcanzado algo y creer que se puede volar por encima de los demás que se arrastran lastimosamente hacia la lucha con los titanes. Quizás algunos logren ver un poco más allá gracias a sus caballos alados. Pero su cansancio y el tiempo se encargarán de demostrarles que de nada sirvió llegar hasta ahí.
Veremos a muchos Prometeos tratando de construir algo y legar algo a su descendencia para que puedan continuar con esa lucha eterna y quizás, algún día, los nietos de los nietos, si luchan sin cesar, alguno pueda escapar de la maldición de ser humano y llegue a las puertas del Olimpo para ser recibido con beneplácito por la corte real de Zeus. Mientras tanto, generaciones y generaciones de Prometeos y de Hercules lucharán sin cesar para poder avanzar un poco más y dejar esa posición a su descendencia.
Hoy al menos, yo quiero detenerme y pensar. Darme cuenta que no poseo una vida Hercúlea, soy humano y nada más. Me han hecho creer que soy hijo de Zeus, que puedo vencer a los titanes para poder al Olimpo llegar. Ahora ya no se si es verdad...
Los 13 minutos...
Abres los ojos de golpe. Volteas a ver el despertador pensando en que otra vez éste no sonó o inconscientemente lo apagaste. Llevas días o quizás meses sin poder dormir bien. Sientes ese golpe del corazón. ese despertar violento, casí brutal a la realidad. Ves el reloj...aún tienes 13 minutos. Cierras los ojos para aprovechar ese mínimo tiempo para descansar. La alarma aún no ha sonado.
Volteas a ver a tu lado. Ahí está tu pareja durmiendo. Cierras los ojos otra vez y suspiras. Tu mente comienza a funcionar o quizás está funcionando desde antes de que despertaras... sientes un cansancio inmenso que te invade todo el cuerpo. Te das cuenta que tu mente no ha dejado de funcionar desde hace tanto tiempo que tu cuerpo te reclama un poco de paz. La rutina es tan agobiante que sientes que ya no puedes más. Tarde o temprano te quebrarás y no podrás seguir.
Quieres silenciar tu mente. Dejar de pensar por un momento, al fin y al cabo solo tienes 13 minutos antes de levantarte. Pero tu mente se rebela, no te lo permite. Te resistes, intentas obligarte a no pensar en nada. Pero tu mente es indomable. Ahora comienza a proyectarte una serie de visiones de tu realidad.
Sientes a tu pareja al lado. Dudas. Te cuestionas si esa persona de al lado era lo que esperabas. Era ese ideal que habías construido. Suspiras. No. No lo es. Quizás no es lo que creíste que debías tener pero ahí está a tu lado. Con todos sus defectos y todos sus quebrantos. Te das cuenta que es lo que tienes, que es lo que te tocó. Nada puedes hacer más que aceptarlo. Una sensación desagradable se manifiesta en tu estómago. Te rebelas. Sabes que si no estuvieras de acuerdo ya te hubieras ido de ahí. Pero no. Algo pasa. Algo sucede que te mantiene en ese lugar con esa persona. ¿te resignas? ¿lo aceptas?... te consuelas. Buscas en tu pasado algún resquicio de amor que te haga sentir aunque sea un poquito. Para así no perderte un poquito más. La tristeza comienza a reptar por tus piernas... quieres evitarlo. Quieres detener el avance inexorable de esa sensación brutal...
Piensas en tus hijos. En esos seres que forman parte de ti. Sabes que los amas. Pero quizás, solo quizás, en un chispazo de locura piensas que talvez era mejor que los hubieras tenido con otra persona. Pero... no fue así. Esa es tu realidad, esa es tu verdad. ¿porqué sigues entonces ahí? ¿no es algo que construiste con tus decisiones? ¿porqué lamentarse ahora?
Tu pareja se mueve, se da la vuelta. Sabes que pronto se despertará. Ves de reojo el reloj. Te quedan 7 minutos. Piensas en el amor puro y entregado de la adolescencia. Crees que es algo que perdiste, que ya no volverá. Crees que así deberían ser todos los días de tu vida: pintados de colores, llenos de emociones desbordantes y sonrisas perpetuas... -"En el Shangri-la"- pensarás y luego sentirás ese leve movimiento del labio que en complicidad contigo manifestará estar de acuerdo con tu ironía. Pero sentirás instántes después que la tristeza avanza sobre tu cuerpo más rápido pues quiere alcanzar tus ojos para desbordarse en forma de lágrimas. ¿porqué no pueden ser así tus días? ¿como esas películas de felicidad eterna y amores intensos como las que te gustan?. Te das cuenta que tu realidad es otra. Pero...eso lo decidiste tu ¿verdad?. ¿entonces porqué no es tu ideal? ¿te engañaron? ¿alguien te mintió? ¿te drogaron?... No. Es solamente responsabilidad tuya. Tus decisiones.
Te das la vuelta. Te angustias. Sientes una gran opresión en el pecho. Quieres gritar. Ahogas tu grito. Uno más de miles que no han escapado. ¿Porqué entonces sigues ahí? ¿qué es lo que has hecho?... Te das cuenta de que tu pareja puede tener los mismos sentimientos y resentimientos que tú. La misma culpa y el mismo dolor. La misma resignación...
Surca por tu rostro una lágrima... la tristeza te ha alcanzado al fin... Te resignas... Pronto los niños se despertarán y comenzará la revolución. No tienes tiempo para ti, para tus sueños, para todo lo grandioso que pensaste que serías y crees que ya jamás lo serás...
Tu corazón late más fuerte, con más furia... parece que se quiere desbordar, que se romperá... Se abre una sutil ventana. Tu mente se silencia por unos instantes. Hay una luz fuerte que te ilumina...Tu corazón no se iba a romper ni se desbocaba. Queria hablarte. Decirte algo sin palabras. Sin lógica.
40 segundos antes de que suene el despertador te estremeces. Has tenido una revelación. Te das cuenta que tu corazón es más fuerte de lo que creías. Te decides. Te propones cambiar tu vida, tu entorno, tu realidad. Depende de ti y de nadie más. Decides transformarte, cambiarte, reinventarte. Solo depende de tí. El mundo no está en tu contra. Solo tienes que aceptar que esta es tu realidad y que cambiando tu cambiará tu realidad. Aceptas que el amor no existe, lo construyes y edificas con el tiempo para que exista y sea fuerte...
Suena el despertador... Por primera vez en muchos años te entusiasma que inicie un nuevo día y tu ser partícipe de él...
Volteas a ver a tu lado. Ahí está tu pareja durmiendo. Cierras los ojos otra vez y suspiras. Tu mente comienza a funcionar o quizás está funcionando desde antes de que despertaras... sientes un cansancio inmenso que te invade todo el cuerpo. Te das cuenta que tu mente no ha dejado de funcionar desde hace tanto tiempo que tu cuerpo te reclama un poco de paz. La rutina es tan agobiante que sientes que ya no puedes más. Tarde o temprano te quebrarás y no podrás seguir.
Quieres silenciar tu mente. Dejar de pensar por un momento, al fin y al cabo solo tienes 13 minutos antes de levantarte. Pero tu mente se rebela, no te lo permite. Te resistes, intentas obligarte a no pensar en nada. Pero tu mente es indomable. Ahora comienza a proyectarte una serie de visiones de tu realidad.
Sientes a tu pareja al lado. Dudas. Te cuestionas si esa persona de al lado era lo que esperabas. Era ese ideal que habías construido. Suspiras. No. No lo es. Quizás no es lo que creíste que debías tener pero ahí está a tu lado. Con todos sus defectos y todos sus quebrantos. Te das cuenta que es lo que tienes, que es lo que te tocó. Nada puedes hacer más que aceptarlo. Una sensación desagradable se manifiesta en tu estómago. Te rebelas. Sabes que si no estuvieras de acuerdo ya te hubieras ido de ahí. Pero no. Algo pasa. Algo sucede que te mantiene en ese lugar con esa persona. ¿te resignas? ¿lo aceptas?... te consuelas. Buscas en tu pasado algún resquicio de amor que te haga sentir aunque sea un poquito. Para así no perderte un poquito más. La tristeza comienza a reptar por tus piernas... quieres evitarlo. Quieres detener el avance inexorable de esa sensación brutal...
Piensas en tus hijos. En esos seres que forman parte de ti. Sabes que los amas. Pero quizás, solo quizás, en un chispazo de locura piensas que talvez era mejor que los hubieras tenido con otra persona. Pero... no fue así. Esa es tu realidad, esa es tu verdad. ¿porqué sigues entonces ahí? ¿no es algo que construiste con tus decisiones? ¿porqué lamentarse ahora?
Tu pareja se mueve, se da la vuelta. Sabes que pronto se despertará. Ves de reojo el reloj. Te quedan 7 minutos. Piensas en el amor puro y entregado de la adolescencia. Crees que es algo que perdiste, que ya no volverá. Crees que así deberían ser todos los días de tu vida: pintados de colores, llenos de emociones desbordantes y sonrisas perpetuas... -"En el Shangri-la"- pensarás y luego sentirás ese leve movimiento del labio que en complicidad contigo manifestará estar de acuerdo con tu ironía. Pero sentirás instántes después que la tristeza avanza sobre tu cuerpo más rápido pues quiere alcanzar tus ojos para desbordarse en forma de lágrimas. ¿porqué no pueden ser así tus días? ¿como esas películas de felicidad eterna y amores intensos como las que te gustan?. Te das cuenta que tu realidad es otra. Pero...eso lo decidiste tu ¿verdad?. ¿entonces porqué no es tu ideal? ¿te engañaron? ¿alguien te mintió? ¿te drogaron?... No. Es solamente responsabilidad tuya. Tus decisiones.
Te das la vuelta. Te angustias. Sientes una gran opresión en el pecho. Quieres gritar. Ahogas tu grito. Uno más de miles que no han escapado. ¿Porqué entonces sigues ahí? ¿qué es lo que has hecho?... Te das cuenta de que tu pareja puede tener los mismos sentimientos y resentimientos que tú. La misma culpa y el mismo dolor. La misma resignación...
Surca por tu rostro una lágrima... la tristeza te ha alcanzado al fin... Te resignas... Pronto los niños se despertarán y comenzará la revolución. No tienes tiempo para ti, para tus sueños, para todo lo grandioso que pensaste que serías y crees que ya jamás lo serás...
Tu corazón late más fuerte, con más furia... parece que se quiere desbordar, que se romperá... Se abre una sutil ventana. Tu mente se silencia por unos instantes. Hay una luz fuerte que te ilumina...Tu corazón no se iba a romper ni se desbocaba. Queria hablarte. Decirte algo sin palabras. Sin lógica.
40 segundos antes de que suene el despertador te estremeces. Has tenido una revelación. Te das cuenta que tu corazón es más fuerte de lo que creías. Te decides. Te propones cambiar tu vida, tu entorno, tu realidad. Depende de ti y de nadie más. Decides transformarte, cambiarte, reinventarte. Solo depende de tí. El mundo no está en tu contra. Solo tienes que aceptar que esta es tu realidad y que cambiando tu cambiará tu realidad. Aceptas que el amor no existe, lo construyes y edificas con el tiempo para que exista y sea fuerte...
Suena el despertador... Por primera vez en muchos años te entusiasma que inicie un nuevo día y tu ser partícipe de él...
El limbo...
Sangraba lentamente. Esa herida era aparentemente inofensiva pero la sangre seguía fluyendo sin control. El pequeño riachuelo de color rojo brillante destellaba con la luz diáfana que incidía por un costado de la habitación.
Regina se había acostumbrado a ese lento fluir de su sangre. Parecía que ese era su estigma. Sangrar permanentemente por esa herida. Los doctores nada habían podido hacer. Curaciones, vendajes, compresas. De nada había servido. Un médico más radical había probado detener el sangrado con un método poco convencional tratando de cerrar la herida a través de una quemadura. Pero ni así había dejado de sangrar.
Los médicos no se explicaban porqué esa herida no cerraba y seguía fluyendo. Comenzaba a inquietar a los médicos investigadores y los médicos de la medicina alternativa. Aunque a estos últimos, las explicaciones de las heridas del alma parecían más convincentes.
Un sanador llamado Don Román decía que esa sangre provenía del alma, quizás del corazón sangrante. Hasta que no curara su corazón, esa herida no dejaría de fluir. Se había acercado a Regina para tratar de curar esa herida desde el alma. Sus manos parecían energetizadas, magnetizadas por la energía que fluía por esas palmas que surcaban en el aire como si de mandalas reconstruidos y expresados en el aire se trataran.
Ese día Regina estaba agotada. Don Román se había ido hacía pocas horas y el alivio que había sentido con su presencia ahora se desvanecía en el aire. Se sentía devastada. Trataba de repetir el mantra que le había enseñado para sanar: “Om mani padme hum“. Lo repetía incansablemente para reconstituir su cuerpo y su herida, pero de nada servía. Buscaba desesperadamente librarse de esa maldición estigmática pero parecía que nada funcionaba. Estaba consciente del daño que le hacía pero no hacía nada por salir de ahí. Estaba atorada.
Quizás el tiempo curaría la herida, solo era cuestión de que secara y se formara la costra. Pero ésta seguía sangrando y supurando lentamente. Parecía que esa herida se agrandaba en vez de secar, se iba haciendo más y más grande y Regina apenas y se percataba del problema que implicaba que esa herida creciera. Hasta que descubrió que la gasa que utilizaba para cubrir su herida ya no era lo suficientemente grande. En ese momento se sintió deseseperanzada, abatida por que esa herida en vez de secar crecía.
-¿Cuando dejará de sangrar?- preguntaba a Don Román.
-Cuando tú así lo decidas.- le respondía. -esa herida no es del cuerpo, es del alma.- y Regina se resignaba a seguir sangrando.
Cierto día, Regina despertó a causa de la luz que le pegaba en el rostro proveniente de la ventana. Quería seguir durmiendo pero ese destello le impedía mantener los ojos cerrados. Era como si el mundo le incitara a despertar y le conminaba a arriesgarse y luchar.
Había decidido ese día dejar de sangrar. Estaba convencida que así sería. Nada lo impediría. Estaba harta de sufrir y de los vendajes, de las costumbres y las resignaciones.
Abrió lentamente los ojos, el ambiente estaba muy diáfano e irreal. Parecía esa imagen sacada de los trazos de la niebla matutina aderezados con sueños irreales y surrealistas. Quiso moverse pero parecía que todo el espacio había cambiado. Sentía que flotaba en esa atmósfera amorfa y reticente. Decidió entonces incorporarse.
Sorpresivamente ahí estaba Don Román sentado en uno de los baúles de la habitación. Regina se estremeció. ¿Cómo pudo entrar si ella no había abierto la puerta?
Don Román sonrió, Sabía lo que cruzaba por la mente de Regina.
-Ya se que te parece bastante extraño que esté aquí, pero es necesario que me presente en este lugar. Bienvenida al limbo.-
Regina, al escuchar estas palabras tomó conciencia del lugar en el que estaba. En realidad no estaba en su habitación, sino en un lugar extraño pero a la vez misteriosamente conocido. Habían cosas muy familiares y conocidas y no sabía porqué.
- Este lugar se te hace conocido debido a que tu lo has construido con tus sueños olvidados. Con todos aquellos elementos que te han conformado y de uno u otra manera has olvidado. Aquí estás tu realmente, la que tu eres. Lejos de todos los paradigmas y las creencias. Aquí estás tu misma con tu ser. -
- Pero ¿Cómo llegué aquí?-
- Pronto lo sabrás, lo importante es que te des cuenta de quién eres y de lo que estás hecha. Sangras porque así lo quieres, sangras porque así lo eliges. Tu sabes que es lo que te duele y lo que te molesta, lo que te inquieta y lastima. Pero debes verlo, debes confrontarlo con tu realidad. Manifestarlo en este lugar aquí y ahora si es que estás dispuesta a liberarte de tu sufrimiento. Tu eliges. Nadie más, no eres víctima más que de ti misma. Nadie te hace nada, tu te haces todo y lo has hecho siempre con las decisiones que has tomado y las elecciones que has hecho. -
- Don Román, ya no quiero sufrir, quiero seguir adelante. -
- Perfecto. Te presento entonces a tu sufrimiento. Aquí está. Lo puedes ver de frente.-
En el aire comenzó a materializarse una figura que poco a poco dejó su condición diáfana para definir sus contornos e identidad. Regina al verse de frente con esa persona se estremeció hasta el tuétano. Su cuerpo se contrajo de golpe. Su estómago formó un vacío inconmensurable, la boca se le secó, las palabras se detuvieron en conjunto con su corazón. Se petrificó.
Don Román habló entonces:
- ¿Qué harás ahora?, ¿Qué harás? ¿volverás a huir como siempre?, ¿Te esconderás y lamerás tus heridas sintiéndote víctima y sintiendo compasión de tu destino? ¡Aquí está frente a ti! ¡Qué vas a hacer!-
Regina temblaba incontrolablemente. Los ojos abiertos y desorbitados. Las manos retorcidas en un gesto de súplica y desesperación. Escuchaba a lo lejos la voz de don Román gritándole cada vez más fuerte. Ella se estremecía. Lloraba, sollozaba, trataba de gritar pero la garganta estaba cerrada.
Don Román tomaba del brazo a la figura que la veía amenazante, desafiante, cada vez más crecida ante su empequeñecimiento y parálisis. Seguía gritando y azuzando a esa figura frente a ella.
Regína quería gritarle que desapareciera, que porqué le hacía eso, que tuviera piedad. La figura crecía cada vez más. Estaba desesperada, abatida, sentía que la sangre que tenía en la herida fluía cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Su vida se iba en ese fluir de su sangre. No sabía si el alma se le iría por tantas lágrimas o tanta sangre. Ya nada tenía que perder, su vida se iría ahí de pronto. Se abandonó, se dejó llevar. Respiró hondamente.
Volvió a escuchar ese grito atronador que surcaba el aire y taladraba sus oídos:
- ¿Qué vas a hacer ahora?-
Regina se incorporó, sus músculos se tensaron, su fuego interno comenzó a incendiarla, a recorrer toda su piel hasta llegar a sus ojos que se iluminaron y brillaron con una luz destellante. Sus puños se cerraron. Desde el estómago surgió una voz poderosa y profunda, clara y firme que simplemente dijo:
- ¡Luchar!-
En ese instante. La figura se atemorizó. Se diluyó. Jamás pensó que ella se confrontaría. nunca imaginó que encontraría esa furia y valor para enfrentarle. Y de pronto se esfumó...
Regina seguía plantada. Resollando aún, cuando Don Román se acercó y la tocó suavemente. Apenas sintió esa mano amistosa se desarticuló. Comenzó a llorar profusamente. Había vencido. Lo había logrado... y luego cerró los ojos para caer en un estado volátil e inconsciente.
Cuando despertó se dió cuenta que la herida, por primera vez en muchos años, había dejado de sangrar. Ahora era momento de comenzar a sanar y volver a vivir...
- Pero ¿Cómo llegué aquí?-
- Pronto lo sabrás, lo importante es que te des cuenta de quién eres y de lo que estás hecha. Sangras porque así lo quieres, sangras porque así lo eliges. Tu sabes que es lo que te duele y lo que te molesta, lo que te inquieta y lastima. Pero debes verlo, debes confrontarlo con tu realidad. Manifestarlo en este lugar aquí y ahora si es que estás dispuesta a liberarte de tu sufrimiento. Tu eliges. Nadie más, no eres víctima más que de ti misma. Nadie te hace nada, tu te haces todo y lo has hecho siempre con las decisiones que has tomado y las elecciones que has hecho. -
- Don Román, ya no quiero sufrir, quiero seguir adelante. -
- Perfecto. Te presento entonces a tu sufrimiento. Aquí está. Lo puedes ver de frente.-
En el aire comenzó a materializarse una figura que poco a poco dejó su condición diáfana para definir sus contornos e identidad. Regina al verse de frente con esa persona se estremeció hasta el tuétano. Su cuerpo se contrajo de golpe. Su estómago formó un vacío inconmensurable, la boca se le secó, las palabras se detuvieron en conjunto con su corazón. Se petrificó.
Don Román habló entonces:
- ¿Qué harás ahora?, ¿Qué harás? ¿volverás a huir como siempre?, ¿Te esconderás y lamerás tus heridas sintiéndote víctima y sintiendo compasión de tu destino? ¡Aquí está frente a ti! ¡Qué vas a hacer!-
Regina temblaba incontrolablemente. Los ojos abiertos y desorbitados. Las manos retorcidas en un gesto de súplica y desesperación. Escuchaba a lo lejos la voz de don Román gritándole cada vez más fuerte. Ella se estremecía. Lloraba, sollozaba, trataba de gritar pero la garganta estaba cerrada.
Don Román tomaba del brazo a la figura que la veía amenazante, desafiante, cada vez más crecida ante su empequeñecimiento y parálisis. Seguía gritando y azuzando a esa figura frente a ella.
Regína quería gritarle que desapareciera, que porqué le hacía eso, que tuviera piedad. La figura crecía cada vez más. Estaba desesperada, abatida, sentía que la sangre que tenía en la herida fluía cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Su vida se iba en ese fluir de su sangre. No sabía si el alma se le iría por tantas lágrimas o tanta sangre. Ya nada tenía que perder, su vida se iría ahí de pronto. Se abandonó, se dejó llevar. Respiró hondamente.
Volvió a escuchar ese grito atronador que surcaba el aire y taladraba sus oídos:
- ¿Qué vas a hacer ahora?-
Regina se incorporó, sus músculos se tensaron, su fuego interno comenzó a incendiarla, a recorrer toda su piel hasta llegar a sus ojos que se iluminaron y brillaron con una luz destellante. Sus puños se cerraron. Desde el estómago surgió una voz poderosa y profunda, clara y firme que simplemente dijo:
- ¡Luchar!-
En ese instante. La figura se atemorizó. Se diluyó. Jamás pensó que ella se confrontaría. nunca imaginó que encontraría esa furia y valor para enfrentarle. Y de pronto se esfumó...
Regina seguía plantada. Resollando aún, cuando Don Román se acercó y la tocó suavemente. Apenas sintió esa mano amistosa se desarticuló. Comenzó a llorar profusamente. Había vencido. Lo había logrado... y luego cerró los ojos para caer en un estado volátil e inconsciente.
Cuando despertó se dió cuenta que la herida, por primera vez en muchos años, había dejado de sangrar. Ahora era momento de comenzar a sanar y volver a vivir...
Entonces. ¿por qué te casaste?
- Entonces... ¿por qué te casaste? -
- La verdad, por que tenía un pene muy grande. -
En 22 años de terapeuta había deducido que muchas mujeres se casaban por una razón así, pero esta vez lo había confirmado con la honestidad de Silvia. Era inaudito que las mujeres no se dieran cuenta de que se casaban muchas veces por el placer prohibido de la adolescencia y la juventud. Pero luego, al confundir placer con amor, creían que si existía sexo era por que había amor.
-¿Y cómo te sientes al respecto?, ¿qué piensas de eso?-
- La verdad hablé sin pensar, quizás algo dentro de mi se expresó. Pero ahora que lo veo creo que así es. Todo comenzó cuando era una niña que jugaba a ser mujer. Mis padres me inculcaron que la mujer es pasiva y que el sexo es malo, o algo prohibido. Quizás algo sucio. Me llamó tanto la atención sus prohibiciones que en la primera oportunidad que tuve los espié. Querìa saber porqué era oculto y secreto. Vi a mi madre desnuda y transformada en un animal erótico cabalgando en la cintura de mi padre. La veía despeinada en un vaivén frenético, arqueada. Mi padre acostado, sosténiéndola y jadeando de placer. De pronto, esa explosión inmensa. Y luego. El cansancio y la paz.
No podía comprender porqué me prohibian a mi ese placer, esa levedad. Mis padres lo hacían y se expresaban, pero a mi me lo prohibian. El día que le pregunté a mi madre sobre el sexo y el placer se horrorizó. Luego, le confesé que los había visto. Se quedó en silencio apabullada. En un estado catatónico, incapaz de articular palabra.
A los quince días estaba ingresando a la escuela de monjas. Pensaron que ahí encontraría todo el sosiego que necesitaba, o quizás ellos encontrarían toda la intimidad que requerían para undirse en sus juegos de placer.
Contrario a lo que todos imaginan, la escuela de monjas no era un lugar en donde las estudiantes se comportan correctamente. Ahí aprendí a tocarme, a descubrir que mi cuerpo reacciona ante las caricias, ante los deseos. Imaginé que arder en el infierno bien podía ser el arder de placer frotándome como animal en celo entre las piernas. Pero aún así, sabiendo que era sacrilegio, sabiendo que tambien las monjas lo hacían a escondidas a pesar de ser prohibido, me entregué una y otra vez al placer de autodescubrirme. Pensé que no necesitaba más... hasta que lo conocí.-
Silvia hizo una prolongada pausa. Suspiró profundamente. Parecía que buscaba asimilar las palabras que acababa de proferir de manera subconsciente y que al hacerlas manifiestas éstas tomaban forma y se materializaban en su realidad.
-¿Y eso cómo te cambió?-
- Lo conocí un mes de septiembre. Era guapo y atractivo. Tenía una energía extraña, animálica, magnética. Por más que buscaba evadirla o resistirme, él me atrapaba y me atraía. Fué cuestión de días. Sucumbí una noche en la parte trasera de su auto. Al principio me sentí invadida, molesta, incómoda. Algo cedió, se desgarró. Y después comencé a sentir un placer indescriptible, inmenso. Por primera vez en mi vida exploté como nunca antes lo había hecho. Acudió a mi mente la imagen de mi madre cabalgando en mi padre y supe entonces el porqué de esa transformación. Descubrí el placer prohibido, supe porqué habían expulsado a Eva junto con Adán del paraíso. Me enamoré perdidamente de él. Me aferré apasionadamente, me entregué en cuerpo y alma. Dos años después nos casamos pensando que este placer infinito de amor, pasión y entrega sería por siempre... pero me equivoqué.
-¿Por qué dices que te equivocaste?
Silvia se revolvió nerviosamente en el diván. Sentía molestia evidente por lo incisiva de la pregunta. Buscó las palabras ahora que su corazón estaba tan abierto.
- Porque pensé que Ulises era solo para mi. Qué esa energía y magnetismo era por lo que yo era. Con el tiempo me di cuenta que no era así. Era un hombre que disfrutaba estar con las mujeres. Era un macho semental. Las mujeres lo buscaban, acosaban, se le frotaban deseosas de que él las poseyera.
Al principio quise negar que eso sucedía, luego, quise ser indiferente. Pero entre más indiferente era ante sus conquistas, Ulises era más atrevido y estaba con más mujeres. Yo no podía hacer nada, hasta que un buen día le lancé un ultimatum: o me era fiel o me iría de ahí... él se rió, pero comenzó a ser más discreto por un tiempo. Hasta que volvió a ser un descarado. Poco podía hacer: o me resignaba o me iba. -
- ¿y qué decidiste?-
- Decidí abandonarlo. Decirle que no podía seguir con mi vida así, tomé una maleta vieja, coloqué mis cosas y me fuí...-
-¿y qué pasó entonces?-
- Me dí cuenta que no lo amaba, que en realidad, solo estaba ahí con él por su forma de hacer el amor, de hacerme sentir mujer, pero nada más. Descubrí que solamente estaba enamorada de su pene.
Ahora vivo con Javier. Él es un gran hombre. Como el que siempre soñé: tierno, cariñoso, amable, entregado. Pero no tiene el pene de Ulises. Así, que, de vez en cuando me dejo llevar, busco a Ulises, me entrego y disfruto de su pene. Me hace sentir completa y satisfecha al satisfacer mi parte sexual -
-¿Y eso como te hace sentir?-
- No lo sé, nunca lo he pensado... no lo sé. Quizás culpable por enamorarme de una parte de alguien más que no es la del hombre que amo, pero, ¿eso se puede? ¿No es una codependencia? ¿está mal sentir placer?
- No lo sé, mejor dímelo tú-
- Ahora que lo pienso...-
- La verdad, por que tenía un pene muy grande. -
En 22 años de terapeuta había deducido que muchas mujeres se casaban por una razón así, pero esta vez lo había confirmado con la honestidad de Silvia. Era inaudito que las mujeres no se dieran cuenta de que se casaban muchas veces por el placer prohibido de la adolescencia y la juventud. Pero luego, al confundir placer con amor, creían que si existía sexo era por que había amor.
-¿Y cómo te sientes al respecto?, ¿qué piensas de eso?-
- La verdad hablé sin pensar, quizás algo dentro de mi se expresó. Pero ahora que lo veo creo que así es. Todo comenzó cuando era una niña que jugaba a ser mujer. Mis padres me inculcaron que la mujer es pasiva y que el sexo es malo, o algo prohibido. Quizás algo sucio. Me llamó tanto la atención sus prohibiciones que en la primera oportunidad que tuve los espié. Querìa saber porqué era oculto y secreto. Vi a mi madre desnuda y transformada en un animal erótico cabalgando en la cintura de mi padre. La veía despeinada en un vaivén frenético, arqueada. Mi padre acostado, sosténiéndola y jadeando de placer. De pronto, esa explosión inmensa. Y luego. El cansancio y la paz.
No podía comprender porqué me prohibian a mi ese placer, esa levedad. Mis padres lo hacían y se expresaban, pero a mi me lo prohibian. El día que le pregunté a mi madre sobre el sexo y el placer se horrorizó. Luego, le confesé que los había visto. Se quedó en silencio apabullada. En un estado catatónico, incapaz de articular palabra.
A los quince días estaba ingresando a la escuela de monjas. Pensaron que ahí encontraría todo el sosiego que necesitaba, o quizás ellos encontrarían toda la intimidad que requerían para undirse en sus juegos de placer.
Contrario a lo que todos imaginan, la escuela de monjas no era un lugar en donde las estudiantes se comportan correctamente. Ahí aprendí a tocarme, a descubrir que mi cuerpo reacciona ante las caricias, ante los deseos. Imaginé que arder en el infierno bien podía ser el arder de placer frotándome como animal en celo entre las piernas. Pero aún así, sabiendo que era sacrilegio, sabiendo que tambien las monjas lo hacían a escondidas a pesar de ser prohibido, me entregué una y otra vez al placer de autodescubrirme. Pensé que no necesitaba más... hasta que lo conocí.-
Silvia hizo una prolongada pausa. Suspiró profundamente. Parecía que buscaba asimilar las palabras que acababa de proferir de manera subconsciente y que al hacerlas manifiestas éstas tomaban forma y se materializaban en su realidad.
-¿Y eso cómo te cambió?-
- Lo conocí un mes de septiembre. Era guapo y atractivo. Tenía una energía extraña, animálica, magnética. Por más que buscaba evadirla o resistirme, él me atrapaba y me atraía. Fué cuestión de días. Sucumbí una noche en la parte trasera de su auto. Al principio me sentí invadida, molesta, incómoda. Algo cedió, se desgarró. Y después comencé a sentir un placer indescriptible, inmenso. Por primera vez en mi vida exploté como nunca antes lo había hecho. Acudió a mi mente la imagen de mi madre cabalgando en mi padre y supe entonces el porqué de esa transformación. Descubrí el placer prohibido, supe porqué habían expulsado a Eva junto con Adán del paraíso. Me enamoré perdidamente de él. Me aferré apasionadamente, me entregué en cuerpo y alma. Dos años después nos casamos pensando que este placer infinito de amor, pasión y entrega sería por siempre... pero me equivoqué.
-¿Por qué dices que te equivocaste?
Silvia se revolvió nerviosamente en el diván. Sentía molestia evidente por lo incisiva de la pregunta. Buscó las palabras ahora que su corazón estaba tan abierto.
- Porque pensé que Ulises era solo para mi. Qué esa energía y magnetismo era por lo que yo era. Con el tiempo me di cuenta que no era así. Era un hombre que disfrutaba estar con las mujeres. Era un macho semental. Las mujeres lo buscaban, acosaban, se le frotaban deseosas de que él las poseyera.
Al principio quise negar que eso sucedía, luego, quise ser indiferente. Pero entre más indiferente era ante sus conquistas, Ulises era más atrevido y estaba con más mujeres. Yo no podía hacer nada, hasta que un buen día le lancé un ultimatum: o me era fiel o me iría de ahí... él se rió, pero comenzó a ser más discreto por un tiempo. Hasta que volvió a ser un descarado. Poco podía hacer: o me resignaba o me iba. -
- ¿y qué decidiste?-
- Decidí abandonarlo. Decirle que no podía seguir con mi vida así, tomé una maleta vieja, coloqué mis cosas y me fuí...-
-¿y qué pasó entonces?-
- Me dí cuenta que no lo amaba, que en realidad, solo estaba ahí con él por su forma de hacer el amor, de hacerme sentir mujer, pero nada más. Descubrí que solamente estaba enamorada de su pene.
Ahora vivo con Javier. Él es un gran hombre. Como el que siempre soñé: tierno, cariñoso, amable, entregado. Pero no tiene el pene de Ulises. Así, que, de vez en cuando me dejo llevar, busco a Ulises, me entrego y disfruto de su pene. Me hace sentir completa y satisfecha al satisfacer mi parte sexual -
-¿Y eso como te hace sentir?-
- No lo sé, nunca lo he pensado... no lo sé. Quizás culpable por enamorarme de una parte de alguien más que no es la del hombre que amo, pero, ¿eso se puede? ¿No es una codependencia? ¿está mal sentir placer?
- No lo sé, mejor dímelo tú-
- Ahora que lo pienso...-
El Darmhala...
Roberto había incubado la idea de que quería llegar a Iurancha. El verdadero origen de la humanidad. Había leído algunos libros al respecto, unos prohibidos otros de tipo comercial pero todos abordando desde diferentes ópticas la misma idea.
Las teorías que ahí se presentaban sonaban hasta cierto punto, irreales. Pero parecían articuladas de forma coherente. En ellas se hablaba de que cierta estructura celestial de ángeles y semidioses habían comenzado un proyecto de tipo biológico en diferentes mundos para evaluar la capacidad de evolución de estos seres. Todo este proyecto era orquestado por un gran maestro de la evolución que podía ser llamado Dios.
Después de la creación planetaria, de combinatorias con distintos materiales, explosiones estelares, compresiones de agujeros negros con gravedades infinitas y expansiones de espacios y galaxias como si de un globo se tratara, Dios conformaba diversos universos en los cuales su séquito de ángeles genetistas, biólogos, fisiólogos y demás, conformaban diferentes tipos de especies para poder entender las formas en las que podían evolucionar y desarrollarse.
No se trataba de simples experimentos, sino altos desarrollos que requerían esfuerzos inimaginables para poder poner en sincronía y armonía tantas y tantas variables que más de una vez resultaba en autodestrucción o especies inestables. Los ángeles, arcángeles y querubines, en una estructura perfectamente diseñada, trabajaban conjuntamente y en equipo para rediseñar y construir estos experimentos para poder crear vida que pudiera evolucionar constante y ascendentemente.
Según esta teoría, los esfuerzos habían estado dando resultados significativos al dotar a algunos seres de un nuevo compuesto plástico, plásmico y etéreo que era producto de un científico estelar llamado simplemente Budha. El nuevo experimento estaba dando resultados sorprendentes aunque inesperados en un mundo en específico que era uno de los primeros en los que se usaba. Este lugar se llamaba simplemente Iurancha.
A veces a Roberto esto le parecía extraño y hasta un poco estúpido y no le había prestado mucha atención hasta que un buen día sintió que lo seguían. No sabía quién podría ser, quizás era solo su imaginación. Pero con el tiempo comenzó a ver sombras, figuras que se desvanecían en el aire, voces que murmuraban sobre el sentido de Iurancha y sus direcciones. –Estoy enloqueciendo- Pensó. Pero poco a poco comenzaron a materializarse frente a él. Lo saludaban, lo seguían, corrían a hablarle. Pero él pensaba que era víctima de alucinaciones… hasta el día en que observó en la TV que se daba una noticia escalofriante y brutal.
Acababa de establecerse contacto con una inteligencia exterior a través del sistema IRES, que era el sistema de rastreo y comunicación conectado 50 años antes con la intención de captar señales del espacio exterior para establecer comunicación con alguna raza alienígena. Todo esto había conmocionado a las mentes más brillantes de la ciencia. Roberto quería platicar con la gente al respecto, pero la mayoría se negaba a hablar de eso.
Un día paseando por el parque, uno de los seres evanescentes se le presentó y él permitió que le hablaran. Era un señor mayor, irradiaba una luz mortecina y titilante que parecía emanar del centro de su plexo solar.
Roberto guardó silencio y aparentó no verlo. Sin embargo él ser etéreo se le acercó y comenzó a hablar:
Existe un lugar dentro de Iurancha donde se encuentran todas las respuestas. Ese lugar es sagrado y prohibido para la mayoría de los seres que aquí habitan. Es un lugar brillante y libre, donde todos los seres son iguales. Ahí podrás descansar, liberarte de todo el sufrimiento y el dolor, de toda la tristeza y la pesadez de este mundo. Quizás te preguntes por qué estás aquí. ¿y si te digo que solamente eres un experimento genético para validar la capacidad de evolución de tu especie? ¿Harías algo al respecto?. ¿Y si te digo que podrías salir de aquí y convertirte en un ser de luz para poder viajar entre diferentes mundos supervisando y apoyando el desarrollo de estos experimentos para que en algunos eones de siglos puedas ascender a otro puesto a través de la evolución? ¿Estarías dispuesto?
Se estremeció con las palabras del ente evanescente. Nunca había pensado de esta manera. Que en realidad dios era un simple genetista jugando a los experimentos evolutivos y que él en particular era uno de ellos. Quizás no tan perfecto ni tan evolucionado, pero al fin y al cabo materializado y con consciencia parcial de la realidad.
No hay razón para temer nada. Dios me ha pedido que te invite a formar parte de la nueva generación que evolucionará hacia el siguiente nivel, los sentidos se expandirán, la conciencia se volverá estelar, y tendrás un cuerpo más resistente, ligero y dinámico, digamos que estarás conformado de bosones capaces de moverse a espacios y tiempos infinitos con solo el poder de la intención. ¿Qué dices? ¿Estás dispuesto?
El panorama cambiaba drásticamente. Sus padres siempre le habían dicho que era una persona especial y diferente, a veces recordaba que su madre le decía que haría grandes cosas… pero en realidad hasta ese momento no había hecho grandes avances. Se sentía perdido, confundido, abandonado y desesperanzado…
Quizás lo que estás experimentando en este momento es parte de la inestabilidad del experimento del maestro Budha. Aún tiene que perfeccionar toda esa variabilidad de estados sensoriales que se producen. Tu angustia es porque te sientes desligado del mundo, de la realidad que te contiene. Es para ti incomprensible el porqué existes puesto que tu liga con el universo se rompió en el momento en que naciste. Es un problema que tenemos que atender desde el origen. ¿Recuerdas la historia de Eva? Bueno, ella es la madre primigenia. Fue el primer experimento en tener éxito al fusionar materia y energía consciente. Pero la fusión no fue perfecta, disgregando la energía consciente de su fuente origen y su relación. Es normal que sientas ese vacío extraño de no-pertenencia. Cuando pases a estado Bosónico podrás entonces restablecer esa conexión con el universo. Aún la vida en este planeta es inestable, efímera y dependiente de la oxidación del oxígeno. Esperemos que pronto pueda ser resuelto el problema.
Roberto sintió que todo daba vueltas. Tenía náuseas. Era una carga excesiva de realidad para él que siempre había creído que Dios era un ser etéreo enfocado a la religión pero jamás había pensado que era un científico genetista cuántico y que él, en vez de tener una misión sagrada al formar parte del pueblo elegido por dios, era parte de un experimento que podía fallar en cualquier momento. De pronto el mundo se convirtió en una gigantesca caja de Petri y él era una de esas bacterias que servían para demostrar la existencia de bichos que podían reproducirse y pensar. Se sintió asqueado y por un instante quiso morir.
Respira hondo necesitas oxígeno, tu estructura celular lo requiere para mantener a tu consciencia funcionando. Cuando estés en estado Bosónico no necesitarás oxígeno, podrás ser el oxígeno mismo, pero no te degradarás ni te extinguirás, o ¿Cómo dicen ustedes?... Envejecer. ¡Eso es!
¿Quisieras entonces pasar de estado celular a un estado Bosónico? No creas que debes arrojarte al precipicio ni bajo las ruedas del tren para lograr esto, simple y sencillamente deberás llegar a Darmhala. ¿conoces las historias del Paraíso, el Shangri-la o el Nirvana? Todos estos lugares son uno mismo: el Darmhala. Ahí es donde están los secretos de Iurancha y es donde podrás transformarte al estado Bosónico. No necesitas llevar nada, solo debes desearlo y caminar hasta allá.
Roberto se inquietó. Volteó a ver hacia alrededor para ver si había alguien que le estuviera engañando y fuera filmado con una cámara escondida para burlarse de él, pero la vida parecía transcurrir sin ninguna alteración. La gente parecía no ver a ese ser iridiscente que estaba a su lado hablándole sobre los grandes misterios de la vida y la historia.
Cerró los ojos y evocó el aroma de la bata de su madre por las mañanas cuando le hacía de desayunar, trató de respirar el aroma de la colonia de limón que usaba su padre y se sentaba a la mesa con el periódico para leer las noticias en lo que estaba listo el desayuno. ¿podría dejar ese mundo alterno y aleatorio, difícil y a veces salvaje para convertirse en un ser estelar? ¿podría confiar en ese ser luminiscente que rutilaba a su lado sin que nadie se diera cuenta? ¿Porqué él era un elegido si no había hecho nada relevante en su vida?
No sientas que eres especial, solo eres diferente. Eres de los pocos tipos que no se han creído las distorsiones de la religión llevando hasta la parafernalia y el fanatismo el amor por un ser que no es más que un científico jugando a la ciencia. Puedes estar tranquilo, no te engañaré. Pero esta es la única vez que te lo voy a ofrecer. No habrá otra oferta y debes decidir en este instante. Deberás dejar todo atrás; familia, amigos, historias, pasado, hogar, recuerdos, sensaciones. Allá a dónde iremos, no podrás llevar nada de esto, pero a cambio, tendrás un nuevo cuerpo listo para llenarse de experiencias y emociones jamás sentidas ni experimentadas.
Roberto meditó su respuesta. Parecía deliberar intensamente entre su deseo de mantenerse humano y el desafío de convertirse en un ser galáctico e intelestelar. Respiró hondo. Cerró los ojos como una última forma de interiorizarse y auto convencerse de que la respuesta a la que había llegado era la mejor.
Abrió los ojos, trató de llenarse lo más posible del mundo, de sus sensaciones y deseos, de su conciencia que se aferraba desesperadamente a su forma celular ante la amenaza de volver a ser disgregada, para reconformarse y reconfigurarse en una nueva forma totalmente desconocida para él. Tomó valor para enunciar con esas palabras y seguridad que parece emerger de la voluntad de generaciones que se expresan hasta el último eslabón como manifestación de su linaje dijo simplemente: SI
_________________
Segundos después Roberto ingresaba a un lugar con paredes blancas, todos usaban la misma ropa, hablaban extrañamente, sus miradas gélidas y movimientos seguros hicieron que su cuerpo se estremeciera. Aún seguro y temeroso de su decisión solo alcanzaba a repetir incesantemente como un mantra eterno: ¿Aquí es Darmhala?...
Las teorías que ahí se presentaban sonaban hasta cierto punto, irreales. Pero parecían articuladas de forma coherente. En ellas se hablaba de que cierta estructura celestial de ángeles y semidioses habían comenzado un proyecto de tipo biológico en diferentes mundos para evaluar la capacidad de evolución de estos seres. Todo este proyecto era orquestado por un gran maestro de la evolución que podía ser llamado Dios.
Después de la creación planetaria, de combinatorias con distintos materiales, explosiones estelares, compresiones de agujeros negros con gravedades infinitas y expansiones de espacios y galaxias como si de un globo se tratara, Dios conformaba diversos universos en los cuales su séquito de ángeles genetistas, biólogos, fisiólogos y demás, conformaban diferentes tipos de especies para poder entender las formas en las que podían evolucionar y desarrollarse.
No se trataba de simples experimentos, sino altos desarrollos que requerían esfuerzos inimaginables para poder poner en sincronía y armonía tantas y tantas variables que más de una vez resultaba en autodestrucción o especies inestables. Los ángeles, arcángeles y querubines, en una estructura perfectamente diseñada, trabajaban conjuntamente y en equipo para rediseñar y construir estos experimentos para poder crear vida que pudiera evolucionar constante y ascendentemente.
Según esta teoría, los esfuerzos habían estado dando resultados significativos al dotar a algunos seres de un nuevo compuesto plástico, plásmico y etéreo que era producto de un científico estelar llamado simplemente Budha. El nuevo experimento estaba dando resultados sorprendentes aunque inesperados en un mundo en específico que era uno de los primeros en los que se usaba. Este lugar se llamaba simplemente Iurancha.
A veces a Roberto esto le parecía extraño y hasta un poco estúpido y no le había prestado mucha atención hasta que un buen día sintió que lo seguían. No sabía quién podría ser, quizás era solo su imaginación. Pero con el tiempo comenzó a ver sombras, figuras que se desvanecían en el aire, voces que murmuraban sobre el sentido de Iurancha y sus direcciones. –Estoy enloqueciendo- Pensó. Pero poco a poco comenzaron a materializarse frente a él. Lo saludaban, lo seguían, corrían a hablarle. Pero él pensaba que era víctima de alucinaciones… hasta el día en que observó en la TV que se daba una noticia escalofriante y brutal.
Acababa de establecerse contacto con una inteligencia exterior a través del sistema IRES, que era el sistema de rastreo y comunicación conectado 50 años antes con la intención de captar señales del espacio exterior para establecer comunicación con alguna raza alienígena. Todo esto había conmocionado a las mentes más brillantes de la ciencia. Roberto quería platicar con la gente al respecto, pero la mayoría se negaba a hablar de eso.
Un día paseando por el parque, uno de los seres evanescentes se le presentó y él permitió que le hablaran. Era un señor mayor, irradiaba una luz mortecina y titilante que parecía emanar del centro de su plexo solar.
Roberto guardó silencio y aparentó no verlo. Sin embargo él ser etéreo se le acercó y comenzó a hablar:
Existe un lugar dentro de Iurancha donde se encuentran todas las respuestas. Ese lugar es sagrado y prohibido para la mayoría de los seres que aquí habitan. Es un lugar brillante y libre, donde todos los seres son iguales. Ahí podrás descansar, liberarte de todo el sufrimiento y el dolor, de toda la tristeza y la pesadez de este mundo. Quizás te preguntes por qué estás aquí. ¿y si te digo que solamente eres un experimento genético para validar la capacidad de evolución de tu especie? ¿Harías algo al respecto?. ¿Y si te digo que podrías salir de aquí y convertirte en un ser de luz para poder viajar entre diferentes mundos supervisando y apoyando el desarrollo de estos experimentos para que en algunos eones de siglos puedas ascender a otro puesto a través de la evolución? ¿Estarías dispuesto?
Se estremeció con las palabras del ente evanescente. Nunca había pensado de esta manera. Que en realidad dios era un simple genetista jugando a los experimentos evolutivos y que él en particular era uno de ellos. Quizás no tan perfecto ni tan evolucionado, pero al fin y al cabo materializado y con consciencia parcial de la realidad.
No hay razón para temer nada. Dios me ha pedido que te invite a formar parte de la nueva generación que evolucionará hacia el siguiente nivel, los sentidos se expandirán, la conciencia se volverá estelar, y tendrás un cuerpo más resistente, ligero y dinámico, digamos que estarás conformado de bosones capaces de moverse a espacios y tiempos infinitos con solo el poder de la intención. ¿Qué dices? ¿Estás dispuesto?
El panorama cambiaba drásticamente. Sus padres siempre le habían dicho que era una persona especial y diferente, a veces recordaba que su madre le decía que haría grandes cosas… pero en realidad hasta ese momento no había hecho grandes avances. Se sentía perdido, confundido, abandonado y desesperanzado…
Quizás lo que estás experimentando en este momento es parte de la inestabilidad del experimento del maestro Budha. Aún tiene que perfeccionar toda esa variabilidad de estados sensoriales que se producen. Tu angustia es porque te sientes desligado del mundo, de la realidad que te contiene. Es para ti incomprensible el porqué existes puesto que tu liga con el universo se rompió en el momento en que naciste. Es un problema que tenemos que atender desde el origen. ¿Recuerdas la historia de Eva? Bueno, ella es la madre primigenia. Fue el primer experimento en tener éxito al fusionar materia y energía consciente. Pero la fusión no fue perfecta, disgregando la energía consciente de su fuente origen y su relación. Es normal que sientas ese vacío extraño de no-pertenencia. Cuando pases a estado Bosónico podrás entonces restablecer esa conexión con el universo. Aún la vida en este planeta es inestable, efímera y dependiente de la oxidación del oxígeno. Esperemos que pronto pueda ser resuelto el problema.
Roberto sintió que todo daba vueltas. Tenía náuseas. Era una carga excesiva de realidad para él que siempre había creído que Dios era un ser etéreo enfocado a la religión pero jamás había pensado que era un científico genetista cuántico y que él, en vez de tener una misión sagrada al formar parte del pueblo elegido por dios, era parte de un experimento que podía fallar en cualquier momento. De pronto el mundo se convirtió en una gigantesca caja de Petri y él era una de esas bacterias que servían para demostrar la existencia de bichos que podían reproducirse y pensar. Se sintió asqueado y por un instante quiso morir.
Respira hondo necesitas oxígeno, tu estructura celular lo requiere para mantener a tu consciencia funcionando. Cuando estés en estado Bosónico no necesitarás oxígeno, podrás ser el oxígeno mismo, pero no te degradarás ni te extinguirás, o ¿Cómo dicen ustedes?... Envejecer. ¡Eso es!
¿Quisieras entonces pasar de estado celular a un estado Bosónico? No creas que debes arrojarte al precipicio ni bajo las ruedas del tren para lograr esto, simple y sencillamente deberás llegar a Darmhala. ¿conoces las historias del Paraíso, el Shangri-la o el Nirvana? Todos estos lugares son uno mismo: el Darmhala. Ahí es donde están los secretos de Iurancha y es donde podrás transformarte al estado Bosónico. No necesitas llevar nada, solo debes desearlo y caminar hasta allá.
Roberto se inquietó. Volteó a ver hacia alrededor para ver si había alguien que le estuviera engañando y fuera filmado con una cámara escondida para burlarse de él, pero la vida parecía transcurrir sin ninguna alteración. La gente parecía no ver a ese ser iridiscente que estaba a su lado hablándole sobre los grandes misterios de la vida y la historia.
Cerró los ojos y evocó el aroma de la bata de su madre por las mañanas cuando le hacía de desayunar, trató de respirar el aroma de la colonia de limón que usaba su padre y se sentaba a la mesa con el periódico para leer las noticias en lo que estaba listo el desayuno. ¿podría dejar ese mundo alterno y aleatorio, difícil y a veces salvaje para convertirse en un ser estelar? ¿podría confiar en ese ser luminiscente que rutilaba a su lado sin que nadie se diera cuenta? ¿Porqué él era un elegido si no había hecho nada relevante en su vida?
No sientas que eres especial, solo eres diferente. Eres de los pocos tipos que no se han creído las distorsiones de la religión llevando hasta la parafernalia y el fanatismo el amor por un ser que no es más que un científico jugando a la ciencia. Puedes estar tranquilo, no te engañaré. Pero esta es la única vez que te lo voy a ofrecer. No habrá otra oferta y debes decidir en este instante. Deberás dejar todo atrás; familia, amigos, historias, pasado, hogar, recuerdos, sensaciones. Allá a dónde iremos, no podrás llevar nada de esto, pero a cambio, tendrás un nuevo cuerpo listo para llenarse de experiencias y emociones jamás sentidas ni experimentadas.
Roberto meditó su respuesta. Parecía deliberar intensamente entre su deseo de mantenerse humano y el desafío de convertirse en un ser galáctico e intelestelar. Respiró hondo. Cerró los ojos como una última forma de interiorizarse y auto convencerse de que la respuesta a la que había llegado era la mejor.
Abrió los ojos, trató de llenarse lo más posible del mundo, de sus sensaciones y deseos, de su conciencia que se aferraba desesperadamente a su forma celular ante la amenaza de volver a ser disgregada, para reconformarse y reconfigurarse en una nueva forma totalmente desconocida para él. Tomó valor para enunciar con esas palabras y seguridad que parece emerger de la voluntad de generaciones que se expresan hasta el último eslabón como manifestación de su linaje dijo simplemente: SI
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Segundos después Roberto ingresaba a un lugar con paredes blancas, todos usaban la misma ropa, hablaban extrañamente, sus miradas gélidas y movimientos seguros hicieron que su cuerpo se estremeciera. Aún seguro y temeroso de su decisión solo alcanzaba a repetir incesantemente como un mantra eterno: ¿Aquí es Darmhala?...
En esta casa no hay fantasmas...
¿Quién te dijo que aquí habían fantasmas?. Eso solo te lo dijeron para asustarte. Si saben bien que eres re miedoso. ¿te acuerdas la vez que te espantaron saliendo del tapanco?. Era el méndigo de Ramiro que te estaba esperando atrás de la puerta con esa chamarra vieja y roída de tu abuelo que usaba cuando iba de cacería. Estaba manchada de sangre de todos los animales que cargaba para la casa luego de haberlos matado. Me enojaba tanto que lo hiciera. Pobres animalitos, que culpa tenían de cruzarse en su camino, indefensos ante esa escopeta que tenía tu abuelo. Los agujereaba toditos. Y luego yo tenía que quitarles todas las postas para limpiarlos y prepararle unos bistecs agujereados y cargados de esquirlas de plomo. Algunos dicen que se envenenó con eso. Yo creo que no. Más bien la sangre se le hizo pesada por comer tantas almendras, ya sabes que le encantaban. Él creía que no sabía la razón de su afición. Pero le recordaba el sabor de la piel de la sirvienta que tuvimos por muchos años. Ella usaba crema almendrada cuando se veía con tu abuelo. Luego de que los descubrí y la corrí de la casa comenzó esa afición. Las saboreaba una a una. Más de una vez lo descubrí cerrando los ojos y viendo hacia la ventana para ver si la veía regresar. Nunca entendí esa relación, así que decidí que era mejor que no existiera.
¿Sigues con miedo? Si serás… En mis tiempos si había porque tener miedo. Mi abuelo me contaba de un personaje que se llamaba El sombrerudo. Andaba a caballo por los bosques y los parajes entre la niebla y las penumbras.
Cuando uno andaba caminando ya tarde y la niebla aparecía bajando por las montañas como si estuviera acariciando las ramas para que no vieras más y te sintieras perdido, corrías el riesgo de que se apareciera. Te quedabas sentado esperando a que pasara la noche rogándole a dios que no te hallara. Pero si te encontraba hacía que te mearas del miedo.
Dicen que era un fulano de la época de las revoluciones. Siempre andaba armado con su pistola al cinto, espuelas relucientes y un enorme sombrero negro. La cadencia de la cabalgadura de su caballo era muy peculiar, similar al golpeteo de los tambores a la distancia. Infundía miedo por su porte y velocidad para disparar de manera certera entre las cejas de todos los que se le ponían enfrente. Un día se robó a una chamaca en un rancho. Dicen que era muy bella, de cabellos negros y rizados, pies ligeros, vientre de paloma, ojos fieros y carácter fuerte. Quizás esto fue lo que le hizo desearla. El prometido organizó una búsqueda infructuosa. Meses después ella misma regresó por su pie a casa solo para informarles a sus padres y a su abatido prometido que se casaría con el fulano que la había raptado. Fue tanta la decepción del novio al saber que ella lo había dejado de amar que la asesinó en ese momento y luego fue en búsqueda de aquél fugitivo. Semanas después le dio alcance en esa cañada y lo acribilló junto con siete de sus hombres. Dicen que quedó aún con los ojos abiertos y en la muñeca llevaba anudado el pañuelo bordado con el nombre de ella. Ahora es un alma en pena que vaga por el bosque durante las noches obscuras en las que ni la luna se quiere asomar. Lo regresaron del infierno para que se pudiera vengar, pero el novio que lo asesinó, una vez que había cumplido su cometido se ahorcó, así que como ya se había regresado pues no le quedó más remedio que andar de aquí para allá a ver en qué momento le volvían a abrir las puertas del infierno para colarse y desaparecer de esta tierra.
Una vez que veníamos de la sierra con tu abuelo nos cayó la noche. Las velas se apagaron y yo temblaba de miedo. Me apretujaba al cuerpo de tu abuelo que temblaba igual que el mío pero él me decía que me hiciera para el otro lado. Que tenía miedo porque era vieja y andaba haciéndole caso a los chismes de lavanderas sobre ese aparecido. Sin embargo apresuró el paso. Azuzó a los caballos que jalaban la carreta para que llegáramos lo más pronto posible. La niebla comenzó a descender. Los caballos se inquietaron y ya no querían avanzar. Presentían que algo se acercaba. Se alebrestaron. Tu abuelo empuñó y desenfundó su pistola. En mi columna sentí un jalón espantoso y un millón de hormigas que trepaban por mi espalda para jalarme del cuello y pararme los pelos de punta. Quise gritar pero al saber si los caballos se espantaban más con mis gritos y tu abuelo me bajaba de la carreta por miedosa.
De pronto escuchamos unas herraduras golpeteando el camino, eran como si llegaran con el viento el sonido de tambores que iban y venían desde muy lejos. De la niebla emergió una sombra con forma de jinete. No se veía bien por lo negro de la noche, pero su negrura era mayor. Se movía como un alma en pena que arrastra la obscuridad. Tu abuelo peló los ojos y preguntó que quién vivía pero nadie respondió. Yo podía ver la figura del caballo fuerte y con los ojos rojos de fuego del infierno, el jinete altivo y gallardo, y un enorme sombrero que le cubría el rostro y lo hacía verse más terrorífico. Sentí que algo caliente me escurría por las piernas y que salía de mi cintura. Era puritito miedo el que sentía y que se me salía como meada. Tu abuelo no aguantó más el miedo y comenzó a disparar a la sombra. Pero el sombrerudo ni se movía. Nos seguía observando sin inmutarse. Las balas del revolver se acabaron, pero tu abuelo seguía jalando del gatillo desesperadamente.
Los caballos por puro miedo o por alguna orden dicha entre todo el ruido y los gritos de pavor que salían de mi garganta comenzaron la loca carrera por el camino pedregoso. Yo brincaba al pasar por tantas piedras y tu abuelo controlaba a los caballos como podía ante tantos brincos que daba la carreta. Llegamos en un santiamén al rancho pero a mí se me hizo eterno el camino para llegar a la casa. Brincamos de la carreta a la puerta y nos encerramos, corrimos la tranca. Los caballos se quedaron amarrados hasta el otro día. Tu abuelo aferrado a su pistola sin balas y yo con el crucifijo encajado entre las manos, sangrando y rezando hasta el cansancio.
Al otro día tu abuelo se levantó como si nada. Salió a desensillar a los caballos y a hacer el día normal. Jamás hablamos sobre lo ocurrido esa noche. Quizás porque fue ese único momento en que conocí el miedo y tu abuelo no había podido protegerme porque se había quedado paralizado del pavor que sintió esa noche.
Eso si eran historias de miedo de las de antes. Pero en esta casa no hay nada. Jamás vi nada en todo este tiempo. Ni aparecidos ni espantos, es más, ni siquiera el alma de ninguno de los animalitos que mató tu abuelo para comer.
¿ya estás más tranquilo mijo?... ¿ya?... Mira, yo a veces lo veo así. Lo peor que me pudiera pasar es que se me apareciera tu abuelo. Si se me aparece es por que descubrió que Juanita, la muchacha de la que estaba enamorado, esa la del aroma de almendras, no regresó por que se murió un buen día y no porque la corrí de la casa.
Lo que tu abuelo nunca supo es que al día siguiente fui a buscar a Juanita al mercado. Ahí la encontré y le dije que nos viéramos una hora más tarde en el río, lejos de la gente para que no murmuraran. Nos vimos más delante de la presa. Ahí me dijo que tu abuelo la amaba y que no sabía cómo decirme que me dejaría. Que ya tenían todo listo para irse del rancho esa noche y que me dejaría para siempre. Yo le pregunté que porque creía ella que tu abuelo me quería dejar y ella me respondió que porque no sabía ser mujer como ella. Eso me enfureció de sobremanera. No sé porqué pero tomé una piedra del piso y le rajé la cabeza. Ella se agarraba como queriendo detener la sangre que salía a borbotones, pero volví a golpearla y luego la arrojé a las piedras esperando que todo mundo dijera que se había caído. Pero al día siguiente nadie dijo nada ni a las semanas siguientes. Se la había tragado la tierra… o los coyotes que rondaban por ahí cerca. No lo sé. Lo que si se es que tu abuelo pensó siempre que ella lo había abandonado y que se había ido por miedo a que el no quisiera irse. A veces lo veía viendo hacia la ventana esperando a ver su silueta a lo lejos diciéndole que corriera hasta ella.
Tu abuelo, ya muy entrado en años, en uno de esos días, me dijo que veía a lo lejos la silueta de Juanita llamándolo. Ya no podía caminar, pero me pedía que lo llevara en su silla de ruedas. Yo solo veía el viejo fresno que se movía con el viento suavemente. Pero él me decía que la veía ahí llamándolo. No le creí. Le dije que estaba ya chocheando. A la media hora, cuando le llevé su atole, estaba con los ojos abiertos viendo a la distancia. Pero ya no estaba. Ya se había muerto. Ahora no se si hubiera sido bueno que lo llevara hasta allá. Quizás fue el miedo de que cuando llegara allá Juanita le dijera por qué no había llegado esa tarde para irse con él.
¡Hay hijo! Yo ya contándote historias de fantasmas y yo diciéndote que no hay en esta casa. Es en serio. Desde que he vivido aquí no ha habido ninguno, nadie vendrá a molestarte. Estos fantasmas que te platico son mis fantasmas nada más… esos me los llevaré a la tumba ahora que me regrese a dormir antes de que amanezca. No vaya ser que se den cuenta que me escapo por las noches desde el día en que … desde el día en que… ¿morí?...
No hijo no hay fantasmas ¡en serio! Te lo prometo…
¿Sigues con miedo? Si serás… En mis tiempos si había porque tener miedo. Mi abuelo me contaba de un personaje que se llamaba El sombrerudo. Andaba a caballo por los bosques y los parajes entre la niebla y las penumbras.
Cuando uno andaba caminando ya tarde y la niebla aparecía bajando por las montañas como si estuviera acariciando las ramas para que no vieras más y te sintieras perdido, corrías el riesgo de que se apareciera. Te quedabas sentado esperando a que pasara la noche rogándole a dios que no te hallara. Pero si te encontraba hacía que te mearas del miedo.
Dicen que era un fulano de la época de las revoluciones. Siempre andaba armado con su pistola al cinto, espuelas relucientes y un enorme sombrero negro. La cadencia de la cabalgadura de su caballo era muy peculiar, similar al golpeteo de los tambores a la distancia. Infundía miedo por su porte y velocidad para disparar de manera certera entre las cejas de todos los que se le ponían enfrente. Un día se robó a una chamaca en un rancho. Dicen que era muy bella, de cabellos negros y rizados, pies ligeros, vientre de paloma, ojos fieros y carácter fuerte. Quizás esto fue lo que le hizo desearla. El prometido organizó una búsqueda infructuosa. Meses después ella misma regresó por su pie a casa solo para informarles a sus padres y a su abatido prometido que se casaría con el fulano que la había raptado. Fue tanta la decepción del novio al saber que ella lo había dejado de amar que la asesinó en ese momento y luego fue en búsqueda de aquél fugitivo. Semanas después le dio alcance en esa cañada y lo acribilló junto con siete de sus hombres. Dicen que quedó aún con los ojos abiertos y en la muñeca llevaba anudado el pañuelo bordado con el nombre de ella. Ahora es un alma en pena que vaga por el bosque durante las noches obscuras en las que ni la luna se quiere asomar. Lo regresaron del infierno para que se pudiera vengar, pero el novio que lo asesinó, una vez que había cumplido su cometido se ahorcó, así que como ya se había regresado pues no le quedó más remedio que andar de aquí para allá a ver en qué momento le volvían a abrir las puertas del infierno para colarse y desaparecer de esta tierra.
Una vez que veníamos de la sierra con tu abuelo nos cayó la noche. Las velas se apagaron y yo temblaba de miedo. Me apretujaba al cuerpo de tu abuelo que temblaba igual que el mío pero él me decía que me hiciera para el otro lado. Que tenía miedo porque era vieja y andaba haciéndole caso a los chismes de lavanderas sobre ese aparecido. Sin embargo apresuró el paso. Azuzó a los caballos que jalaban la carreta para que llegáramos lo más pronto posible. La niebla comenzó a descender. Los caballos se inquietaron y ya no querían avanzar. Presentían que algo se acercaba. Se alebrestaron. Tu abuelo empuñó y desenfundó su pistola. En mi columna sentí un jalón espantoso y un millón de hormigas que trepaban por mi espalda para jalarme del cuello y pararme los pelos de punta. Quise gritar pero al saber si los caballos se espantaban más con mis gritos y tu abuelo me bajaba de la carreta por miedosa.
De pronto escuchamos unas herraduras golpeteando el camino, eran como si llegaran con el viento el sonido de tambores que iban y venían desde muy lejos. De la niebla emergió una sombra con forma de jinete. No se veía bien por lo negro de la noche, pero su negrura era mayor. Se movía como un alma en pena que arrastra la obscuridad. Tu abuelo peló los ojos y preguntó que quién vivía pero nadie respondió. Yo podía ver la figura del caballo fuerte y con los ojos rojos de fuego del infierno, el jinete altivo y gallardo, y un enorme sombrero que le cubría el rostro y lo hacía verse más terrorífico. Sentí que algo caliente me escurría por las piernas y que salía de mi cintura. Era puritito miedo el que sentía y que se me salía como meada. Tu abuelo no aguantó más el miedo y comenzó a disparar a la sombra. Pero el sombrerudo ni se movía. Nos seguía observando sin inmutarse. Las balas del revolver se acabaron, pero tu abuelo seguía jalando del gatillo desesperadamente.
Los caballos por puro miedo o por alguna orden dicha entre todo el ruido y los gritos de pavor que salían de mi garganta comenzaron la loca carrera por el camino pedregoso. Yo brincaba al pasar por tantas piedras y tu abuelo controlaba a los caballos como podía ante tantos brincos que daba la carreta. Llegamos en un santiamén al rancho pero a mí se me hizo eterno el camino para llegar a la casa. Brincamos de la carreta a la puerta y nos encerramos, corrimos la tranca. Los caballos se quedaron amarrados hasta el otro día. Tu abuelo aferrado a su pistola sin balas y yo con el crucifijo encajado entre las manos, sangrando y rezando hasta el cansancio.
Al otro día tu abuelo se levantó como si nada. Salió a desensillar a los caballos y a hacer el día normal. Jamás hablamos sobre lo ocurrido esa noche. Quizás porque fue ese único momento en que conocí el miedo y tu abuelo no había podido protegerme porque se había quedado paralizado del pavor que sintió esa noche.
Eso si eran historias de miedo de las de antes. Pero en esta casa no hay nada. Jamás vi nada en todo este tiempo. Ni aparecidos ni espantos, es más, ni siquiera el alma de ninguno de los animalitos que mató tu abuelo para comer.
¿ya estás más tranquilo mijo?... ¿ya?... Mira, yo a veces lo veo así. Lo peor que me pudiera pasar es que se me apareciera tu abuelo. Si se me aparece es por que descubrió que Juanita, la muchacha de la que estaba enamorado, esa la del aroma de almendras, no regresó por que se murió un buen día y no porque la corrí de la casa.
Lo que tu abuelo nunca supo es que al día siguiente fui a buscar a Juanita al mercado. Ahí la encontré y le dije que nos viéramos una hora más tarde en el río, lejos de la gente para que no murmuraran. Nos vimos más delante de la presa. Ahí me dijo que tu abuelo la amaba y que no sabía cómo decirme que me dejaría. Que ya tenían todo listo para irse del rancho esa noche y que me dejaría para siempre. Yo le pregunté que porque creía ella que tu abuelo me quería dejar y ella me respondió que porque no sabía ser mujer como ella. Eso me enfureció de sobremanera. No sé porqué pero tomé una piedra del piso y le rajé la cabeza. Ella se agarraba como queriendo detener la sangre que salía a borbotones, pero volví a golpearla y luego la arrojé a las piedras esperando que todo mundo dijera que se había caído. Pero al día siguiente nadie dijo nada ni a las semanas siguientes. Se la había tragado la tierra… o los coyotes que rondaban por ahí cerca. No lo sé. Lo que si se es que tu abuelo pensó siempre que ella lo había abandonado y que se había ido por miedo a que el no quisiera irse. A veces lo veía viendo hacia la ventana esperando a ver su silueta a lo lejos diciéndole que corriera hasta ella.
Tu abuelo, ya muy entrado en años, en uno de esos días, me dijo que veía a lo lejos la silueta de Juanita llamándolo. Ya no podía caminar, pero me pedía que lo llevara en su silla de ruedas. Yo solo veía el viejo fresno que se movía con el viento suavemente. Pero él me decía que la veía ahí llamándolo. No le creí. Le dije que estaba ya chocheando. A la media hora, cuando le llevé su atole, estaba con los ojos abiertos viendo a la distancia. Pero ya no estaba. Ya se había muerto. Ahora no se si hubiera sido bueno que lo llevara hasta allá. Quizás fue el miedo de que cuando llegara allá Juanita le dijera por qué no había llegado esa tarde para irse con él.
¡Hay hijo! Yo ya contándote historias de fantasmas y yo diciéndote que no hay en esta casa. Es en serio. Desde que he vivido aquí no ha habido ninguno, nadie vendrá a molestarte. Estos fantasmas que te platico son mis fantasmas nada más… esos me los llevaré a la tumba ahora que me regrese a dormir antes de que amanezca. No vaya ser que se den cuenta que me escapo por las noches desde el día en que … desde el día en que… ¿morí?...
No hijo no hay fantasmas ¡en serio! Te lo prometo…
La promesa eterna...
Estaba ansioso.
Las manos le sudaban. Se paseaba nervioso pero discretamente por el pasillo. Su mirada fija en esa puerta eléctrica que se abría y cerraba a intervalos irregulares. Las puertas de vidrio tenían una cubierta translucida que evitaba ver al interior de la sala.
Observaba a todas las personas que pasaban por el umbral de ese par de puertas que lo separaban de ella.
Hacía más de 40 años que no se habían visto, pero se habían hecho una promesa eterna. Esas de las que jamás se pueden olvidar ni incumplir. Algún día se encontrarían nuevamente y por fin permanecerían juntos por siempre.
Sus manos se aferraban a ese ramo de flores. Eran exactamente las mismas flores que muchos lustros atrás en un callejón le había entregado junto con un pequeño cuadernillo de poemas de amor.
Él ya cumplía 78 en octubre. Le llevaba 4 años, pero a esa edad ya no importaba. El tiempo se había detenido y en su estómago sentía esas mariposas extrañas e inquietas que sintió alguna vez a los 16 cuando la vió por primera vez en la ventana de su casa al pasar repartiendo los periódicos del domingo. No es que necesitara repartirlos pero le gustaba llevarle noticias a las personas. Historias verdaderas aunque fueran crudas.
Sus piernas temblaban imperceptiblemente. Se sentía incómodo en ese traje. Se había esmerado de sobremanera en verse bien, recortado los pocos cabellos a los lados. Se había puesto un poco de perfume del que sabía que a ella le enloquecía. Le había costado mucho trabajo encontrarlo pues ya no se fabricaba. De todas maneras había acudido a una vieja tienda de perfumes de fórmula y había conseguido que le replicaran ese aroma de más 60 años atrás cuando ella había fijado por primera vez sus ojos en él.
-Qué bien hueles- fue lo que le dijo por primera vez y a él esas palabras le parecieron una sinfonía angelical. Su tono, extraño y con ritmo diferente le había parecido una eufonía sin igual. No sabía bien si se había enamorado primero de sus ojos o de su voz. Ese brillo en sus ojos tan extraño y místico. Tan profundo y sin igual.
Su corazón latía aceleradamente.
-Esperemos que no sea que al marcapasos se le haya acabado la pila- pensó.
Hacía tantos años que no latía así ese corazón marchito, enjuto, albergado en ese tórax decrépito que en algún momento fué un portento de fortaleza y el espacio en donde ella lloró inconsolablemente tantas veces cuando partía.
Las manos artríticas, el cabello ralo y escaso. La dentadura postiza, la mirada cansina y difuminada por los años, el andar errático, las operaciones y cicatrices, los sueños perdidos, la ropa olorosa a naftalina, antigua y fuera de moda, las arrugas y los años, los recuerdos y los olvidos, las sensaciones entumidas y los sentimientos olvidados. Nada de esto importaba ya. Ahí estaba. ansioso, nervioso como en su adolescencia, esperando a que ella por fin apareciera por esa puerta.
La puerta se volvió a abrir, pero ella no apareció.
Sin querer se humedeció los labios. Quizás buscando un resquicio de la sensación de los labios de ella, de su tersura y su candidez. De esa pasión que ella dejó impresa en sus labios para sellarlos por siempre. Sus brazos temblaron con esa inquietud por sentir nuevamente la fortaleza, de que aún podía sostenerla, cargarla hasta la habitación nupcial perdida para hacerle el amor por siempre. Sus brazos, esos brazos que estuvieron siempre dispuestos a luchar por ella, a defenderla y protegerla, ahora temblaban, se estremecían en su decrepitud en un intento por mostrar algo de la fortaleza perdida en el tiempo.
Su sexo se arremolinó entre sus piernas. Se sorprendió. Era esa emoción por volverla a ver. Su cuerpo reaccionaba, lo volvía joven nuevamente, lo llenaba de vigor y de ilusión, de esperanza, ilusión perpetua.
Nuevamente vió el reloj. Debió haber llegado desde hacía ya 15 minutos pero no aparecía. Su ansiedad se acentuaba, su necesidad de verla nuevamente y abrazarla se le hacía eterna. Quería tomarla de las manos para no soltarla jamás. Estaba dispuesto a no dejarla ir nunca más. Ahora permanecería a su lado por siempre. Así lo había decidido. Sería por siempre.
La puerta se abrió.
Ahí estaba ella al fin.
El féretro estaba siendo cargado por cuatro de sus hijos a los cuales se les hizo por demás extraño aquel anciano con ojos de miel que sonrió con brillos de luna cuando puso las flores en la parte superior. No supieron que decir cuando acarició la superficie con una delicadeza sin igual. Y después de un instante siguieron su camino hacia la iglesia y luego hacia el panteón.
No quisieron detenerse al escuchar las palabras de ese viejo decrépito cuando pasaron junto a él. Prefirieron ignorar sus murmullos y sus emociones argumentando senilidad y locura.
Aún el anciano seguía repitiendo como un mantra eterno:
-Amor, aquí estoy. Aquí estoy al fin vuelvo a verte otra vez...-
Siempre...
Hace tanto tiempo que no tenía tu cabeza en mi regazo. Poder juguetear con tu cabello libremente. O bueno, lo poco que ha quedado de él. El tiempo es implacable. Nos acaba, nos extingue y transforma. Pero tú siempre has permanecido aquí.
Has caminado a mi lado durante tanto tiempo que mis pies ya se han olvidado desde cuando siguen tus pasos acompasados que aderezan a los mios.
Tus manos. Esos remansos de paz y tranquilidad que durante años fueron tormenta de deseo ardiente y búsqueda infinita. ahora las tomo. Siento tu calor. Repaso nuevamente como tantas veces la superficie de tus palmas. Tus callos siguen ahí como evidencia de tu esfuerzo y trabajo de años y años de entrega y dedicación, de paciencia y constancia. ¡Qué fortaleza la tuya!. Siempre me has sostenido cuando he caído. Siempre tu brazo solícito, tu fuerza y tu hombro para llorar.
Tu rostro tan bello. Ya lleno de arrugas y resquicios de las luchas que has librado ante la vida y la muerte. Esas comisuras en tus labios que acentuan tu adorable sonrisa llena de misterio y secretos. Veo tus ojos cerrados. Tus pestañas antes tupidas, ahora casí irsutas y solitarias ocultan ese mirar tan sereno, profundo, tan silencioso y eterno. Siempre ocultando esa chispa de vida y de furica existencia.
Quisiera que me abrazaras. Sentir otra vez tus brazos fuertes y afables. Aquellos que me cargaron desde esa noche de bodas hasta ahora. Sentir esa cadena hecha con tus brazos que acepté feliz por ser tuya para siempre. Esos brazos que han sido mi refugio y que siempre permitieron adormecerme en tu pecho desde el cual emana ese calor y esa entrega que es solo para mi.
Tu pecho. ¿te dije alguna vez que es la parte que más me gusta de ti?. Bueno. tus manos y tus ojos. eso lo sabes. Pero tu pecho es algo especial. Siempre pensé que había una llave para poder acceder a él. Por eso siempre te acariciaba con la intención de ver si encontraba una cerradura por la cual pudiera yo colarme para que ya jamás me sacaras de ahí. No necesité esa cerradura. Tu corazón siempre ha estado abierto para mi y ha sido solo mio.
¿Que más podía pedir en esta vida? un hombre como tú: excelente padre, gran trabajador, responsable, honesto, entregado, respetuoso. "Hombres como él ya no hay" decía mi madre. Ahora que lo veo tuvo mucha razón. Hombres como tu ya no hay. Espero que nuerstras hijas encuentren a alguien parecido a ti pues has sido un gran ejemplo para ellas. ¿qué más podía esperar?
Inevitable perderme en tus labios. Siempre han sido adictivos para mi. Sentir su humedad, su ternura y solitud. esa calidez de años, ese sabor embriagante y seductor que me estremece aún a pesar del paso de los años. Mis dedos otra vez tocan tus labios en un afán por evitar que digas algo. Basta con un silencio.
Aquí estás y siempre has sido mio... Siempre.
Ya vienen por tí. Te ves bien de traje. Siempre te lo dije. Ahora yaces aquí en mi regazo descansando en paz. Me acabas de abandonar y emprendes tu último viaje. Te me adelantaste. Te has ido sin mi. "Me voy para allanar el camino para que, dado el momento, llegues fácilmente hasta mí" dirías ahora si pudieras hablarme. Pero ya no estás. Comienzas a perder tu calor y tu candor.
Ya vienen por tí. Ahora te levantan y te colocan en ese féretro que será tu última morada. Me acerco a tí. Mi cuerpo grita y ansía llorar. No lo hago. No es lo que hubieras querido. Te beso en la frente. y al oido solamente te susurro aquella palabra que selló nuestra promesa eterna: SIEMPRE...
Has caminado a mi lado durante tanto tiempo que mis pies ya se han olvidado desde cuando siguen tus pasos acompasados que aderezan a los mios.
Tus manos. Esos remansos de paz y tranquilidad que durante años fueron tormenta de deseo ardiente y búsqueda infinita. ahora las tomo. Siento tu calor. Repaso nuevamente como tantas veces la superficie de tus palmas. Tus callos siguen ahí como evidencia de tu esfuerzo y trabajo de años y años de entrega y dedicación, de paciencia y constancia. ¡Qué fortaleza la tuya!. Siempre me has sostenido cuando he caído. Siempre tu brazo solícito, tu fuerza y tu hombro para llorar.
Tu rostro tan bello. Ya lleno de arrugas y resquicios de las luchas que has librado ante la vida y la muerte. Esas comisuras en tus labios que acentuan tu adorable sonrisa llena de misterio y secretos. Veo tus ojos cerrados. Tus pestañas antes tupidas, ahora casí irsutas y solitarias ocultan ese mirar tan sereno, profundo, tan silencioso y eterno. Siempre ocultando esa chispa de vida y de furica existencia.
Quisiera que me abrazaras. Sentir otra vez tus brazos fuertes y afables. Aquellos que me cargaron desde esa noche de bodas hasta ahora. Sentir esa cadena hecha con tus brazos que acepté feliz por ser tuya para siempre. Esos brazos que han sido mi refugio y que siempre permitieron adormecerme en tu pecho desde el cual emana ese calor y esa entrega que es solo para mi.
Tu pecho. ¿te dije alguna vez que es la parte que más me gusta de ti?. Bueno. tus manos y tus ojos. eso lo sabes. Pero tu pecho es algo especial. Siempre pensé que había una llave para poder acceder a él. Por eso siempre te acariciaba con la intención de ver si encontraba una cerradura por la cual pudiera yo colarme para que ya jamás me sacaras de ahí. No necesité esa cerradura. Tu corazón siempre ha estado abierto para mi y ha sido solo mio.
¿Que más podía pedir en esta vida? un hombre como tú: excelente padre, gran trabajador, responsable, honesto, entregado, respetuoso. "Hombres como él ya no hay" decía mi madre. Ahora que lo veo tuvo mucha razón. Hombres como tu ya no hay. Espero que nuerstras hijas encuentren a alguien parecido a ti pues has sido un gran ejemplo para ellas. ¿qué más podía esperar?
Inevitable perderme en tus labios. Siempre han sido adictivos para mi. Sentir su humedad, su ternura y solitud. esa calidez de años, ese sabor embriagante y seductor que me estremece aún a pesar del paso de los años. Mis dedos otra vez tocan tus labios en un afán por evitar que digas algo. Basta con un silencio.
Aquí estás y siempre has sido mio... Siempre.
Ya vienen por tí. Te ves bien de traje. Siempre te lo dije. Ahora yaces aquí en mi regazo descansando en paz. Me acabas de abandonar y emprendes tu último viaje. Te me adelantaste. Te has ido sin mi. "Me voy para allanar el camino para que, dado el momento, llegues fácilmente hasta mí" dirías ahora si pudieras hablarme. Pero ya no estás. Comienzas a perder tu calor y tu candor.
Ya vienen por tí. Ahora te levantan y te colocan en ese féretro que será tu última morada. Me acerco a tí. Mi cuerpo grita y ansía llorar. No lo hago. No es lo que hubieras querido. Te beso en la frente. y al oido solamente te susurro aquella palabra que selló nuestra promesa eterna: SIEMPRE...
Miénteme...
Miénteme.
Dime que aún me amas, que aún sientes esa emoción de tenerme en tus brazos. Que mis labios aún te estremecen y tus sueños siguen atados a los míos.
Hazme sentir que aún te estremeces cuando estoy cerca. Piensas en mí y en mi voz. En ese devenir de mis manos sobre tu piel y tus recuerdos. Que aprecias mi compañía y mis pasos al bajar por las escaleras para abrirte la puerta cada día que llegas a casa cansado después de luchar por la vida.
Dime que me amas y que has permanecido conmigo durante tantos años por mi y no por nuestros hijos que he criado con tanto esmero como si fuera lo más sagrado de nuestro hogar.
Miénteme.
Susúrrame palabras de amor al oído como ese río fresco que alguna vez me ilusionó hasta el cansancio y humedeció mi piel en las noches llenas de sutilezas y deseos, de furias y balanceos. Deja que te vea de frente, que dibuje en tu piel arrugada una sonrisa llena de alegría y plenitud.
Tómame de la mano y condúceme por ese pasadizo hacia la luz que nos ilumina en cada instante que pasa y se detiene, juguetea y se llena de sombras y contrastes. Esa luz que nos ha acompañado por esta travesía llamada destino y vida.
Dime que soy tu vida, que no puedes vivir sin mí ni mis labios, que ansías mis manos y mi cuerpo a pesar de estar ya cansina y marchita, silenciosa y meditabunda. Recuérdame el porqué decidí vivir a tu lado a cada instante dejando todo atrás sin importar nada más que el estar juntos por siempre. Forjar un destino y cambiar el mundo.
Miénteme.
Confiésame que te gusta como te preparo la comida todos y cada uno de los días de tu vida. Que sonríes feliz de saber que sigo a tu lado y llena de detalles que me hacen recordar lo especial que soy para tí. Que Dios nos puso en el mismo camino para que lo anduviéramos juntos y compartiéramos las penas y las alegrías, el hambre y la abundancia, lo próspero y lo adverso, la salud y la enfermedad, el agua y el vino, la sangre y el sudor, los días y sus noches, las estrellas y las mareas de luna llena.
En secreto, al oído, platícame de los secretos del mar y tus deseos de perderte en las olas junto a mi cobijados por la espuma plañidera y seductora. Llenos de arena y deseo, de sol y palmeras, silencios y quebrantos, lleno de tí y de mí, llenos de todo. Hazme saber con una mirada que todos estos años han sido maravillosos a mi lado y que ya no imaginas otra vida que no fuera el estar a mi lado por siempre.
Espero que tus palabras suenen sinceras como si fueran las letras tejidas de tantos libros olvidados llenos de ilusiones y propuestas, cargados de poesía y prosa literata con noches de vino tinto y faroles diáfanos iluminando los callejones románticos y silenciosos donde ansiábamos entregarnos a cada instante hasta alcanzar la eternidad.
Miénteme hasta el cansancio, pero miénteme.
Y si me mientes, prometo olvidar tus golpes y desaires, tus indiferencias y tus amarguras. Tu alcohol en las venas y tus gritos, tus vejaciones e infidelidades. Prometo olvidar todos esos momentos abrumadores y silenciar mis agobiantes vacíos.
Miénteme. Por lo que más quieras, miénteme...
Un encuentro inesperado...
Tomas tu bolsa y te levantas de la mesa. La música sigue sonando y te diriges hacia la novia. Es tu amiga la que se acaba de casar. La abrazas y te despides, le deseas lo mejor para esa nueva etapa en su vida. Sabes que es el comienzo de una larga travesía. Luego, te diriges hacia la puerta. te disculpas por que te tienes que retirar. -Los niños - dices. Luego de un abrazo, te tomas de la mano de tu esposo y te diriges hacia la puerta de salida. Estás contenta. Hacía tanto que no salías a una boda. -Es como si uno se volviera a casar viendo a los novios- te había dicho él cuando llegaron a la iglesia. Sientes esas ganas de quedarte. Hace tanto tiempo que no tienen tiempo para ustedes que quisieras quedarte un rato más. Pero los niños reclaman tu presencia. Piensas que todo el esfuerzo en arreglarte y vestirte fue demasiado para tan poco tiempo en la boda. Él lo compensa antes de llegar al estacionamiento diciéndote que te ves radiante. -Es tan lindo- piensas.
Te quedas esperando en la recepción. Él te dice que irá por el auto para que no camines hasta donde lo dejó. Te paseas impaciente. Tomas el celular en un intento por llamar a casa y preguntar cómo están los niños. Te contienes, es mejor llamar del auto, ya que estés cerca.
De pronto sientes en la espalda una mirada. No la ves pero la sientes. Comienza jugueteando en tu cabello y luego se desliza por tu espalda hasta detenerse en tu cintura, te acaricia. Es extraña pero misteriosamente te gusta, no te ofende. La mirada prosigue su camino, se regocija en tu cintura sutilmente, luego se pasea por tus glúteos y se desparrama por tus muslos, tus pantorrillas y termina en tus tobillos. Ha sido tan rápido que apenas has tenido tiempo de pensar. Escuchas una sutil risa femenina que rompe con el encanto de la mirada persistente y provocativa.
Volteas a ver disimuladamente quién viene. La risa es el pretexto perfecto para voltear a ver y saber quién te ha visto así.
Cuando te has dado vuelta, ves una pareja que está muy cerca. Reconoces inmediatamente al que te vio así.
Es él. Tu corazón se detiene. Tu respiración se entrecorta. El estómago se convierte en un nudo imposible. Las piernas que durante tanto tiempo han sido tu orgullo y vanidad por su constitución y su silueta gracias a tantos años de ballet ahora parecen un manojo de varas de nardo a punto de hacerte caer. Han tomado el control tus nervios. El labio superior te tiembla imperceptiblemente y tus manos de pronto comienzan a sudar copiosamente.
Tu logras esbozar una sonrisa patética y forzada. Quieres aparentar indiferencia y sorpresa pero es tan impredecible el encuentro que no puedes articular palabra. Ahora descubres porqué te vio así y su mirada -secretamente- en vez de ofenderte te halagó.
Ella viene con unas copas de más. No se percata de tu nombre ni aparenta hacer ninguna conexión con él cuando te la presenta. Es su esposa. Tratas de serenarte. De tomar el control de la situación. Sonríes y le diriges un frívolo pero disimulado -gusto en conocerte-. La vuelves a ver bien. A pesar de ser una mujer guapa y atractiva se te hace horripilante, una arpía que no lo merece. Se te hace muy poca cosa para él. -Es lo mejor que pudo conseguir después de mí-. Te consuelas. Han pasado casi 18 años desde que le llamaste un día, escudada en un teléfono, para decirle que ya no querías seguir con él. Después de tanto tiempo sigues preguntándote por que decidiste eso.
Te habías olvidado de él, pero en ese momento teniéndolo enfrente tu cuerpo te traicionó. Quieres recuperar el control pero es una vorágine de sensaciones la que recorre tu cuerpo. Sonríes nerviosamente, empiezas a hablar sin sentido. Le preguntas si es amigo del novio o de la novia. Él responde que del novio y luego te pregunta a tí de regreso. Respondes que eres amiga de la novia. Sonríe. Entiendes esa sonrisa que no veías desde tanto tiempo. Sabes lo que significa. Es su risa de complicidad. Piensas que con eso te dice que es una ironía de la vida, su mejor amigo con tu mejor amiga si lograron hacer una vida. Este pensamiento viaja como rayo en tu mente. Ansías que algo te saque ya de esa situación. No puedes resistir más.
Ella ríe, se sorprende de la familiaridad, quizás intuya algo. Maliciosamente te pregunta si vienes sola. -Estoy esperando a mi esposo que fue por el auto- Mencionas, -ya nos vamos por que los niños aún no se duermen-. Dices esto sin convicción pero con el afán de que él sepa que estás casada ya y con hijos. -Que bien- dice ella. -Nosotros seguimos disfrutando de nuestra vida de pareja- y voltea a verlo a él con una mirada que se te antoja forzada y provocativa a la vez. -Quizás falsa- piensas. Cuando lo ves a él alcanzas a ver un destello de nerviosismo, de duda. No sabes lo que piensa. Es un instante. sonríe nerviosamente. Se hace un silencio incómodo.
Escuchas que al fin llega tu esposo en el auto. Agradeces a los cielos que por fin aparezca y termine ya esta situación. Él baja del auto. Lo último que esperas. Baja a saludar. Quizás baja por que te ha visto platicando con una pareja, quizás es por que intuye con quién platicas. Se acerca y no te queda más remedio que presentarlo. Parece no percatarse a quién le presentas. Tiende la mano franca y esboza su sonrisa de vendedor que utiliza en la oficina. No detectas que esté tenso. Él responde afablemente. Tal vez de más. Ella sonríe coquetamente. Se acerca a saludarlo de beso. Te incomoda su atrevimientoconversación hace que te saque del trance en que te encuentras. -Vámonos por que ya es tarde-. Es una frase que te sabe a gloria. A huida con pies polvorosos. A retirada con honores. Sin confrontación.
Te despides de ella primero en lo que tu esposo se despide de él. Te acercas a ella y finges un beso. Ella hace lo mismo. Sientes el rechazo, y la mala vibra. Su aroma se te hacer repugnante. Sonríes al separarte. Sabes que le caíste muy mal desde el principio aunque aún no sepa porqué. Te percatas de tu error, pero es demasiado tarde. Si te despediste de ella así tendrás que despedirte de él. Habría sido mejor que solo te subieras al coche y te despidieras agitando la mano como una reina de belleza. Demasiado tarde. El protocolo indica que tienes que acercarte a él y despedirte de beso. Su cuerpo otra vez cerca de tí.
Te estremeces. Te acercas a él y procuras que sea lo más rápido posible. Pero cuando te vas acercando el tiempo se detiene, el espacio se dilata. El mundo deja de girar y en tu vientre sientes una chispa que descarga toda su energía cimbrándote en el piso. Sientes su mejilla otra vez, sus labios en tu piel. Arden.
Un escalofrío recorre tu piel, tu mejilla es el epicentro de las ondas que recorren tu cuerpo estremeciéndolo, despertando tus poros y tus sentidos, provocando a tus nervios. Logras reaccionar y separarte de su cuerpo, evitar su fuerza gravitacional. No puedes resistir la tentación de verlo a los ojos por última vez. Sabes que no debes hacerlo. Que debes evitarlo a toda costa pero fallas en el intento. Ahí están. Toda esa furia y pasión. Todo él en esa mirada. En ese brillo que siempre te hizo sucumbir.
Ves que su voz se quiebra. Quiere decir algo ininteligible, casi como un susurro. Tu oído se agudiza. Tus ojos se posan en sus labios para ver si puedes descifrar que quiere decir. Lo ha dicho ya. No escuchaste. Solo ves el brillo de sus labios. La carne que se abre e invita. Recuerdas sus besos, la tersura y textura. Entreabres los labios. Más que por voluntad por autonomía de los mismos. No sabes que decir. La chispa sigue ahí.
De pronto haces tierra. Tu esposo te agarra de la mano y escuchas su voz. -Es hora de irnos-. Volteas y te encuentras con su mirada distraída. No se da cuenta de lo que ha pasado. Mejor así. Que no sepa nada. Que ese momento se pierda en el olvido. Se escape de la memoria.
Subes al auto. Aún sientes su mirada. Su deseo por retenerte. Escuchas la voz de ella que dice con cierta sorna -Hasta luego-. Suena como una sentencia. Como un destino sellado. ves hacia el frente. Tu esposo arranca el auto. Te sientes desgarrada. Llena de dudas. El auto comienza a moverse. Quieres voltear. Lo evitas a toda costa. Sigues sintiendo esa mirada fija que te invita a voltear.
No resistes. Le diriges una mirada en un instante. Sabes que él entendió.
El auto se aleja por siempre y tu en él.
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