Nuestro perro, un pequinés llamado Dumbo nos había acompañado a mi hermano y a mi a comprar unas paletas de zarzamora. Él tenía 8 años, yo apenas 6 pero ya deambulábamos tranquilamente por las calles de la ciudad acompañados de ese pequeño perro de color miel.
Al regresar de haber comprado nuestras paletas vimos que Dumbo se metió a una casa que se encontraba abierta. Ninguno de los dos nos atrevimos a entrar para sacarlo. Comenzamos a chiflarle y a gritarle para que saliera.
De pronto escuchamos un gruñido furioso... pensamos que Dumbo había encontrado un gato o perseguía algo pues escuchábamos ciertos sonidos producidos por las uñas de un perro que corría apresuradamente.
Nosotros tratando de evitar que Dumbo estuviera haciendo destrozos en casa ajena nos sentimos nerviosos y comenzamos a gritar más fuerte.
En un instante, de manera surrealista, apareció un enorme boxer café con Dumbo entre los dientes. Lo agitaba furiosamente. Lo mordía en el piso, lo levantaba y lo volvía a agitar, para volverlo a azotar contra el suelo. Mi pobre perro se defendía como podía, chillaba, se agazapaba. Mi hermano y yo no sabíamos que hacer. Estábamos desesperados. Paralizados ante la imponente brutalidad del perro que descargaba toda su furia con nuestro pequeño pequinés.
Recordé que tenía una pequeña navaja como llavero, decidí usarla. Saqué la hoja pequeña y reluciente decidido a defender a mi perro. Mi hermano me vio sorprendido ante mi respuesta. Quise acercarme pero el perro se agitaba furioso, podía ser mordido también. Al final, decidí arrojarle la navaja. De nada sirvió.
Durante instantes que parecían eternos mi hermano y yo presenciamos de forma dantesca como un perro furioso destrozaba a nuestro Dumbo.
La dueña del perro, sabiendo de la furia del animal salió presurosa y le arrojó un balde de agua caliente con jabón. Solo así, el perro soltó de sus fauces a Dumbo. Una vez que lo liberó, la señora nos indicó que tomáramos a nuestro perro y nos fuéramos pues el perro seguía furioso.
Mi hermano levantó a un Dumbo moribundo. Mis padres se lo habían regalado tres años antes. Lo llevamos a casa. Sangraba profusamente. corrimos lo más rápido que pudimos. Mi madre lo curó y cuidó pacientemente hasta que se recuperó. Pero jamás volvimos a sacarlo a la calle. Habíamos aprendido la lección.
Un año después mis papás me regalaron un maltés. Decidimos llamarlo Soyuz. Quizás por recordar el primer satélite ruso en el espacio, o quizás por que como era macho no se podía llamar Laika. Dumbo era de mi hermano. Soyuz entonces se había convertido en mi perro. Alegremente me recibía todos los días al llegar de la escuela.
Las vacaciones llegaron y con ellas mis primas. La dinámica de la casa había cambiado. Entre ires y venires buscábamos los momentos precisos para salir a la calle.
Mi mamá tuvo que ir con mi abuela y sus hermanas a misa, mi papá se encontraba en la fábrica. Teníamos prohibido salir. Sin embargo, como travesura, decidimos ir a la tienda de la esquina. Salieron mis primas, yo, atrás de ellas. Dejé la puerta abierta pues venía una de mis primas más pequeñas atrás de mí. Crucé la calle... Escuché un grito cuando llegué a la otra banqueta. Vi a mis primas que regresaban, me manoteaban, me hablaban.
Me volví en dirección de la puerta de entrada. Mi prima lloraba. Me acerqué. En la canaleta de la calle estaba Soyuz. La camioneta que se alejaba lo había atropellado impunemente cuando mi perro había salido atrás de mi para alcanzarme. Lo levanté lentamente. Sangraba profusamente de la boca. Apenas y se movía con un temblor casi imperceptible. Su pelaje blanco contrastaba con la sangre que escurría y se llevaba su vida. La columna estaba fracturada. Como pude lo metí a la casa. Mis primas regresaron. Comenzaron a llorar. La casa se convirtió en un caos. A mis escasos 7 años cargaba a mi perro moribundo.
A los pocos minutos me reconoció. Quiso lamerme la mano. Ya no pudo. Con un estremecimiento entrecortado y violento murió en mis brazos.
No sabía que hacer. Jamás había entendido lo que era la muerte y la pérdida, la pena y el dolor. Llamé desesperado a mi papá con la esperanza de que él supiera que hacer. Solo alcancé a decirle que lo habían atropellado.
Mi papá, sin saber a ciencia cierta que había pasado dejó el teléfono y literalmente corrió las 8 cuadras que separaban la fábrica de la casa en escasos minutos para llegar y enterarse... de que Soyuz había muerto.
Y si. Supo que hacer. Tomó a Soyuz, lo metió en una bolsa y desapareció con él para luego regresar con las manos vacías y decirme que ya había sido enterrado en algún lugar desconocido al cual, por supuesto que quise ir, pero jamás me dijo en donde lo enterró.
Actualización 23 de marzo 2012
Un día después de escribir este post circulaba en la noche por una de las avenidas de Santa Rosa Jaureguí. Alcancé a ver un pequeño maltés color blanco que tenía un suéter verde caminando despreocupadamente por la calle. Parecía estar acostumbrado a caminar debajo de la banqueta como un perro callejero. Recordé lo que había escrito. En cuestión de segundos apareció una camioneta en sentido contrario, venía despacio, el perrito se descuidó. La camioneta lo atropelló. El perrito chilló y salió corriendo con una pata lastimada. No pude detenerme para ayudarlo. Seguí viendo como renqueaba y chillaba hasta desaparecer detrás de unos autos.
Al regresar por la misma calle 15 minutos después, en sentido contrario, lo encontré. Estaba sobre la banqueta, sangrando profusamente y lamiéndose la herida. Tenía estallamiento de vísceras. Era cuestión de minutos para que falleciera.
Ahí, a su alrededor, estaba una pareja indecisa sin saber que hacer. No era de ellos pero lo habían encontrado. Ella quería ayudarlo, él la veía con duda y estaba apresurándola pues se notaba que no quería involucrarse.
Más tarde volví a pasar por ahí. Solo quedaba la mancha de sangre en la banqueta como recuerdo de ese pequeño y alegre maltés que horas antes había sido atropellado por una camioneta.
Nuevamente reviví esa angustia y esa tristeza de ver lo que no vi ese día, el cómo atropellaban a mi perro. Mi pequeño Soyuz...
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La niña de Guatemala...
Había por fin terminado la secundaria, no con muchos méritos pero lo más importante es que había aprobado el examen de admisión en una preparatoria de renombre. Así, comenzaba pues todo el largo peregrinar que -no me imaginaba- me llevaría muy lejos de mi tierra. Aún así, me encontraba muy contento y animado en compañía de mis amigos.
La algarabía estaba presente, ese ánimo de haber vencido otra vez y que el mundo se abría un poco más para ser conquistado. Así que, terminando las clases se comenzaron a hacer reuniones para reafianzar los lazos de amistad.
Uno de esos días de vacaciones se nos ocurrió ir al cine, alguna película interesante o al menos lo suficientemente buena para pasar el rato, -no importaba-, lo importante era estar juntos y aprovechar el tiempo antes de partir cada uno por su rumbo, cada uno a recorrer su propio camino.
Terminando la película veníamos saliendo del cine, unos empujándonos, otros riendo o pensando a donde nos dirigiríamos en ese momento. De pronto, en el pasillo, junto a una amiga de años atrás que había estudiado en otra escuela, estaba ella, ahí, tímida y sonriente, con ese brillo en los ojos que solo la inocencia y la alegría que uno tiene a los 14 años.
Me vió y me sonrió. Hacía ya 2 años y medio que no la veía. la última vez que la ví ella tenía 11 años y yo 12. Aún la recordaba de shorts y una camiseta como de toalla, con unos walkmans en la cintura y una coquetería que a mis 12 me daba miedo. no sabía como reaccionar.
Ahora a los 14 parecía más seria, mas inocente, pero había cambiado, se comenzaba a convertir en mujer. Ese lento despertar de una crisálida que aspira a ser mariposa, que comienza a mudar, a transformarse en algo más.
Mi amiga me llamó. Me acerqué con ese aire de suficiencia y de seguridad que a los 14 años uno quisiera tener pero que solo disimula la inseguridad propia de la edad. La saludé. Sonrió tímidamente. Le pregunté que cuando había llegado. Tenía apenas dos días, se quedaría 15 más. Sonreí. Ella no dejaba de verme a los ojos. Brillaban extrañamente.
Decidimos ir a tomar un café. Las invité. Aceptaron ir con nosotros. Íbamos en grupo, eramos como 18 caminando en la calle buscando extrañamente un café que pudiera albergarnos a todos y tuvieran la paciencia suficiente para tolerar los desmanes y el limitado consumo de un café por cada uno, pues dinero no teníamos.
Platicamos largo rato. Me gustó su voz cantarina, esa sonrisa abierta. -Tienes un lunar en el dedo- le dije, Sonrió. -Siempre lo he tenido- Me respondió. Fué un excelente truco para poderla tomar de la mano y ver sus dedos, sentir su piel que pronto se puso húmeda ante el contacto con mis manos. Se sonrojó.
Por la noche se fué. Me volvió a gustar otra vez -como cuando tenía 12 años-. Quería verla de nuevo y platicar con ella. Mis amigos nos habían visto y sonreían maliciosamente. Decían que algo había entre los dos. Hasta ese momento... nada.
Nos vimos varios días más, era hermosa, la piel morena, cabello negro, sus ojos café obscuro que brillaban con esa intensidad que necesitaban que los párpados dirigieran la mirada hacia abajo para disimular ese resplandor que parecía inundar todo.
Cierto día hubo reunión en la casa de uno de mis amigos. Sabía que ella iría por que eran vecinos. Me moría de ganas de llegar y verla. Conté los minutos para que diera la hora y poder llegar. Cuando llegué no había llegado. Me decepcioné un poco.
A la media hora ella llegó junto con dos amigas. Una de ellas era la amiga en común que teníamos: Lorena. Ella me tomó del brazo y me llevó a la parte de atrás. Quería hablar conmigo. Me dijo que le gustaba a su amiga, pero que era muy penosa. Me sentí muy orgulloso, hasta cierto punto en control, ella quería conmigo, pero yo quería darme importancia. Le dije que las cosas se darían y que con paciencia saldrían, que no me presionaran.
Me sentí extraño, Jamás me había sentido así, tenía apenas 14 años y era la primera vez que me enteraba que le gustaba a alguien. De todas maneras había que aparentar otra cosa. La tarde discurrió sin incidentes, yo procuraba estar cerca de ella, aunque cada vez que estaba cerca se quedaba callada y evitaba verme de frente.
Sabía que se tenía que ir pronto, decidí no perder oportunidad. Le pedí que me acompañara arriba, quería que estuviéramos solos. Nadie subió o misteriosamente alguien prevenía a los de abajo y los disuadía para que no subieran. nos quedamos solos. Sus ojos brillaban con mayor intensidad a pesar de tener la cabeza baja. veía hacia arriba en un gesto que parece ser la contradicción entre decisión y timidez.
En el momento en que pareció distraerse me acerqué lentamente, pareció no notarlo. Me aproximé un poco más y ella me vió a los ojos tímidamente, entendí la señal, me acerqué y la besé suavemente. Ella apenas y pudo reaccionar.
Era nuestro primer beso.
Sentí sus labios gruesos y suaves, el aroma de su respiración, el sudor de sus manos que se mezclaba con el de las mías. entreabrí los ojos en secreto y pude ver sus ojos cerrados, casi podía ver a través de sus párpados el brillo y lo que pasaba por su mente.
Ese era el primer beso, y el comienzo de una historia atribulada y tormentosa.
La algarabía estaba presente, ese ánimo de haber vencido otra vez y que el mundo se abría un poco más para ser conquistado. Así que, terminando las clases se comenzaron a hacer reuniones para reafianzar los lazos de amistad.
Uno de esos días de vacaciones se nos ocurrió ir al cine, alguna película interesante o al menos lo suficientemente buena para pasar el rato, -no importaba-, lo importante era estar juntos y aprovechar el tiempo antes de partir cada uno por su rumbo, cada uno a recorrer su propio camino.
Terminando la película veníamos saliendo del cine, unos empujándonos, otros riendo o pensando a donde nos dirigiríamos en ese momento. De pronto, en el pasillo, junto a una amiga de años atrás que había estudiado en otra escuela, estaba ella, ahí, tímida y sonriente, con ese brillo en los ojos que solo la inocencia y la alegría que uno tiene a los 14 años.
Me vió y me sonrió. Hacía ya 2 años y medio que no la veía. la última vez que la ví ella tenía 11 años y yo 12. Aún la recordaba de shorts y una camiseta como de toalla, con unos walkmans en la cintura y una coquetería que a mis 12 me daba miedo. no sabía como reaccionar.
Ahora a los 14 parecía más seria, mas inocente, pero había cambiado, se comenzaba a convertir en mujer. Ese lento despertar de una crisálida que aspira a ser mariposa, que comienza a mudar, a transformarse en algo más.
Mi amiga me llamó. Me acerqué con ese aire de suficiencia y de seguridad que a los 14 años uno quisiera tener pero que solo disimula la inseguridad propia de la edad. La saludé. Sonrió tímidamente. Le pregunté que cuando había llegado. Tenía apenas dos días, se quedaría 15 más. Sonreí. Ella no dejaba de verme a los ojos. Brillaban extrañamente.
Decidimos ir a tomar un café. Las invité. Aceptaron ir con nosotros. Íbamos en grupo, eramos como 18 caminando en la calle buscando extrañamente un café que pudiera albergarnos a todos y tuvieran la paciencia suficiente para tolerar los desmanes y el limitado consumo de un café por cada uno, pues dinero no teníamos.
Platicamos largo rato. Me gustó su voz cantarina, esa sonrisa abierta. -Tienes un lunar en el dedo- le dije, Sonrió. -Siempre lo he tenido- Me respondió. Fué un excelente truco para poderla tomar de la mano y ver sus dedos, sentir su piel que pronto se puso húmeda ante el contacto con mis manos. Se sonrojó.
Por la noche se fué. Me volvió a gustar otra vez -como cuando tenía 12 años-. Quería verla de nuevo y platicar con ella. Mis amigos nos habían visto y sonreían maliciosamente. Decían que algo había entre los dos. Hasta ese momento... nada.
Nos vimos varios días más, era hermosa, la piel morena, cabello negro, sus ojos café obscuro que brillaban con esa intensidad que necesitaban que los párpados dirigieran la mirada hacia abajo para disimular ese resplandor que parecía inundar todo.
Cierto día hubo reunión en la casa de uno de mis amigos. Sabía que ella iría por que eran vecinos. Me moría de ganas de llegar y verla. Conté los minutos para que diera la hora y poder llegar. Cuando llegué no había llegado. Me decepcioné un poco.
A la media hora ella llegó junto con dos amigas. Una de ellas era la amiga en común que teníamos: Lorena. Ella me tomó del brazo y me llevó a la parte de atrás. Quería hablar conmigo. Me dijo que le gustaba a su amiga, pero que era muy penosa. Me sentí muy orgulloso, hasta cierto punto en control, ella quería conmigo, pero yo quería darme importancia. Le dije que las cosas se darían y que con paciencia saldrían, que no me presionaran.
Me sentí extraño, Jamás me había sentido así, tenía apenas 14 años y era la primera vez que me enteraba que le gustaba a alguien. De todas maneras había que aparentar otra cosa. La tarde discurrió sin incidentes, yo procuraba estar cerca de ella, aunque cada vez que estaba cerca se quedaba callada y evitaba verme de frente.
Sabía que se tenía que ir pronto, decidí no perder oportunidad. Le pedí que me acompañara arriba, quería que estuviéramos solos. Nadie subió o misteriosamente alguien prevenía a los de abajo y los disuadía para que no subieran. nos quedamos solos. Sus ojos brillaban con mayor intensidad a pesar de tener la cabeza baja. veía hacia arriba en un gesto que parece ser la contradicción entre decisión y timidez.
En el momento en que pareció distraerse me acerqué lentamente, pareció no notarlo. Me aproximé un poco más y ella me vió a los ojos tímidamente, entendí la señal, me acerqué y la besé suavemente. Ella apenas y pudo reaccionar.
Era nuestro primer beso.
Sentí sus labios gruesos y suaves, el aroma de su respiración, el sudor de sus manos que se mezclaba con el de las mías. entreabrí los ojos en secreto y pude ver sus ojos cerrados, casi podía ver a través de sus párpados el brillo y lo que pasaba por su mente.
Ese era el primer beso, y el comienzo de una historia atribulada y tormentosa.
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