El adiós...



La pluma dejaba de correr fluidamente por el papel. Su mano adolorída seguía empujando en movimientos concéntricos el cincel que se arrastraba emanando la sangre que se escurría como tinta. Las hojas absorbían ese fluido negro ansiosas por retener su huella perenne, por ser marcadas para la eternidad. Los símbolos se entremezclaban en misterios develables solo por aquellos ojos elegidos que desentrañaban los significados a través de el descifrar todas aquellas palabras que conmvían.

El escritor había acabado por fin esa obra que había iniciado algún momento. Había parido todas esas palabras con el sudor y las lágrimas que involucran el alma y los recuerdos. Los fantasmas se habían transmutado en personajes que se reinventaban y se representaban a si mismos susurrando sus historias a aquel que sabía escucharlos y convertirlos en palabras.

La historia al fin se manifestaba. Ese círculo se había cerrado de manera definitiva con el final que lograba hilar el inicio y todo el desarrollo. El escritor se sentía exhausto, vacío, silencioso y triste.

Si. Triste por que esa obra en la que había sido el orquestador y artífice terminaba y el telón se cerraba para no volverse a abrir jamás. Los personajes se habían silenciado para siempre, atrapados en el libro, en esa obra que se sellaba con un punto final. Ahora dejaban de existir en el mundo de las ideas y de los sueños de un solitario para manifestarse solamente por aquél que leyera la obra y buscara revivirlos en su imaginación.

El vacío que dejó el final del libro para el escritor fue una mezcla de satisfacción y melancolía. Melancolía por esos personajes con los que convivió y se adueñó de sus sueños y sus desvelos, formaron parte de su insmonio y de sus misterios. Nadie conoció mejor a los personajes que el escritor, nadie extrañará y añorará más a esos fantasmas que su propio creador. Nadie sufrirá más con los personajes y se estremecerá más que el propio escritor ante esa obra.

Los círculos con el tiempo deben convertirse en espirales. En esas formas ascendentes que aceleran con la inercia para elevarse y tomar fuerza. Llegar a otras latitudes. Volar sobre otros abismos.




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Este blog inició un mes de septiembre de 2008 con la intenciòn de iniciarme formalmente en el mundo de las letras. De exponerlas a la corriente de los sueños liquidos del mundo virtual para ver si podían soldificarse y resistir los embates de lo anodino y vacìo. De este blog surge una Maestrìa en Estudios Humanìsticos con especialidad en Literatura que he concluido en Diciembre del 2011 y una novela llamada "Ana y las mil noches". Ademàs dos proyectos literarios que pronto verán la luz.

En IdeaUno experimenté el nanocuento, la poesía, el cuento, el texto y el ensayo. Siempre apegado a ese manifiesto literario que definió este blog como eje rector de cada una de mis palabras y me permitió evaluar el alcance de mis palabras. Algunas anècdotas, ficciones, fricciones y sueños se manifestaron en este proyecto.

Este es el último post de IdeaUno que dejarà de ser esa primer idea. El inicio. Ese origen de la formalidad aunque mis letras iniciaron muchos años antes.

IdeaUno representa mi inicio formal de las letras. Y de la misma manera en que un círculo se escinde para convertirse en espiral y tomar fuerza para acelerar y ascender, de esta misma manera escindo este círculo del  blog para convertirlo en espiral y llegar más alto.

Agradezco a las más de 15,000 personas que leyeron más de 20,000 veces algo que escribí. Estas personas provinieron de más de 30 paises en los 5 continentes. Agradezco infinitamente los comentarios y las sugerencias, así como los mensajes de ánimo y apoyo.

La mano se ha cansado y los personajes deben descansar para darle cabida a muchos más.

Este blog dejará de existir el 31 de julio del 2012.

Maktub. "Lo que está escrito está escrito".



Gracias, gracias, gracias.
Francisco Enrique Lopez Rojas.

Un encuentro con el diablo...

Ese día había ido a que le leyeran el Tarot. No es que creyera en eso pero estaba tan desesperado que decidió que cualquier alternativa o respuesta podría servirle. Sin embargo, al llegar a ese lugar extraño y un poco fantasmagórico comenzó a dudar de su decisión. Las cortinas rojas, el lugar lúgubre y el olor a incienso hizo que tuviera náuseas. Estaba a punto de salir de ahí cuando apareció la adivina que le ordenó que pasara y se sentara. Casi como un autómata retornó y tomó asiento enfrente de una mesa cubierta con un mantel viejo, raído y sin brillo. Se veía que el uso que se le había dado era por demás intensivo. -Quizás ya es tiempo de que lo cambien para dar un toque de novedad.- Sonrió para sus adentros.

La adivina pareció leerle los pensamientos. -El mantel no debe ser cambiado por que en él han convergido los destinos de miles de almas que han venido para que se les lean las cartas y las manos. Aquí está plasmado, en ese uso, el destino de todos los que han acudido a mí.-

Se estremeció. Instantes después regresó a él ese sentimiento irónico. -Seguro que hice alguna mueca y ella la detectó- Sin embargo ya estaba ahí, decidió entonces continuar. Al fin y al cabo ya no tenía nada que perder. La adivina le pidió que extendiera la mano izquierda. La extendió con cierto recelo.

La adivina recorrió los surcos de su mano con los dedos artríticos. Sentía como las yemas se enterraban en su palma, un extraño hormigueo acompañaba ese recorrido de los dedos de la adivina por toda la superficie.

Acto seguido, sin pronunciar palabra, la adivina lo soltó y sacó un atado de Tarot. Lo vió fijamente a los ojos sin parpadear. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Por un instante dejó de respirar. La mirada de la adivina iba más allá de la simple observación, era un escrutinio profundo que le tocó el alma. Parecía que la adivina veía más allá de lo que él quería que viera. Se sentía desnudo.

La adivina colocó varias cartas sobre la mesa sin emitir ningún comentario. Acto seguido las quedó viendo fijamente como si abriera un portal hacia el más allá. Él dudó por un momento. Su mente seguía burlándose de lo que estaba sucediendo diciéndole que la mujer que tenía enfrente no era más que una anciana decrépita tratando de sobrevivir a causa de los incautos que acudían a ella para saber algo de su pasado o su futuro. Sin embargo, estaba pegado a esa silla. La adivina ejercía un especie de hechizo hipnotizante sobre su cuerpo que se negaba a responder.

La adivina entonces habló: - tus cartas son extrañas, jamás había visto una combinación así. Pero depende de ti que quieras saber lo que te depara-

Sonrió para sus adentros. -seguramente esto es para poder facilitar el cobro posterior de la sesión. Es para impresionarme.- Su razón presurosa salió en su auxilio para que pudiera retomar el control. Con voz firme y envalentonado le respondió: - Quiero saber, a eso vine. No tengo miedo.-

Con mirada dubitativa y esquiva, tratando de escoger sus palabras, la adivina suavemente le habló: -Tú no veniste aquí para saber tu futuro, viniste aquí para encontrar respuestas. Crees que todo puede resolverse con palabras o con la razón, pero te diré algo muy sencillo, tu enojo y tu frustración no se curará con palabras, aunque creas que un psicólogo te lo resolverá. Tus cartas son muy claras, tu destino está marcado. La respuesta que buscas no será simple, ni siquiera se si podrás enfrentarlo. La única manera en que podrás encontrar lo que quieres saber es que te enfrentes a algo escalofriante y quizás no resistas. Tienes que enfrentarte al diablo. Verlo de frente, preguntarle que quiere. Solamente si logras verlo de frente, sin morirte de miedo, y preguntarle claramente, Él, te responderá. Esto dicen tus cartas, tienes una cita con el diablo. Nada podrá evitar que te lo encuentres. Más te vale que estés preparado, por que nada te librará de su poder y su furia. Solo tu podrás. ¿podrás?...- hizo una larga pausa esperando alguna reacción de él pero al darse cuenta que no había causado tanto impacto decidió continuar: -El diablo puede tomar cualquier forma, cualquier figura, puede ser cualquiera. Solo, ten cuidado.-

Por un instante se sintió aliviado, Pensó que le diría que habían 2 mujeres en su vida, una rubia y otra morena, o que tenía problemas de dinero, amor o mal de ojo. El diablo... bueno, siendo ateo eso no sería posible. Una leve sonrisa logró escaparse de su labio. La adivina pareció no detectarlo.

-Tu encuentro será terrible, una vez más te lo digo. Nada de lo que te imaginas te habrá preparado para lo que estás a punto de experimentar. Te deseo lo mejor, y ojalá que sobrevivas. Si es así, te pido que regreses. No conozco a nadie que haya sobrevivido. y... no me pagues. No quiero tu dinero. Mis cartas no valen nada frente a un condenado. -

Se levantó de su sitio. La mirada de la anciana era de una profunda lástima, esa mirada de las personas que saben que vestán viendo a alguien que pronto va a  morir, esa que tienen los que acompañan a los condenados y los sentenciados. No se despidió y se dirigió a la puerta. Quería salir lo más rápido de ahí. Tenía un gran sentido de urgencia por escapar, su cuerpo se movía más rápido que su razón con esa intención de poder sobrevivir. Su angustia se había incrementado significativamente. Quizás creyó erróneamente que la adivina aliviaría su angustia pero no fué así, solo la acentuó. Ese sentimiento de tristeza y abatimiento lo había acompañado ya desde hacía varios meses y no encontraba la manera de liberarse de él. No sabía que era lo que lo producía pero seguía ahí latente.

Llegó a su casa, se cambió. cenó algo ligero y luego se dirigió al cuarto de baño. Recordó que el foco se había fundido dos días atrás y había olvidado comprar un repuesto esa mañana cuando pasó por la tienda de la esquina. Se reprochó su olvido, -es la depresión- se justificó.

Frente al espejo, en penumbras comenzó a lavarse los dientes. Al escupir el agua para enjuagarse la boca sintió de pronto que la temperatura descendió drásticamente. Al levantarse para secarse la boca observó aterrorizado frente al espejo una figura deforme y retorcida. Los ojos vacíos y fríos. Una sonrisa despectiva y agresiva. El aire lo abandonó. Quiso gritar pero no articuló palabra alguna. Lo que veía en el espejo era horripilante. La adivina se lo había advertido pero nada lo había preparado para un encuentro así. Era la figura de un hombre, los ojos eran dos órbitas negras y profundas, los labios estaban descarnados e intentaban sostener esa sonrisa de desprecio. Su cuerpo se negaba a moverse, quería correr despavorido, huir de ese lugar, pero estaba petrificado, firmemente sujetado en ese lugar. Nada podía permitir que escapara de ese encuentro. Sintió de pronto la muerte. Era como una energía que se había sujetado a sus pies. Trepaba por sus piernas absorbiendo su halo vital. Sentía como se le iba la vida a cada instante y nada podía evitar que la muerte se lo llevara lentamente.

Tenía los ojos fijos en esa imagen proyectada en el espejo, parecía hablarle, retarlo, provocarlo mientras la muerte reptaba por su piel y avanzaba rápidamente por su cuerpo. Sabía que su objetivo era llegar al corazón. Cuando la muerte llegara ahí todo estaba perdido, nada podría hacer para evitar tener ese deceso doloroso y horripilante.

Recordó a la adivina, sus últimas palabras... -Solamente si logras verlo de frente, no morirte de miedo, y preguntarle claramente, Él, te responderá...-

Sabía que tenía solamente una oportunidad. Si lograba articular la pregunta podría alejar al diablo y a la muerte al mismo tiempo. Su boca seca no podía articular palabra, parecía atorada en ese grito no dado. La muerte ya estaba en su estómago, sentía los tirones y el estómago revuelto, los pulmones absorbían aire de manera alarmante, era un estertor de muerte. Su mecanismo de supervivencia logró sobreponerse y permitió que hablara en el último momento.

-¿Qué quieres de mi?-

El diablo soltó una estruendosa carcajada. La muerte se detuvo de súbito sin retroceder. La risa era espantosa, delirante en cierta manera. Apenas y podía respirar del terror que sentía. Escuchó una voz ronca, rasposa como una lengua que se arrastraba sobre su cuello y le taladraba los oídos. Era la voz del diablo que le hablaba.

-¿Qué quiero de ti?. Quiero todo de ti. Tus sueños y tus deseos, tus aspiraciones y alegrías, tu futuro. Quiero controlarte y hacerte creer que eres libre, que piensas por ti mismo y decides, susurrarte que Dios existe, decirte que creces y avanzas, que eres exitoso y conocido, casi famoso, atractivo, intenso, divertido, quiero hacerte sentir que eres especial y único, Que nadie es como tú, quiero que creas que encuentras la felicidad. Eso quiero de ti.

-¿Por tí no soy feliz?- preguntò nuevamente.

- Si. Por mi no eres feliz. Por que eres mío. Lo que te falta yo lo tengo. te he hecho creer que nada es suficiente, que estás incompleto, que algo te falta siempre para alcanzar esa felicidad infinita. ¿no me ves en los comerciales?, ¿en esa fàbrica de sueños que se llama publicidad?. Así me valgo de todo eso para fabricar mundos ilusorios, te muestro lo que te hace falta, lo que no tienes, asi te vuelves consciente de que necesitas más para ser feliz, acumular todas esas cosas que son inservibles. Y para cuando te das cuenta que todo eso no era la felicidad, es demasiado tarde, la muerte ya está sobre ti y apenas y tienes tiempo para arrepentirte de lo que no hiciste. Así es. todo es una ilusión. ¿decepcionado?. Esta es la realidad. Agradece que tuviste el valor para preguntarme, por eso te respondo. Nada de lo que tienes vale, nada de lo que tienes importa. pero seguramente tu mentecita retorcida volverá a insistir en que te falta algo, estás vacío y nada puede llenarte. Y ahí, cuando tu vocecita te diga que no es suficiente y quieras más, ahí es donde volveré a colarme y jugar con tus deseos y tus sueños. No eres nada si nada tienes. -

Una enorme tristeza comenzó a inundarlo. El diablo ya no parecía tan amenazante después de esas palabras. La muerte se escurrió lentamente por sus piernas simulando un líquido caliente y agrio. Quiso ver más de cerca al diablo, saber que habìa sobrevivido a su presencia, observar los detalles de su rostro. Sobrevino un estremecimiento mayor. El horror fué indescriptible. El rostro del diablo poco a poco comenzó a reconstruirse hasta verse a sí mismo.

El diablo estaba ahí, detrás de su rostro, oculto en su reflejo, el diablo era el mismo y nadie más.

Narcisa y Goldmundo...

Lejos del bullicio citadino observaba las luces a la distancia. Esos destellos de lontananza se acentuaban a cada aspiración del humo que se desprendía de ese cigarro lentamente consumido entre sus dedos. Sus pensamientos deambulaban discurriendo suavemente para poder asimilar lo que acababa de suceder. En su mirada se veía esa melancolía disrruptiva y provocativa que a Goldmundo tanto le provocaba.

Sentada y con las piernas recogidas, Narcisa se acariciaba suavemente las piernas. Su piel aún estaba húmeda. Sus piernas temblaban suavemente. Sentía que goteaba por todo el cuerpo mojando las sábanas que apenas la acogían y disimulaban su desnudez.

Goldmundo seguía acostado y con los ojos cerrados parecía dormitar, o quizás era una forma de procesar lo que acababa de suceder. Solo se escuchaba el murmullo de un grillo solitario en algún lugar del exterior.

Narcisa cerró los ojos lentamente. Suspiró hondo, profundo y apesadumbrado. Sentía los labios resecos.  La garganta le quemaba, el cuerpo le dolía, pero misteriosamente también tenía una sensación de extrema paz, estaba llena de una melancólica languidez. Su mente seguía divagando entre flashazos del pasado y el presente.

Sus párpados se abrieron lentamente para ver a un Goldmundo despreocupado y con una minúscula y cínica sonrisa con tintes de satisfacción. La culpa la asaltó de pronto. Se llenó de dudas, miedos, culpas históricas y culturales. Una oleada de desesperanza la invadió. Se sintió ultrajada, usada. Se había dejado llevar por aquél hombre que había logrado vencer todas sus resistencias para no caer... y sin embargo, por primera vez en su vida, había caído. su deseo había sido exacerbado de tal manera que su razón la había abandonado y su cuerpo, lleno de lujuria y de deseo, se había entregado sin condición.

-¿Cómo había pasado?- Se enojó consigo misma. -Soy una gran estúpida- se reprendió. - ¿Cómo pudo pasar?... me siento como...una gran puta... si, eso soy. Una gran puta-  Una lágrima pugnó por salir y recorrer su mejilla. La penumbra le arrancó un destello a esa solitaria gota de agua al emerger de ese remolino de sentimientos.

Suspiró nuevamente. Goldmundo parecía confiado y seguro, sin preocupación alguna. Se rascó la entrepierna descaradamente. -Es tan... primitivo... tan... corriente... tan imbécil... un neanderthal ¿Cómo?, ¿Cómo pudo ser?-

La melancolía la invadió. Su cuerpo parecía no responderle. Su mente quería seguir en ese estado de trance brutal pero su cuerpo reaccionaba de otra manera, se estremecía, renacía, pedía más. Quería volver a entregarse. Quería volver a desgarrarse y arder una vez más. Su mente se confundía ante ese sensual lardor que sentía nuevamente.

Las sensaciones la invadieron nuevamente con el solo recuerdo de lo que había ocurrido hacía unos cuantos minutos. Su cuerpo quería más, exigía y parecía estar dispuesto a traicionar su razón y sus prejuicios. Su cuerpo rogaba por volverse a entregar, ella se resistía lo más que podía.

Empezó a respirar más agitadamente, una embriaguez extraña se posesionó de ella, ansiosa por ese vaivén que la volvió loca, que le despertó los sentidos y agudizó las sensaciones incendiando su piel. Un hormigueo le recorrió las piernas hasta depositarse en ese vórtice que parecía querer absorber todo. Llenarse completamente de Goldmundo. Deliberaba entre lo que debía hacer y lo que quería hacer.

Sus manos se aferraban fuertemente a las sábanas en un intento inútil por defenderse y crear un escudo que la separara del deseo por Goldmundo que se mostraba displicente e indiferente.

Le había conocido semanas antes y le había llamado la atención su imagen seria y experimentada. Poco tiempo después se dio cuenta que era irresistible para ella. Su seguridad, ese erotismo que desprendía su voz y la calidez de sus manos poco a poco fueron mermando sus defensas. Días antes le había susurrado al oído que la deseaba. Jamás un hombre había sido tan atrevido y le había dicho algo así mezclado con un aliento afrodisiaco que se escurrió desde su oído hasta sus labios haciéndolos henchirse en un instante.

Su instinto le decía que estaba frente a un hombre experimentado. Conocedor de los secretos y de los deseos, de los misterios de la lujuria y el placer. Su razón le decía que se alejara, que no sucumbiera ante ese canto sensual y erótico. Pero parecía que siempre quería un poquito más, solo un poquito más. Al principio pensaba que podría controlarlo, que podría resistir. Pero poco a poco, lentamente, sin darse cuenta, comenzó a enredarse y dejarse seducir por esos tentáculos del deseo que ahora ya la habían hecho perderse en sus brazos. Ahora Goldmundo era una adicción sin control.

Narcisa se había logrado mantener inmaculada gracias a una férrea educación religiosa y familiar. Sus padres, orgullosos de su virtud y su elegancia hacían gala de su seriedad y ecuanimidad. Ahora sentía que los había defraudado. Su pecado original, ese vórtice como origen de su perdición, como símbolo de su razón, se había rebelado contra ella y sus principios para hacerla sentir mujer de verdad.

Narcisa ahora era otra, ahora había fluido sobre sus sentidos y había cruzado esa línea que separa a la niña de la mujer. Se sentía perdida por ese deseo que la incendiaba otra vez. Quería que Goldmundo la poseyera, la tomara y venciera todas sus resistencias, que la forzara para que así tuviera el pretexto de que se había resistido pero que Goldmundo con su fuerza, la había vencido y la había poseído. Quería que la tomara, que le hiciera el amor sin que ella pudiera defenderse, sin que ella pudiera ofrecer suficiente  resistencia. Quería entregarse sin entregarse, dejarse llevar nadando contra corriente, ser deseada para poder desear.

Sus labios temblaban, el oído se le agudizaba, sus sensaciones entraban en estados de múltiples dimensiones. No quería moverse para que el monstruo de mujer que llevaba adentro, ese monstruo animálico no tomara control de su cuerpo y la arrojara sobre el cuerpo de Goldmundo para hacer el amor una vez más.

Sus dientes mordieron el labio inferior. Dudaba. Se estremecía. su cuerpo se tensó decidido a actuar, su razón era ese delgado hilo que la mantenía en vilo en ese precipicio al cual cada vez estaba más cerca de arrojarse sin condición.

A lo lejos, las luces destellaban y la luna, como un gran disco, estaba dispuesta a menguar una vez más.

Soyuz

Nuestro perro, un pequinés llamado Dumbo nos había acompañado a mi hermano y a mi a comprar unas paletas de zarzamora. Él tenía 8 años, yo apenas 6 pero ya deambulábamos tranquilamente por las calles de la ciudad acompañados de ese pequeño perro de color miel.

Al regresar de haber comprado nuestras paletas vimos que Dumbo se metió a una casa que se encontraba abierta. Ninguno de los dos nos atrevimos a entrar para sacarlo. Comenzamos a chiflarle y a gritarle para que saliera.

De pronto escuchamos un gruñido furioso... pensamos que Dumbo había encontrado un gato o perseguía algo pues escuchábamos ciertos sonidos producidos por las uñas de un perro que corría apresuradamente.
Nosotros tratando de evitar que Dumbo estuviera haciendo destrozos en casa ajena nos sentimos nerviosos y comenzamos a gritar más fuerte.

En un instante, de manera surrealista, apareció un enorme boxer café con Dumbo entre los dientes. Lo agitaba furiosamente. Lo mordía en el piso, lo levantaba y lo volvía a agitar, para volverlo a azotar contra el suelo. Mi pobre perro se defendía como podía, chillaba, se agazapaba. Mi hermano y yo no sabíamos que hacer. Estábamos desesperados.  Paralizados ante la imponente brutalidad del perro que descargaba toda su furia con nuestro pequeño pequinés.

Recordé que tenía una pequeña navaja como llavero, decidí usarla. Saqué la hoja pequeña y reluciente decidido a defender a mi perro. Mi hermano me vio sorprendido ante mi respuesta. Quise acercarme pero el perro se agitaba furioso, podía ser mordido también. Al final, decidí arrojarle la navaja. De nada sirvió.

Durante instantes que parecían eternos mi hermano y yo presenciamos de forma dantesca como un perro furioso destrozaba a nuestro Dumbo.

La dueña del perro, sabiendo de la furia del animal salió presurosa y le arrojó un balde de agua caliente con jabón. Solo así, el perro soltó de sus fauces a Dumbo. Una vez que lo liberó, la señora nos indicó que tomáramos a nuestro perro y nos fuéramos pues el perro seguía furioso.

Mi hermano levantó a un Dumbo moribundo. Mis padres se lo habían regalado tres años antes. Lo llevamos a casa. Sangraba profusamente. corrimos lo más rápido que pudimos. Mi madre lo curó y cuidó pacientemente hasta que se recuperó. Pero jamás volvimos a sacarlo a la calle. Habíamos aprendido la lección.

Un año después mis papás me regalaron un maltés. Decidimos llamarlo Soyuz. Quizás por recordar el primer satélite ruso en el espacio, o quizás por que como era macho no se podía llamar Laika. Dumbo era de mi hermano. Soyuz entonces se había convertido en mi perro. Alegremente me recibía todos los días al llegar de la escuela.

Las vacaciones llegaron y con ellas mis primas. La dinámica de la casa había cambiado. Entre ires y venires buscábamos los momentos precisos para salir a la calle.

Mi mamá tuvo que ir con mi abuela y sus hermanas a misa, mi papá se encontraba en la fábrica. Teníamos prohibido salir. Sin embargo, como travesura, decidimos ir a la tienda de la esquina. Salieron mis primas, yo, atrás de ellas. Dejé la puerta abierta pues venía una de mis primas más pequeñas atrás de mí. Crucé la calle... Escuché un grito cuando llegué a la otra banqueta. Vi a mis primas que regresaban, me manoteaban, me hablaban.

Me volví en dirección de la puerta de entrada. Mi prima lloraba. Me acerqué. En la canaleta de la calle estaba Soyuz. La camioneta que se alejaba lo había atropellado impunemente cuando mi perro había salido atrás de mi para alcanzarme. Lo levanté lentamente. Sangraba profusamente de la boca. Apenas y se movía con un temblor casi imperceptible. Su pelaje blanco contrastaba con la sangre que escurría y se llevaba su vida. La columna estaba fracturada. Como pude lo metí a la casa. Mis primas regresaron. Comenzaron a llorar. La casa se convirtió en un caos. A mis escasos 7 años cargaba a mi perro moribundo.

A los pocos minutos me reconoció. Quiso lamerme la mano. Ya no pudo. Con un estremecimiento entrecortado y violento murió en mis brazos.

No sabía que hacer. Jamás había entendido lo que era la muerte y la pérdida, la pena y el dolor. Llamé desesperado a mi papá con la esperanza de que él supiera que hacer. Solo alcancé a decirle que lo habían atropellado.

Mi papá, sin saber a ciencia cierta que había pasado dejó el teléfono y literalmente corrió las 8 cuadras que separaban la fábrica de la casa en escasos minutos para llegar y enterarse... de que Soyuz había muerto.

Y si. Supo que hacer. Tomó a Soyuz, lo metió en una bolsa y desapareció con él para luego regresar con las manos vacías y decirme que ya había sido enterrado en algún lugar desconocido al cual, por supuesto que quise ir, pero jamás me dijo en donde lo enterró.

Actualización 23 de marzo 2012

Un día después de escribir este post circulaba en la noche por una de las avenidas de Santa Rosa Jaureguí. Alcancé a ver un pequeño maltés color blanco que tenía  un suéter verde caminando despreocupadamente por la calle. Parecía estar acostumbrado a caminar debajo de la banqueta como un perro callejero. Recordé lo que había escrito. En cuestión de segundos apareció una camioneta en sentido contrario, venía despacio, el perrito se descuidó. La camioneta lo atropelló. El perrito chilló y salió corriendo con una pata lastimada. No pude detenerme para ayudarlo. Seguí viendo como renqueaba y chillaba hasta desaparecer detrás de unos autos.


Al regresar por la misma calle 15 minutos después, en sentido contrario, lo encontré. Estaba sobre la banqueta, sangrando profusamente y lamiéndose la herida. Tenía estallamiento de vísceras. Era cuestión de minutos para que falleciera. 


Ahí, a su alrededor, estaba una pareja indecisa sin saber que hacer. No era de ellos pero lo habían encontrado. Ella quería ayudarlo, él la veía con duda y estaba apresurándola pues se notaba que no quería involucrarse. 


Más tarde volví a pasar por ahí. Solo quedaba la mancha de sangre en la banqueta como recuerdo de ese pequeño y alegre maltés que horas antes había sido atropellado por una camioneta. 


Nuevamente reviví esa angustia y esa tristeza de ver lo que no vi ese día, el cómo atropellaban a mi perro. Mi pequeño Soyuz...



Un día cualquiera...


Piensas y te debates. Te inquietas. Parece que el sol que te pega en el rostro te invita a seguir. Estás ahí sin hacer nada, sin cambiar. No es que estés cómodo, es que te has acostumbrado a estar ahí doliente, rumiante, ausente.

La mirada perdida, la sonrisa estudiada. ¿Qué puede pasar en el mundo en donde nada pasa y todo pasa?, ¿es así?. ¿sin nada que mueva o altere, cambie o se transforme?.

Estás perdido. Te buscas sin el ánimo real de encontrarte. Es tan difícil encontrarse cuando toda tu vida y tu mundo se han encargado de conformarte. ¿esencia? ¿esa es la palabra? Si. esa es. Tu esencia parece recargada sobre el espacio olvidado de tu alma. El mundo ha sido construido a través de necesidades. Esas palancas de deseos y satisfactores que hacen que el mundo se mueva, se transforme y avance. No quise usar la palabra evoluciona por que creo que es demasiado grande para explicar el pírrico desarrollo del ser humano. Y ahí estás. Tan indiferente. Como un espectador que apenas y se percata de lo que sucede frente a sus ojos. Esa alegría y explosión de vida y de cambio perpetuo. No. Prefieres encerrarte en esa concha protectora. En esa aparente estabilidad con un equilibrio raquítico.

Cierras los ojos por un momento. No quieres ver el sol que de manera intermitente te ilumina el rostro y luego se oculta tras las sombras. A veces sientes que el tiempo pasa impelido por una prisa mayor a la que tu tienes por existir. Parece que te empuja, te obliga a cambiar de sitio.

Los colores brillantes que se mueven frente a tí de manera errática e impredecible te sacan de tus cabilaciones. Te gusta ahondar en tus profundidades, perderte en desvaríos multitudinarios, ver sin ver, estar sin estar. Proceder a la desconexión de la realidad para no sentir aunque fuera un poquito. Tienes el corazón tan comprimido que apenas y sientes una punzada cuando ves tu reflejo en ese vidrio que tienes frente a ti como ese escaparate de la vida. Los movimientos intermitentes que se mezclan con ese vaivén en el que estás metido. una circularidad agobiante, apabullante, reiterativa.

Escuchas voces, gente que entra y sale, te empuja, te obliga a cambiar de sitio, pero tu permaneces incólumne, estoico, procuras moverte con esa masa informe que se mueve y se desplaza bajo ciertos principios incomprensibles para las leyes del caos y la probabilidad.

Los olores se entremezclan, perfuman los espacios, los apestan y enmancipan, los develan. Tu. Sigues ahí. Absorto y perdido en el tiempo y el espacio. ¿hasta cuando pararás?, ¿hasta cuando dirás basta? ¿habrá algùn momento en el que tomarás valor para hacerlo?

Dentro de todo ese barullo y ese ruido que se escucha diáfano y borroso, la voz clara y sonora que te llega de golpe y te saca de tu trance:

"Próxima estación: Cuicuilco"... luego tres tonos intermitentes... la puerta se abre... y tu bajas para continuar tu camino en la realidad...

Luces de Bohemia para Elisa...


La tarde lluviosa y melancólica es apenas iluminada por esa repetición de faroles que de forma diáfana ahuyentan los espacios de los que buscan, adueñarse a cualquier precio, las sombras que vienen acompañadas por la noche.

Mi cuerpo entumecido y temblante del viento que recorre sin piedad los contornos y los resquicios poco cubiertos. Cobijado con esa gabardina que aparenta ser más una capa que un cobertor, camino apresuradamente por la banqueta tratando de resguardarme de la lluvia que se precipita indolente hacia la tierra con más prisa que ansia.


Las luces tenues y los movimientos de los autos apenas y dan puntos de referencia para guiarse entre las banquetas y los transeúntes que se aprestan para llegar a algún lugar de resguardo.

Levanto la vista y de pronto me estremezco. Ahí estás saliendo de la academia, cargando en una mochila tus cuadernos y libros. Brincas de un lado a otro esquivando los charcos del agua. Llega a mi mente esa canción de antaño que habla de patosos caminares. Durante años jamás había entendido esa frase hasta que te ví saltar de un lado al otro con los talones para evitar que el agua entre por la punta de tus zapatos. Una descarga recorre mi cuerpo al ver tu silueta tambaleante y tu cabello humedecido que pregona entre esa lluvia diluvial el refugio del deseo contenido.

Escucho detrás de mi a alguien que me llama por mi nombre: ¡Julian!... ¡Julián!... hago caso omiso como si no escuchara esas palabras. Puedo perder la concentración de este momento mágico de verte saltar entre los charcos como un ángel que toca apenas el suelo para caminar.

Tu piel blanca contrasta con las sombras que al verte quieren recorrer tu silueta para jugar con los contrastes y las luces para hacerte más reluciente y relumbrante. Volteas a ver fugazmente hacia atrás. Apenas y me ves. Veo tu sonrisa juvenil, esos dientes que rememoran luces de bohemia destellan con su aparición y distraen a las sombras que se quedan sorprendidas ante tus labios fulgurantes.

Apresuro el paso, quiero darte alcance. Esta vez doña Inés se volverá nuevamente don Juan. Ahora, con el tiempo, a sabiendas del final, aún nervioso, me pregunto: ¿Dónde?, ¿cómo? Y ¿cuándo? Se ataca a una puberta en flor. Vaya. Otra vez esa sensación de un dejavú. Algo ya vivido. ¿O es otra vez esa canción que regresa a mi nuevamente?. Me muevo apresuradamente tratando de adivinar tu próximo movimiento. Vas tan rápido que apenas y puedo mantener el paso, la ligereza se pierde con la edad, es esa pesadez propia de los años que buscan siempre mantenernos con los pies en la tierra olvidando así como es el volar por los sueños.

El corazón se me desborda, palpita desenfrenado. No se si es la juventud que regresa a mi o ese preámbulo de un infarto por la agitación de tratar de alcanzarte. Mi cuerpo ya húmedo se rebela, se estremece, más por el temor a tener un resfriado que por el deseo genuino de claudicar.

Vuelves a voltear hacia atrás, ahora te percatas de que estoy ahí. Tus ojos destellan misteriosamente. Pierdo por un momento el piso, resbalo. No esperaba algo así. Trato de recuperar la compostura dignamente, volteo a verte nuevamente pero has continuado tu paso apresurado. Aún resplandece en mi mente ese destello de tus ojos. Parece que te diriges a un café.

Nuestra loca carrera parece más una danza acompasada que una persecución, esa interminable cacería del coyote para atrapar al correcaminos que nunca puede alcanzar pero que perpetuamente, impelido por el instinto, busca atraparlo con el simple fin de poseerlo.

Veo que entras al Starbucks. Te sacudes la ropa. Llego yo minutos atrás de ti, sonríes, me abres la puerta y me dices: -¿Porqué no me invitas un café?-

Llegamos a la barra. Mi cabeza aún destila agua. Me miras fijamente con esa mirada misteriosa de las mujeres que dicen todo y no dicen nada, ansiando escudriñar mis pensamientos y mis motivaciones, aunque claro está, eso ya lo sabes o al menos lo intuyes. Pides un capuchino, yo, un chocolate caliente. Mi cuerpo me lo pide, es más, me lo exige. Pago sin chistar. Tú desinhibida caminas hasta un sillón desocupado y te sientas esperando que yo haga lo mismo.

Me siento. Sonríes misteriosamente. Yo, lastimosamente trato de esbozar también una sonrisa que siento falsa pues durante años he fingido la frívola sonrisa de negocios y amabilidades propias de los empresarios y las oficinas. Sorbes un trago de café sin quitarme los ojos de encima. Quisiera encender un cigarro para sentirme más seguro. Recuerdo que ya años atrás dejé de fumar por lo que me siento atrapado frente a ti. Por fin rompes el silencio y decides hablar.

Hablas fluidamente sobre tu día y tus exámenes, me platicas de Jessica, tu mejor amiga y su propensión por los hombres tatuados. Me preguntas si tengo algún tatuaje, antes de que te responda me pides que te lo enseñe. Me disculpo, no tengo ninguno. Luego me pides que te platique algo. Me quedo mudo. Nada puedo platicarte más que las tribulaciones aburridas del trabajo. Prefiero hablar de la lluvia y del café. Trato como un loco en la cornisa, algo de equilibrio para mi y dignidad ante mi sorpresa de sentirme fuera de lugar. Creí que con el tiempo y la sabiduría que dan los años, podría manejar una situación así. Me doy cuenta que no, me intimidas, me sorprende tu seguridad y desenvolvimiento. Tu sonrisa y afabilidad. Frente a ti parezco un ser huraño y anacoreta.

Terminas tu café. Sonríes maliciosamente. Muerdes el borde del vaso de café de manera coqueta y divertida. No dejas de verme. Me estremece esa fijeza de mirada y esa seguridad. Se desbordan los minutos de ese escote que deja entrever tus pechos diminutos. Pienso, siento, reacciono.

-Son las siete y en mi casa cenan a las diez, ¿quieres quedarte aquí o salir a nadar como un pez?-

Estupefacto. Paralizado. No supe que decir. Me quedé absorto en esos ojos, perdido en mis tribulaciones. En las cosas de la oficina, en el día a día, en los pagos y las deudas, en mi jefe y la renta, la letra del auto, el resfriado que podría darme, en los $750 que traía en la cartera y si me alcanzarían para ir a un motel o tendría que pasar al cajero por más dinero, ¿una farmacia?, ¿qué se hace en estos casos?...¿Me estará diciendo algo o simple y sencillamente quiere que me vaya?, ¿no estaré demasiado viejo para ella?, ¿no se sentirá mal al ver un cuerpo ya curtido y pasado de tiempo, con las carnes flácidas y resecas? ¿Tendrá más de 18 años? ¿no podría tener un problema legal?, ¿y si quiere un riñón? ¿no me irá a asaltar?... ¿tendrá un cómplice?... ¿será así de fácil que se acueste con cualquiera?...

Así en vez de ser Luces de Bohemia para Elisa, se tornó todo en Luces de Nostalgia mi… Nada. Nada me había preparado para eso ni para la ola de sentimientos que vendrían después…


Hércules...

incredible-hercules-20080129025233654_640w.jpgSiempre creí que era hijo de dioses. Me decían que mi padre era Zeus y mi madre, una reina llamada Alcmenea. Crecí en un mundo seguro y predestinado. Lleno de comodidades. Estudié en las mejores universidades y siempre, a mi alrededor, era loable mi gran fuerza y mi energía en todas las cosas que emprendía.

Llegué a esta tierra para triunfar, para ser ese héroe de todos los sueños de los padres y de los padres de los padres. La imagen perfecta de los logros y de una vida ideal, propia de un integrante del Olimpo. Lleno de reconocimientos, logros y destacando en todas las empresas que emprendía.

Al terminar la universidad, con las expectativas puestas en mi y en mi futuro, decidí entonces luchar contra centauros e hidras. Necesitaba practicar, ser el mejor, luchar hasta vencer. Poco a poco fui avanzando en el camino de los logros, cada vez mayores los desafíos, los retos, las metas alcanzadas.

Conocí a Mégara. Esa princesa que logró conquistarme, mostrarme que no todo es fuerza y bestialidad. Inició pues comenzar una vida estable. Propia de los sueños construidos por generaciones y sociedades vigentes y posmodernas.

La vida comenzó discurriendo pues, con esa algarabía propia de los sueños y las realidades... Hasta que Hades desató a los titanes...

Día a día comenzó la lucha interminable. Los desafíos, las victorias y los fracasos. Por la noche, al volver a casa, cansado, abatido, pensando que una vez más los titanes habían sido vencidos, llegaban a mi las pesadillas, los quebrantos, los deseos poco a poco mancillados de que fuera ese día la última lucha final para poder al fin descansar. Pero los titanes por la noche volvían a recuperarse, fortalecerse, incólumes y listos para la siguiente batalla.

Al principio la costumbre y la rutina aletargaron el desafío, la lucha interminable. Pero el tiempo pasa y es inexorable. El cansancio es latente, el desgaste presente, la rutina agobiante. Las manos cansinas, los ojos llorosos, las piernas temblantes.

Lo que me consuela por las noches es pensar en Prometeo. Ese pobre iluso que lucha todos los días por tratar de llevar el fuego a los suyos aún a costa suya. A pesar de ese esfuerzo, él está encadenado sin poderse mover. Una gran águila se alimenta de sus entrañas siempre y sin piedad. Prometeo entrega su vida y su cuerpo para poderle dejar algo a su descendencia... Aunque sea solamente el fuego y algo de saber...

Yo no puedo tanto. Prometeo piensa que es un titán, yo creo ser un semidiós. Aún así, trato de vivir mi vida lo mejor que puedo, luchar contra los titanes todos los días, regresar a casa abatido y cansado.

La vida pasa, se va. Se escurre por entre los calendarios intermitentes que marcan los días y me recuerdan que los días pasan y se quedan. Cronos, es inexorable y pronto, el señor Hades lanzará su último desafío. El Tártaro pues, comenzará a recibir todas esas almas de Prometeos y Hércules que han sido seducidos por las promesas y los sueños inalcanzables de una posición en el Olimpo. Caronte sonreirá complaciente cuando nos vea llegar sin nada más que una moneda para poder cruzar el río de las almas, sin nada más que unos cuantos centavos logrados con una vida de sacrificios y luchas interminables. Creíamos ser titanes y semidioses... Sonreirá pues sabrá que no éramos más que simples mortales soñando en alcanzar el Olimpo.

¿En realidad podremos alcanzar el Olimpo? ¿Pertenecer a esa raza de dioses inalcanzables, acomodados, con sus realidades y futuros solucionados? ¿Ser de esos elegidos que solo poseen lo mejor y lo más deseado? ¿O seguiremos luchando hasta el cansancio sin lograr avanzar más que unos cuantos metros en la montaña para alcanzar el Olimpo?

¿Hasta cuando nos daremos cuenta que la vida mortal tiene sus encantos, sus ninfas y nereidas, sus sirenas y sus sueños? ¿hasta cuando seguiremos con ese sueño falso y siempre perseguido de los dioses del Olimpo?

Los titanes no tienen fin, los cíclopes siempre regresan, se restituyen, las hidras se refuerzan, son esquivas y dañinas. Y el tiempo pasa, la lucha sigue, y seguimos perdidos en ese deseo por llegar a ese lugar que jamás alcanzaremos. Y ya viejos y abatidos, aburridos de tantos titanes y luchas perdidas, nos daremos cuenta que ese Olimpo era solamente una ilusión social, un paradigma cultural. Esa imagen ya borrosa por nuestros ojos llenos de miopía se difuminará junto con nuestros sueños e ímpetus por querer ser alguien en un mundo sin sentido.

Algunos se conformarán con un Pegaso volador, criado y cuidado con esmero, como ese símbolo de haber alcanzado algo y creer que se puede volar por encima de los demás que se arrastran lastimosamente hacia la lucha con los titanes. Quizás algunos logren ver un poco más allá gracias a sus caballos alados. Pero su cansancio y el tiempo se encargarán de demostrarles que de nada sirvió llegar hasta ahí.

Veremos a muchos Prometeos tratando de construir algo y legar algo a su descendencia para que puedan continuar con esa lucha eterna y quizás, algún día, los nietos de los nietos, si luchan sin cesar, alguno pueda escapar de la maldición de ser humano y llegue a las puertas del Olimpo para ser recibido con beneplácito por la corte real de Zeus. Mientras tanto, generaciones y generaciones de Prometeos y de Hercules lucharán sin cesar para poder avanzar un poco más y dejar esa posición a su descendencia.

Hoy al menos, yo quiero detenerme y pensar. Darme cuenta que no poseo una vida Hercúlea, soy humano y nada más. Me han hecho creer que soy hijo de Zeus, que puedo vencer a los titanes para poder al Olimpo llegar. Ahora ya no se si es verdad...

Epifanía de una prostituta

La noche era fría. Las piernas le dolían de tanto estar parada en esa esquina con ese vestido tan corto y escotado. Acababa de apagar con la suela de su zapatilla el último cigarro. Trataba de resguardarse del viento frívolo que le recorría el cuerpo sutil pero insistentemente colgándose de su silueta como una capa roída y ligera ante el silencio de la noche.

Sus labios rojos develaban su candor olvidado. Ese carmesí simulado de los labios arrugados de tantos desagrados ante esos clientes que iban y venían pero que jamás se quedaban. Estaba cansada. Pero no cansada por la noche, sino cansada por tantas noches de tenerse que parar en la misma esquina bajo ese farol diáfano que descargaba sobre ella de forma cenital esa luz mortecina y misteriosa que la hacía verse oculta, distante y provocativa.

Aquellas poses de modelo aprendidas de la televisión ya no funcionaban con los transeúntes ni tampoco con los automovilistas que apenas y se percataban de esa figura aparentemente esbelta disimulada en ese rincón olvidado por Dios.

Su cuerpo, antaño formado por sinuosas curvas y contornos ahora eran ocupados por rellenos y rebases de carnes flácidas y abultadas, -como tamal mal amarrado- se apretujaba en ese vestido desgastado por tantos vaivenes al suelo, o en el mejor de los casos, en el sillón o encima de la cama que era testigo mudo de esas noches anodinas y vacías, tristes y carnales.

Zulema. Ese nombre artístico que había recibido como don divino de aquella matrona que la introdujo en los azares y placeres de los bajos mundos de arrabal y candomblé, ahora sonaba aburrido y sin ese brillo lustroso de las voces ardientes de deseo y lujuria ante un micrófono que anunciaba su aparición en una pista de baile matizada con luces de colores, sonidos estruendosos y fanfárricos, anunciantes de su pronto acto de sensualidad desbordante y candente ante la cadencia y sutileza de la música reverberante con la energía erotizada y animálica de los ahí presentes.

Aún, en las noches cálidas y serenas de verano podía escuchar entre sueños las voces de aquellos hombres desconocidos para ella, que pronunciaban su nombre como una manera de enaltecerla y ensalsarla hasta la locura desbordante de lujuria laberíntica y poseedora de todo lo carnal.

Cerró los ojos. Trató de evocar ese instante preciso en que Walter le había propuesto matrimonio y ella lo había rechazado. Se arrepentía enormemente. Su consuelo: dos días después Walter había fallecido en una pelea de cantina acuchillado por un militar. Le había truncado la vida a ambos. Quizás ese fue el inicio de su caída, el principio de la decadencia.

Ahora, cansada y aburrida, sin brillo y cargando a cuestas un gran pasado, una pregunta le rondaba desde el fondo de su corazón: -“Y al final ¿valió la pena esta vida?“-

Sus piernas comenzaron a temblar. El estómago se endureció suavemente, su respiración se detuvo. Los ojos comenzaron a incrementar su brillo ante el inminente surgimiento de las lágrimas que comenzaron a brotar. -¿Ha valido esta vida?, ¿Ha servido de algo?-

Un auto lujoso y potente se aproximó rápidamente hacia donde estaba ella. Sintió de pronto un impulso atroz por arrojarse a ese auto y sentir el golpe lleno y seco sobre su cuerpo. Terminar de una vez por todas con ese sufrimiento tan insoportable, ante el vacío de su vida absurda y sin sentido. Por un instante pudo vislumbrar de golpe, todos los rostros de aquellos hombres que habían compartido su lecho. Pudo verlos a todos y cada uno de ellos. Desnudos. Inseguros. Temerosos. Aparentando liviandad y desenfreno... Pero más allá de esas figuras reconocibles y desconocidas pudo ver sus historias, sus vacíos y sus miedos, sus tristezas y sus melancolías, sus frustraciones, dolores, carencias y represiones...

La luz que caía tristemente sobre su cuerpo comenzó a cambiar de intensidad, esa luz, en vez de ser absorbida por el cuerpo de Zulema, era reflejada cada vez más intensamente, la luz se desdoblaba y se convertía en un manto que emanaba una luz brillante y dirigida. Una energía recorría el cuerpo de Zulema de forma continua y cada vez más presente. Sus ojos se abrieron, se hicieron más claros y vivaces. Un impulso lento pero inexorable comenzó a determinar la dirección que debían tomar sus labios para esbozar una gran sonrisa. En ese preciso instante se dio cuenta que ella había trascendido a todos esos seres que la habían acompañado, se dio cuenta de que siempre había estado acompañada, había compartido instantes con una infinidad de seres igual de vacíos y tristes que ella. Pero que al final, cada uno de ellos había dejado su historia a su lado. Ella recolectaba esas miserias, las aquilataba como diamantes en bruto. Escuchaba miedos, confesiones, deseos prohibidos. Ella se había transformado en tantas mujeres, en tantos deseos y tantos sueños que al final del tiempo, ella estaba más llena de historias y deseos que nadie más.

Quizás las mujeres de aquellos hombres furtivos solo tendrían un hombre en su vida. Un hombre aburrido y cansado, abatido y melancólico. Ella tenía uno o dos distintos en una noche. Se llenaba de ellos, de sus sueños y sus deseos.

Ella, que creía que estaba vacía y sin sentido, de pronto se dio cuenta que estaba más llena que nunca. Llena de deseos y voluptuosidades. Sabía lo que era ser deseada todas y cada una de las noches de su vida. Sabía lo que era transformarse en esa mujer que muchas quisieran pero que muy pocas se atrevían a serlo. Se llenó de personajes actuados en la cama como una gran actriz que sabe adueñarse de un personaje e improvisar, tuvo veinte mil nombres, fue Mata Hari, Scherezada, Mónica Lewinski, Xaviera Hollander, Pretty Woman y hasta la princesa Diana. Fue todas y ninguna, fue amante y virgen, hermana y prima, cuñada y amiga, madre e hija, fue olvido y recuerdo, novia puritana y amante furtiva, fue cielo e infierno.

Su vida pasó en un instante. Descubrió que tenía un propósito en específico, una misión que cumplir y que ahora, en ese preciso momento, había sido iluminada. Había descubierto que al fin podía descansar. Había terminado con su misión y ya podía entonces detenerse y sentirse satisfecha con su vida.

Si. Su vida había valido la pena vivirse.


...................


A pesar de que la ambulancia tardó menos de 10 minutos en llegar al lugar del accidente Zulema ya había fallecido. El conductor seguía en shock balbuceando con un sonsonete aterrador: “ella... ella simplemente brincó sobre el auto.... brillaba como una gran luciérnaga... como si tuviera luz propia...“

Los 13 minutos...

Abres los ojos de golpe. Volteas a ver el despertador pensando en que otra vez éste no sonó o inconscientemente lo apagaste. Llevas días o quizás meses sin poder dormir bien. Sientes ese golpe del corazón. ese despertar violento, casí brutal a la realidad. Ves el reloj...aún tienes 13 minutos. Cierras los ojos para aprovechar ese mínimo tiempo para descansar. La alarma aún no ha sonado.

Volteas a ver a tu lado. Ahí está tu pareja durmiendo. Cierras los ojos otra vez y suspiras. Tu mente comienza a funcionar o quizás está funcionando desde antes de que despertaras... sientes un cansancio inmenso que te invade todo el cuerpo. Te das cuenta que tu mente no ha dejado de funcionar desde hace tanto tiempo que tu cuerpo te reclama un poco de paz. La rutina es tan agobiante que sientes que ya no puedes más. Tarde o temprano te quebrarás y no podrás seguir.

Quieres silenciar tu mente. Dejar de pensar por un momento, al fin y al cabo solo tienes 13 minutos antes de levantarte. Pero tu mente se rebela, no te lo permite. Te resistes, intentas obligarte a no pensar en nada. Pero tu mente es indomable. Ahora comienza a proyectarte una serie de visiones de tu realidad.

Sientes a tu pareja al lado. Dudas. Te cuestionas si esa persona de al lado era lo que esperabas. Era ese ideal que habías construido. Suspiras. No. No lo es. Quizás no es lo que creíste que debías tener pero ahí está a tu lado. Con todos sus defectos y todos sus quebrantos. Te das cuenta que es lo que tienes, que es lo que te tocó. Nada puedes hacer más que aceptarlo. Una sensación desagradable se manifiesta en tu estómago. Te rebelas. Sabes que si no estuvieras de acuerdo ya te hubieras ido de ahí. Pero no. Algo pasa. Algo sucede que te mantiene en ese lugar con esa persona. ¿te resignas? ¿lo aceptas?... te consuelas. Buscas en tu pasado algún resquicio de amor que te haga sentir aunque sea un poquito. Para así no perderte un poquito más. La tristeza comienza a reptar por tus piernas... quieres evitarlo. Quieres detener el avance inexorable de esa sensación brutal...

Piensas en tus hijos. En esos seres que forman parte de ti. Sabes que los amas. Pero quizás, solo quizás, en un chispazo de locura piensas que talvez era mejor que los hubieras tenido con otra persona. Pero... no fue así. Esa es tu realidad, esa es tu verdad. ¿porqué sigues entonces ahí? ¿no es algo que construiste con tus decisiones? ¿porqué lamentarse ahora?

Tu pareja se mueve, se da la vuelta. Sabes que pronto se despertará. Ves de reojo el reloj. Te quedan 7 minutos. Piensas en el amor puro y entregado de la adolescencia. Crees que es algo que perdiste, que ya no volverá. Crees que así deberían ser todos los días de tu vida: pintados de colores, llenos de emociones desbordantes y sonrisas perpetuas... -"En el Shangri-la"- pensarás y luego sentirás ese leve movimiento del labio que en complicidad contigo manifestará estar de acuerdo con tu ironía. Pero sentirás instántes después que la tristeza avanza sobre tu cuerpo más rápido pues quiere alcanzar tus ojos para desbordarse en forma de lágrimas. ¿porqué no pueden ser así tus días? ¿como esas películas de felicidad eterna y amores intensos como las que te gustan?. Te das cuenta que tu realidad es otra. Pero...eso lo decidiste tu ¿verdad?. ¿entonces porqué no es tu ideal? ¿te engañaron? ¿alguien te mintió? ¿te drogaron?... No. Es solamente responsabilidad tuya. Tus decisiones.

Te das la vuelta. Te angustias. Sientes una gran opresión en el pecho. Quieres gritar. Ahogas tu grito. Uno más de miles que no han escapado. ¿Porqué entonces sigues ahí? ¿qué es lo que has hecho?... Te das cuenta de que tu pareja puede tener los mismos sentimientos y resentimientos que tú. La misma culpa y el mismo dolor. La misma resignación...

Surca por tu rostro una lágrima... la tristeza te ha alcanzado al fin... Te resignas... Pronto los niños se despertarán y comenzará la revolución. No tienes tiempo para ti, para tus sueños, para todo lo grandioso que pensaste que serías y crees que ya jamás lo serás...

Tu corazón late más fuerte, con más furia... parece que se quiere desbordar, que se romperá... Se abre una sutil ventana. Tu mente se silencia por unos instantes. Hay una luz fuerte que te ilumina...Tu corazón no se iba a romper ni se desbocaba. Queria hablarte. Decirte algo sin palabras. Sin lógica.

40 segundos antes de que suene el despertador te estremeces. Has tenido una revelación. Te das cuenta que tu corazón es más fuerte de lo que creías. Te decides. Te propones cambiar tu vida, tu entorno, tu realidad. Depende de ti y de nadie más. Decides transformarte, cambiarte, reinventarte. Solo depende de tí. El mundo no está en tu contra. Solo tienes que aceptar que esta es tu realidad y que cambiando tu cambiará tu realidad. Aceptas que el amor no existe, lo construyes y edificas con el tiempo para que exista y sea fuerte...

Suena el despertador... Por primera vez en muchos años te entusiasma que inicie un nuevo día y tu ser partícipe de él...

1988 Diciembre 13

Quizás lo más atípico de ese día había sido que, como 12 de diciembre, todos en la casa habían salido menos yo. Me había quedado en casa después de un altercado con mi papá. La pared del pasillo que conduce a la cocina tenía una mancha por el paso y el tiempo. Mi papá había sacado una brocha y había pintado sobre esa mancha tratándola de disimular, pero ésta había quedado peor. Le reclamé.

- Si no te gusta, entonces píntala tú- Me espetó luego de decirle que se notaba el resane.

Le tomé la palabra. Agarré el bote de pintura, una brocha y me puse a pintar todo el pasillo. Por la tarde me había dado cuenta que había terminado y seguía con ese impulso por seguir pintando. Me seguí literalmente hasta la cocina. Mis padres habían salido a una comida y mis hermanos estaban en algún lugar. Mi hermano prodigio había exentado todos sus exámenes por lo cual había regresado días antes de que terminaran las clases y estaba con sus amigos divirtiéndose.

Por la noche, al llegar mis padres a casa, se sorprendieron al ver todo pintado. No me percaté del estremecimiento extraño de mi papá al entrar en ese pasillo y ver todo pintado por mi. Yo tenía 16 años.

Eran las nueve de la noche. Había terminado por ese día y me disponía a cenar. Curiosamente mi papá quiso acompañarme. Estuvo conmigo en lo que me preparé unos “huevos al albañil“. mis favoritos en esa época. Pacientemente estuvo en el comedor en lo que yo terminaba de cocinar y me acompañó a cenar. Poco recuerdo de esa conversación. Quizás rondó sobre la pintura y mis malas calificaciones. Yo no era tan prodigio como mi hermano mayor, el primogénito... el favorito.

Al terminar, nos fuimos a acostar. En el umbral de las escaleras me despedí de él. El me miró extraño, como distante, absorto en un mundo alterno. El brillo en sus ojos era opaco, quizás apesumbrado. Luego me besó y me dijo casi como un suspiro, casi como un suplicio:

- Gracias Paquito, Gracias hijo. Que dios te bendiga-

Sonreí. Lo abracé y le di un beso. Dos días antes había estado en mi cuarto hablando conmigo sobre mis dos materias reprobadas, después de haber hablado conmigo, bajó diciendo casi las mismas palabras:

- Gracias hijo, gracias por estas calificaciones-

Pero ahora el tono era distinto, lejano, displaciente, reconfortante en sí. Para mí era como una brisa fresca después de la tormenta de mis calificaciones y desempeño fallido en la preparatoria.

Me subí a dormir. Mi hermano ya estaba casi dormido. Mi hermana había subido enojada con mi papá. Aún no recuerdo porqué.

......

7:19 am Diciembre 13, 1988

Mi hermana entra a mi habitación. Misteriosamente la percibo antes de despertar. Siento como llega con paso vacilante, bloqueada, ausente. Se para en el umbral de mi cuarto, abre la puerta y dice casi como una sentencia abyecta:

-Mi papá se murió-

Mi cuerpo reacciona antes que yo, brinco de la cama aún dormido. El tiempo se expande, veo el salto de mi hermano al mismo tiempo que el mío, veo como danza y arroja la cobija al suelo aún con la cara de extrañamiento igual que la mía. Solo alcanzamos a decir:

-¿Dónde está?

Señala hacia las escaleras. Los dos nos precipitamos. Procuraba ir más lento que mi hermano, no quería llegar o más bien quería que él llegara primero. El pasillo se me hizo eterno, infranqueable. Corrí lo más rápido que pude detrás de mi hermano sin darnos cuenta que dejábamos atrás a una niña de catorce años  estupefacta y en estado catatónico.

En esos segundos que tardamos en llegar comencé a escuchar el llanto de mi madre. Pero, en sí,  no era llanto, era una especie de aullido profundo, desgarrador, aterrador. No entendía que pasaba, quería despertar de esa espantosa pesadilla.

Mi hermano fué el primero en llegar. Cuando mi madre escuchó que llegábamos le gritó que fuera por un doctor, que corriera. Mi hermano se dió la vuelta y salió disparado por las llaves para llevarse el auto. Mi hermana había salido por la puerta principal armada con su mochila y su gran pesar convencida de que debía ir a la escuela a como diera lugar. se había ido caminando como autómata, desconectada de la realidad que estaba viviendo.

En un instante me dí cuenta que estaba solo con mi mamá. Tenía que confrontarme. Saber que había pasado.

Encontré a mi madre llorando desconsolada, deshecha. Mi padre al lado sentado junto a ella. Veía a mi madre sosteniendo a mi padre, trataba con su bata verde de enjugarle el rostro como si de Cristo bajado de la cruz se tratara después de la pasión. Lo más impactante fué ver el rostro de mi padre y sus ojos aún abiertos. Su mirada fija en mí emanaba un destello extraño, sus pupilas parecían brillar misteriosamente. Su rostro emanaba paz y su boca esbozaba una misteriosa sonrisa que me recuerda a la enigmática sonrisa de la Gioconda de Miguel Ángel. Todo su rostro parecía decirme: “No pasa nada, todo está bien, todo estará bien“. Por un momento pensé que mi madre exageraba. Que mi papá estaba bien y que nada había pasado. Hasta que tomé conciencia de la situación y los hechos. Todo había pasado. Nada había que hacer.

Tocaban la puerta insistentemente. Eran dos empleados que debían entrar a las siete de la mañana. Eran siete treinta y no les habían abierto la puerta. Salí corriendo. Abrí la puerta. Eran el chofer y el ayudante de una de las rutas de distribución. Les dije secamente:

-Mi papá está muerto ayúdenme por favor-. Su rostro se transformó, se pusieron lívidos. Entraron conmigo para llevar a mi papá a su recámara. Lo cargaron, yo le sostuve la cabeza todo el trayecto para que no se lastimara. Lo acostaron en su cuarto, en su cama. Ahí en donde había dormido por la noche y aún permanecía el calor de su cuerpo.

A los pocos minutos llegó mi hermano con un médico, luego, no se de donde, llegó otro. Revisaron signos vitales, analizaron la situación. El doctor solamente dijo:

- Lo siento mucho, no hay nada que hacer-

El mundo se derrumbó. No sabía que pensar, que sentir o decidir. Me acordé de mi hermana. Salí de la casa y me fuí a la escuela por ella. Toqué la puerta principal. Cuando me abrieron y me vieron con ese rostro desencajado y abatido no me detuvieron ni preguntaron nada. Entré directamente a su salón y le dije secamente sin importarme que estuviera a media clase:

- Agarra tus cosas, nos vamos a la casa.- Nadie me impidió que me la llevara, nadie supo que decir. Aún siento ese silencio sepulcral y la tensión en ese salón durante esos instantes en los que mi hermana recogió sus cosas y salimos de ahí. No supe si le hablé o le expliqué algo o nada en el camino de regreso a ese hogar golpeado. Son imágenes brumosas.

Al llegar a casa ya habían llegado los de la funeraria. Habían llevado un cajón de metal color gris Oxford. Nos indicaron que debían llevarse ya a mi papá, tenían que prepararlo para el funeral. Nos dijeron que nos despidiéramos. Mi hermana lo besó en la frente, le acarició el rostro llorando inconsolablemente, luego mi hermano lo besó en la mejilla, mi mamá me dijo que me despidiera. Yo dije que no, que él se había despedido de mí la noche anterior, Ya no necesitaba hacerlo. Mi madre lo besó como nunca había visto hacerlo, con una ternura desmedida, como esa alma que se desgarra y mutila para siempre y que ahora debía enfrentar ese destino de andar sola por el mundo. Ella tenía solo 42 años.

Llegaron amigos, compadres, familiares. Mi mamá sacó el traje de gala de mi papá. Decidió que ella lo cambiaría. Sola, ahí, con su tristeza y su soledad, a puerta cerrada con piedra y lodo, arrastrando su alma mutilada, cambió a mi papá para que se viera presentable. Era su último acto de esposa entregada, leal y amorosa. Cuando la puerta se abrió el rostro de mi madre se había convertido en piedra. Les pidió a esos hombres extraños que ya entraran por él. Ya nos habíamos despedido. ya no había nada más que hacer. Vi como lo colocaban en el féretro. Como su cuerpo complaciente se acomodaba en su nueva morada forrada de tela blanca que acentuaba la blancura de su camisa y contrastaba con el mórbido y sepulcral negro del traje que portaría por toda la eternidad.

Y luego, el torbellino de sensaciones, desesperanzas, abrazos, pésames, tristezas, dolor y amargura. La funeraria lúgubre, sobria y anodina que se vestía con cada funeral para darle cierta identidad absurda y vacía. La gente iba y venía. Abrazos, café, pan, incomprensión, dudas y rumores.

La noche cayó de golpe arrastrando las estrellas como un manto disculpante. La gente poco a poco comenzó a irse. Poco quedaba. Esa sería la última noche que pasaría con mi papá. Yo durmiendo en una silla a su lado, él, descansando ya en la eternidad de ese féretro coronado con un crucifijo de un Jesús doliente.

Al otro día, la misa y el funeral. Sus compadres y amigos se turnaban para cargar el féretro. Caminamos por toda la avenida en una procesión silenciosa e incomprensible para muchos. Incomprensible quizás para casi todos hasta el panteón.

Llegamos a la fosa. Ahí el último adiós. Tocar el féretro como si con esto hubiera podido tocarlo a él y decirle con mi esencia que estaba ahí, que no se fuera. Quería acomodarme en ese féretro junto con él,  para sentirme protegido y valioso. Solo pude aventar un poco de tierra encima y luego ver como desaparecía detrás de paladas de tierra para no volverlo a ver jamás.


Así es como sucede la última noche de mi infancia, así es como comienza el primer día de mi vida adulta.

El limbo...

Sangraba lentamente. Esa herida era aparentemente inofensiva pero la sangre seguía fluyendo sin control. El pequeño riachuelo de color rojo brillante destellaba con la luz diáfana que incidía por un costado de la habitación.

Regina se había acostumbrado a ese lento fluir de su sangre. Parecía que ese era su estigma. Sangrar permanentemente por esa herida. Los doctores nada habían podido hacer. Curaciones, vendajes, compresas. De nada había servido. Un médico más radical había probado detener el sangrado con un método poco convencional tratando de cerrar la herida a través de una quemadura. Pero ni así había dejado de sangrar.

Los médicos no se explicaban porqué esa herida no cerraba y seguía fluyendo. Comenzaba a inquietar a los médicos investigadores y los médicos de la medicina alternativa. Aunque a estos últimos, las explicaciones de las heridas del alma parecían más convincentes. 

Un sanador llamado Don Román decía que esa sangre provenía del alma, quizás del corazón sangrante. Hasta que no curara su corazón, esa herida no dejaría de fluir. Se había acercado a Regina para tratar de curar esa herida desde el alma. Sus manos parecían energetizadas, magnetizadas por la energía que fluía por esas palmas que surcaban en el aire como si de mandalas reconstruidos y expresados en el aire se trataran.

Ese día Regina estaba agotada. Don Román se había ido hacía pocas horas y el alivio que había sentido con su presencia ahora se desvanecía en el aire. Se sentía devastada. Trataba de repetir el mantra que le había enseñado para sanar: “Om mani padme hum“. Lo repetía incansablemente para reconstituir su cuerpo y su herida, pero de nada servía. Buscaba desesperadamente librarse de esa maldición estigmática pero parecía que nada funcionaba. Estaba consciente del daño que le hacía pero no hacía nada por salir de ahí. Estaba atorada. 

Quizás el tiempo curaría la herida, solo era cuestión de que secara y se formara la costra. Pero ésta seguía sangrando y supurando lentamente. Parecía que esa herida se agrandaba en vez de secar, se iba haciendo más y más grande y Regina apenas y se percataba del problema que implicaba que esa herida creciera. Hasta que descubrió que la gasa que utilizaba para cubrir su herida ya no era lo suficientemente grande. En ese momento se sintió deseseperanzada, abatida por que esa herida en vez de secar crecía. 

-¿Cuando dejará de sangrar?- preguntaba a Don Román. 

-Cuando tú así lo decidas.- le respondía. -esa herida no es del cuerpo, es del alma.- y Regina se resignaba a seguir sangrando. 

Cierto día, Regina despertó a causa de la luz que le pegaba en el rostro proveniente de la ventana. Quería seguir durmiendo pero ese destello le impedía mantener los ojos cerrados. Era como si el mundo le incitara a despertar y le conminaba a arriesgarse y luchar. 

Había decidido ese día dejar de sangrar. Estaba convencida que así sería. Nada lo impediría. Estaba harta de sufrir y de los vendajes, de las costumbres y las resignaciones. 

Abrió lentamente los ojos, el ambiente estaba muy diáfano e irreal. Parecía esa imagen sacada de los trazos de la niebla matutina aderezados con sueños irreales y surrealistas. Quiso moverse pero parecía que todo el espacio había cambiado. Sentía que flotaba en esa atmósfera amorfa y reticente. Decidió entonces incorporarse. 

Sorpresivamente ahí estaba Don Román sentado en uno de los baúles de la habitación. Regina se estremeció. ¿Cómo pudo entrar si ella no había abierto la puerta?

Don Román sonrió, Sabía lo que cruzaba por la mente de Regina. 

-Ya se que te parece bastante extraño que esté aquí, pero es  necesario que me presente en este lugar. Bienvenida al limbo.-

Regina, al escuchar estas palabras tomó conciencia del lugar en el que estaba. En realidad no estaba en su habitación, sino en un lugar extraño pero a la vez misteriosamente conocido. Habían cosas muy familiares y conocidas y no sabía porqué.

- Este lugar se te hace conocido debido a que tu lo has construido con tus sueños olvidados. Con todos aquellos elementos que te han conformado y de uno u otra manera has olvidado. Aquí estás tu realmente, la que tu eres. Lejos de todos los paradigmas y las creencias. Aquí estás tu misma con tu ser. -

- Pero ¿Cómo llegué aquí?-

- Pronto lo sabrás, lo importante es que te des cuenta de quién eres y de lo que estás hecha. Sangras porque así lo quieres, sangras porque así lo eliges. Tu sabes que es lo que te duele y lo que te molesta, lo que te inquieta y lastima. Pero debes verlo, debes confrontarlo con tu realidad. Manifestarlo en este lugar aquí y ahora si es que estás dispuesta a liberarte de tu sufrimiento. Tu eliges. Nadie más, no eres víctima más que de ti misma. Nadie te hace nada, tu te haces todo y lo has hecho siempre con las decisiones que has tomado y las elecciones que has hecho. -

- Don Román, ya no quiero sufrir, quiero seguir adelante. -

- Perfecto. Te presento entonces a tu sufrimiento. Aquí está. Lo puedes ver de frente.-

En el aire comenzó a materializarse una figura que poco a poco dejó su condición diáfana para definir sus contornos e identidad. Regina al verse de frente con esa persona se estremeció hasta el tuétano. Su cuerpo se contrajo de golpe. Su estómago formó un vacío inconmensurable, la boca se le secó, las palabras se detuvieron en conjunto con su corazón. Se petrificó.

Don Román habló entonces:

- ¿Qué harás ahora?, ¿Qué harás? ¿volverás a huir como siempre?, ¿Te esconderás y lamerás tus heridas sintiéndote víctima y sintiendo compasión de tu destino? ¡Aquí está frente a ti! ¡Qué vas a hacer!-

Regina temblaba incontrolablemente. Los ojos abiertos y desorbitados. Las manos retorcidas en un gesto de súplica y desesperación. Escuchaba a lo lejos la voz de don Román gritándole cada vez más fuerte. Ella se estremecía. Lloraba, sollozaba, trataba de gritar pero la garganta estaba cerrada.

Don Román tomaba del brazo a la figura que la veía amenazante, desafiante, cada vez más crecida ante su empequeñecimiento y parálisis. Seguía gritando y azuzando a esa figura frente a ella.

Regína quería gritarle que desapareciera, que porqué le hacía eso, que tuviera piedad. La figura crecía cada vez más. Estaba desesperada, abatida, sentía que la sangre que tenía en la herida fluía cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Su vida se iba en ese fluir de su sangre. No sabía si el alma se le iría por tantas lágrimas o tanta sangre. Ya nada tenía que perder, su vida se iría ahí de pronto. Se abandonó, se dejó llevar. Respiró hondamente.

Volvió a escuchar ese grito atronador que surcaba el aire y taladraba sus oídos:

- ¿Qué vas a hacer ahora?-

Regina se incorporó, sus músculos se tensaron, su fuego interno comenzó a incendiarla, a recorrer toda su piel hasta llegar a sus ojos que se iluminaron y brillaron con una luz destellante. Sus puños se cerraron. Desde el estómago surgió una voz poderosa y profunda, clara y firme que simplemente dijo:

- ¡Luchar!-

En ese instante. La figura se atemorizó. Se diluyó. Jamás pensó que ella se confrontaría. nunca imaginó que encontraría esa  furia y valor para enfrentarle. Y de pronto se esfumó...

Regina seguía plantada. Resollando aún, cuando Don Román se acercó y la tocó suavemente. Apenas sintió esa mano amistosa se desarticuló. Comenzó a llorar profusamente. Había vencido. Lo había logrado... y luego cerró los ojos para caer en un estado volátil e inconsciente.

Cuando despertó se dió cuenta que la herida, por primera vez en muchos años, había dejado de sangrar. Ahora era momento de comenzar a sanar y volver a vivir...

Entonces. ¿por qué te casaste?

- Entonces... ¿por qué te casaste? -

- La verdad, por que tenía un pene muy grande. -

En 22 años de terapeuta había deducido que muchas mujeres se casaban por una razón así, pero esta vez lo había confirmado con la honestidad de Silvia. Era inaudito que las mujeres no se dieran cuenta de que se casaban muchas veces por el placer prohibido de la adolescencia y la juventud. Pero luego, al confundir placer con amor, creían que si existía sexo era por que había amor.

-¿Y cómo te sientes al respecto?, ¿qué piensas de eso?-

- La verdad hablé sin pensar, quizás algo dentro de mi se expresó. Pero ahora que lo veo creo que así es. Todo comenzó cuando era una niña que jugaba a ser mujer. Mis padres me inculcaron que la mujer es pasiva y que el sexo es malo, o algo prohibido. Quizás algo sucio. Me llamó tanto la atención sus prohibiciones que en la primera oportunidad que tuve los espié. Querìa saber porqué era oculto y secreto. Vi a mi madre desnuda y transformada en un animal erótico cabalgando en la cintura de mi padre. La veía despeinada en un vaivén frenético, arqueada. Mi padre acostado, sosténiéndola y jadeando de placer. De pronto, esa explosión inmensa. Y luego. El cansancio y la paz.

No podía comprender porqué me prohibian a mi ese placer, esa levedad. Mis padres lo hacían y se expresaban, pero a mi me lo prohibian. El día que le pregunté a mi madre sobre el sexo y el placer se horrorizó. Luego, le confesé que los había visto. Se quedó en silencio apabullada. En un estado catatónico, incapaz de articular palabra.

A los quince días estaba ingresando a la escuela de monjas. Pensaron que ahí encontraría todo el sosiego que necesitaba, o quizás ellos encontrarían toda la intimidad que requerían para undirse en sus juegos de placer.

Contrario a lo que todos imaginan, la escuela de monjas no era un lugar en donde las estudiantes se comportan correctamente. Ahí aprendí a tocarme, a descubrir que mi cuerpo reacciona ante las caricias, ante los deseos. Imaginé que arder en el infierno bien podía ser el arder de placer frotándome como animal en celo entre las piernas. Pero aún así, sabiendo que era sacrilegio, sabiendo que tambien las monjas lo hacían a escondidas a pesar de ser prohibido, me entregué una y otra vez al placer de autodescubrirme. Pensé que no necesitaba más... hasta que lo conocí.-

Silvia hizo una prolongada pausa. Suspiró profundamente. Parecía que buscaba asimilar las palabras que acababa de proferir de manera subconsciente y que al hacerlas manifiestas éstas tomaban forma y se materializaban en su realidad. 

-¿Y eso cómo te cambió?-

- Lo conocí un mes de septiembre. Era guapo y atractivo. Tenía una energía extraña, animálica, magnética. Por más que buscaba evadirla o resistirme, él me atrapaba y me atraía. Fué cuestión de días. Sucumbí una noche en la parte trasera de su auto. Al principio me sentí invadida, molesta, incómoda. Algo cedió, se desgarró. Y después comencé a sentir un placer indescriptible, inmenso. Por primera vez en mi vida exploté como nunca antes lo había hecho. Acudió a mi mente la imagen de mi madre cabalgando en mi padre y supe entonces el porqué de esa transformación. Descubrí el placer prohibido, supe porqué habían expulsado a Eva junto con Adán del paraíso. Me enamoré perdidamente de él. Me aferré apasionadamente, me entregué en cuerpo y alma. Dos años después nos casamos pensando que este placer infinito de amor, pasión y entrega sería por siempre... pero me equivoqué.

-¿Por qué dices que te equivocaste?

Silvia se revolvió nerviosamente en el diván. Sentía molestia evidente por lo incisiva de la pregunta. Buscó las palabras ahora que su corazón estaba tan abierto.

- Porque pensé que Ulises era solo para mi. Qué esa energía y magnetismo era por lo que yo era. Con el tiempo me di cuenta que no era así. Era un hombre que disfrutaba estar con las mujeres. Era un macho semental. Las mujeres lo buscaban,  acosaban, se le frotaban deseosas de que él las poseyera.

Al principio quise negar que eso sucedía, luego,  quise ser indiferente. Pero entre más indiferente era ante sus conquistas, Ulises era más atrevido y estaba con más mujeres. Yo no podía hacer nada, hasta que un buen día le lancé un ultimatum: o me era fiel o me iría de ahí... él se rió, pero comenzó a ser más discreto por un tiempo. Hasta que volvió a ser un descarado. Poco podía hacer: o me resignaba o me iba. -

- ¿y qué decidiste?-

- Decidí abandonarlo. Decirle que no podía seguir con mi vida así, tomé una maleta vieja, coloqué mis cosas y me fuí...-

-¿y qué pasó entonces?-

- Me dí cuenta que no lo amaba, que en realidad, solo estaba ahí con él por su forma de hacer el amor, de hacerme sentir mujer, pero nada más. Descubrí que solamente estaba enamorada de su pene.

Ahora vivo con Javier. Él es un gran hombre. Como el que siempre soñé: tierno, cariñoso, amable, entregado. Pero no tiene el pene de Ulises. Así, que, de vez en cuando me dejo llevar, busco a Ulises, me entrego y disfruto de su pene. Me hace sentir completa y satisfecha al satisfacer mi parte sexual -

-¿Y eso como te hace sentir?-

- No lo sé, nunca lo he pensado... no lo sé. Quizás culpable por enamorarme de una parte de alguien más que no es la del hombre que amo, pero, ¿eso se puede? ¿No es una codependencia? ¿está mal sentir placer?

- No lo sé, mejor dímelo tú-

- Ahora que lo pienso...-

La loca de la casa...

Ahí está. Paseándose libremente por el espacio. sus manos angustiadas se retuercen tratando de aferrarse a algo, a alguien. Sus labios hablan inconmensurablemente en un torbellino monológico de razones y explicaciones construidas con redes semánticas y lógicas infinitas.

Sus pasos erráticos, dubitativos, impredecibles aparentan una dirección preestablecida y no una cuestión predeterminada. Aparenta tener una dirección hacia ninguna parte. Su voz resuena por todo el espacio saturando todo aquello que pueda ser escuchado de otra fuente.

Sus palabras cacofónicas, multidimensionales, pueden prestarse a una infinidad de interpretaciones. Pero es tan insistente en todo su discurso que apenas y se tiene tiempo para detenerse y reflexionar ante lo pensado o dicho. A veces está furiosa, enojada con ella misma, se culpa, se castiga y minimiza, se deplora. Y luego aparenta perdonarse. Simula el estar tranquila y equilibrada, aunque en el fondo es adicta a su dolor y su desesperanza.

Está desquiciada. Paranoica en sí. Autocentrada y autoreferenciante. El centro del universo que gira en su cabeza toma como eje sus discursos intrincados, rítmicos y escleróticos en su discurrir pulsante y estridente. 

Solo cuando está dormida puede calmarse, descansa de todo ese monólogo interminable de argumentos y justificaciones. De razones y refrendos de su importancia y la construcción de su imagen desde el deber ser, más que el querer hacer. Astuta y siempre alerta. Reverberante en sus palabras, determinante en sus silogismos trepidantes. 

Esgrime la lógica como espada, entreteje razones y motivos, olvida las emociones y los instintos. Ha sabido escurrirse de su identidad para vivir la vida que ha construido a través de sus constructos y aberrantes cosmovisiones. Deconstruye el espíritu, desarticula el sentimiento, desactiva los sentidos. De esta manera se yergue como la gran señora que todo lo sabe y todo lo ve, la que todo lo puede y todo lo alcanza. Se convierte en el Yo único, elemento totalizador y determinante. Único y apabullante. Es su dios mismo, su propio totem sagrado.  

Nada es suficiente para alimentar su locura, su fluir de ideas desquiciantes. Esa lucha infinita de las ideas por sobrevivir en un mundo de selección natural, se sabotean, se contraponen y luchan, son ideas egoístas que buscan a toda costa competir y sobrevivir en el mundo limitado de la loca que las alberga. 

Los ojos son el arma principal de la loca. Buscan, escudriñan, taladran. Tratan de penetrar corazas, de explicar el mundo, buscar correlaciones, entender funcionamientos, construir significados, reconstruir sentidos, derivar sueños, integrar ideas, desacralizar espacios, desnudar razones, reconstruir intenciones. Nada es suficiente, nada es determinante. Se alimenta de datos y de palabras, de números e imágenes, es omnipotente y omnipresente, tiene el don de la ubicuidad. Puede explicarlo todo. 

Reprime con diatribas y justificaciones, tabús construidos a través del tiempo y el espacio. Construye murallas de explicaciones y evidencias irrefutables. Pone y fija los pies en la tierra, los aferra con piedra y fuego. Limita y audita los sueños, determina lo posible y lo imposible, lo probable y lo admisible. Lo real y lo imaginario. 

Construye fantasmas, elabora mitos, reconstruye leyendas, recrea imagenes, realiza planes, futuros y presentes, altera pasados, desviste pasiones, revisa intenciones. Digitaliza sensaciones. se convierte en ese gran juez que todo lo juzga y todo lo sopesa, que tiene el poder de evaluar y destruir. 

Esta loca de la casa no es cualquier loca. Es la loca que todos llevamos dentro y se llama razón... 

El Darmhala...

Roberto había incubado la idea de que quería llegar a Iurancha. El verdadero origen de la humanidad. Había leído algunos libros al respecto, unos prohibidos otros de tipo comercial pero todos abordando desde diferentes ópticas la misma idea.


Las teorías que ahí se presentaban sonaban hasta cierto punto, irreales. Pero parecían articuladas de forma coherente. En ellas se hablaba de que cierta estructura celestial de ángeles y semidioses habían comenzado un proyecto de tipo biológico en diferentes mundos para evaluar la capacidad de evolución de estos seres. Todo este proyecto era orquestado por un gran maestro de la evolución que podía ser llamado Dios.

Después de la creación planetaria, de combinatorias con distintos materiales, explosiones estelares, compresiones de agujeros negros con gravedades infinitas y expansiones de espacios y galaxias como si de un globo se tratara, Dios conformaba diversos universos en los cuales su séquito de ángeles genetistas, biólogos, fisiólogos y demás, conformaban diferentes tipos de especies para poder entender las formas en las que podían evolucionar y desarrollarse.

No se trataba de simples experimentos, sino altos desarrollos que requerían esfuerzos inimaginables para poder poner en sincronía y armonía tantas y tantas variables que más de una vez resultaba en autodestrucción o especies inestables. Los ángeles, arcángeles y querubines, en una estructura perfectamente diseñada, trabajaban conjuntamente y en equipo para rediseñar y construir estos experimentos para poder crear vida que pudiera evolucionar constante y ascendentemente.

Según esta teoría, los esfuerzos habían estado dando resultados significativos al dotar a algunos seres de un nuevo compuesto plástico, plásmico y etéreo que era producto de un científico estelar llamado simplemente Budha. El nuevo experimento estaba dando resultados sorprendentes aunque inesperados en un mundo en específico que era uno de los primeros en los que se usaba. Este lugar se llamaba simplemente Iurancha.

A veces a Roberto esto le parecía extraño y hasta un poco estúpido y no le había prestado mucha atención hasta que un buen día sintió que lo seguían. No sabía quién podría ser, quizás era solo su imaginación. Pero con el tiempo comenzó a ver sombras, figuras que se desvanecían en el aire, voces que murmuraban sobre el sentido de Iurancha y sus direcciones. –Estoy enloqueciendo- Pensó. Pero poco a poco comenzaron a materializarse frente a él. Lo saludaban, lo seguían, corrían a hablarle. Pero él pensaba que era víctima de alucinaciones… hasta el día en que observó en la TV que se daba una noticia escalofriante y brutal.

Acababa de establecerse contacto con una inteligencia exterior a través del sistema IRES, que era el sistema de rastreo y comunicación conectado 50 años antes con la intención de captar señales del espacio exterior para establecer comunicación con alguna raza alienígena. Todo esto había conmocionado a las mentes más brillantes de la ciencia. Roberto quería platicar con la gente al respecto, pero la mayoría se negaba a hablar de eso.

Un día paseando por el parque, uno de los seres evanescentes se le presentó y él permitió que le hablaran. Era un señor mayor, irradiaba una luz mortecina y titilante que parecía emanar del centro de su plexo solar.

Roberto guardó silencio y aparentó no verlo. Sin embargo él ser etéreo se le acercó y comenzó a hablar:

Existe un lugar dentro de Iurancha donde se encuentran todas las respuestas. Ese lugar es sagrado y prohibido para la mayoría de los seres que aquí habitan. Es un lugar brillante y libre, donde todos los seres son iguales. Ahí podrás descansar, liberarte de todo el sufrimiento y el dolor, de toda la tristeza y la pesadez de este mundo. Quizás te preguntes por qué estás aquí. ¿y si te digo que solamente eres un experimento genético para validar la capacidad de evolución de tu especie? ¿Harías algo al respecto?. ¿Y si te digo que podrías salir de aquí y convertirte en un ser de luz para poder viajar entre diferentes mundos supervisando y apoyando el desarrollo de estos experimentos para que en algunos eones de siglos puedas ascender a otro puesto a través de la evolución? ¿Estarías dispuesto?

Se estremeció con las palabras del ente evanescente. Nunca había pensado de esta manera. Que en realidad dios era un simple genetista jugando a los experimentos evolutivos y que él en particular era uno de ellos. Quizás no tan perfecto ni tan evolucionado, pero al fin y al cabo materializado y con consciencia parcial de la realidad.

No hay razón para temer nada. Dios me ha pedido que te invite a formar parte de la nueva generación que evolucionará hacia el siguiente nivel, los sentidos se expandirán, la conciencia se volverá estelar, y tendrás un cuerpo más resistente, ligero y dinámico, digamos que estarás conformado de bosones capaces de moverse a espacios y tiempos infinitos con solo el poder de la intención. ¿Qué dices? ¿Estás dispuesto?

El panorama cambiaba drásticamente. Sus padres siempre le habían dicho que era una persona especial y diferente, a veces recordaba que su madre le decía que haría grandes cosas… pero en realidad hasta ese momento no había hecho grandes avances. Se sentía perdido, confundido, abandonado y desesperanzado…

Quizás lo que estás experimentando en este momento es parte de la inestabilidad del experimento del maestro Budha. Aún tiene que perfeccionar toda esa variabilidad de estados sensoriales que se producen. Tu angustia es porque te sientes desligado del mundo, de la realidad que te contiene. Es para ti incomprensible el porqué existes puesto que tu liga con el universo se rompió en el momento en que naciste. Es un problema que tenemos que atender desde el origen. ¿Recuerdas la historia de Eva? Bueno, ella es la madre primigenia. Fue el primer experimento en tener éxito al fusionar materia y energía consciente. Pero la fusión no fue perfecta, disgregando la energía consciente de su fuente origen y su relación. Es normal que sientas ese vacío extraño de no-pertenencia. Cuando pases a estado Bosónico podrás entonces restablecer esa conexión con el universo. Aún la vida en este planeta es inestable, efímera y dependiente de la oxidación del oxígeno. Esperemos que pronto pueda ser resuelto el problema.

Roberto sintió que todo daba vueltas. Tenía náuseas. Era una carga excesiva de realidad para él que siempre había creído que Dios era un ser etéreo enfocado a la religión pero jamás había pensado que era un científico genetista cuántico y que él, en vez de tener una misión sagrada al formar parte del pueblo elegido por dios, era parte de un experimento que podía fallar en cualquier momento. De pronto el mundo se convirtió en una gigantesca caja de Petri y él era una de esas bacterias que servían para demostrar la existencia de bichos que podían reproducirse y pensar. Se sintió asqueado y por un instante quiso morir.

Respira hondo necesitas oxígeno, tu estructura celular lo requiere para mantener a tu consciencia funcionando. Cuando estés en estado Bosónico no necesitarás oxígeno, podrás ser el oxígeno mismo, pero no te degradarás ni te extinguirás, o ¿Cómo dicen ustedes?... Envejecer. ¡Eso es!

¿Quisieras entonces pasar de estado celular a un estado Bosónico? No creas que debes arrojarte al precipicio ni bajo las ruedas del tren para lograr esto, simple y sencillamente deberás llegar a Darmhala. ¿conoces las historias del Paraíso, el Shangri-la o el Nirvana? Todos estos lugares son uno mismo: el Darmhala. Ahí es donde están los secretos de Iurancha y es donde podrás transformarte al estado Bosónico. No necesitas llevar nada, solo debes desearlo y caminar hasta allá.

Roberto se inquietó. Volteó a ver hacia alrededor para ver si había alguien que le estuviera engañando y fuera filmado con una cámara escondida para burlarse de él, pero la vida parecía transcurrir sin ninguna alteración. La gente parecía no ver a ese ser iridiscente que estaba a su lado hablándole sobre los grandes misterios de la vida y la historia.

Cerró los ojos y evocó el aroma de la bata de su madre por las mañanas cuando le hacía de desayunar, trató de respirar el aroma de la colonia de limón que usaba su padre y se sentaba a la mesa con el periódico para leer las noticias en lo que estaba listo el desayuno. ¿podría dejar ese mundo alterno y aleatorio, difícil y a veces salvaje para convertirse en un ser estelar? ¿podría confiar en ese ser luminiscente que rutilaba a su lado sin que nadie se diera cuenta? ¿Porqué él era un elegido si no había hecho nada relevante en su vida?

No sientas que eres especial, solo eres diferente. Eres de los pocos tipos que no se han creído las distorsiones de la religión llevando hasta la parafernalia y el fanatismo el amor por un ser que no es más que un científico jugando a la ciencia. Puedes estar tranquilo, no te engañaré. Pero esta es la única vez que te lo voy a ofrecer. No habrá otra oferta y debes decidir en este instante. Deberás dejar todo atrás; familia, amigos, historias, pasado, hogar, recuerdos, sensaciones. Allá a dónde iremos, no podrás llevar nada de esto, pero a cambio, tendrás un nuevo cuerpo listo para llenarse de experiencias y emociones jamás sentidas ni experimentadas.

Roberto meditó su respuesta. Parecía deliberar intensamente entre su deseo de mantenerse humano y el desafío de convertirse en un ser galáctico e intelestelar. Respiró hondo. Cerró los ojos como una última forma de interiorizarse y auto convencerse de que la respuesta a la que había llegado era la mejor.

Abrió los ojos, trató de llenarse lo más posible del mundo, de sus sensaciones y deseos, de su conciencia que se aferraba desesperadamente a su forma celular ante la amenaza de volver a ser disgregada, para reconformarse y reconfigurarse en una nueva forma totalmente desconocida para él. Tomó valor para enunciar con esas palabras y seguridad que parece emerger de la voluntad de generaciones que se expresan hasta el último eslabón como manifestación de su linaje dijo simplemente: SI

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Segundos después Roberto ingresaba a un lugar con paredes blancas, todos usaban la misma ropa, hablaban extrañamente, sus miradas gélidas y movimientos seguros hicieron que su cuerpo se estremeciera. Aún seguro y temeroso de su decisión solo alcanzaba a repetir incesantemente como un mantra eterno: ¿Aquí es Darmhala?...